Un espectáculo necesario: “Pasión (farsa trágica)”, de Agustín García Calvo

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Bella y “rara avis”

Lo primero el escenario: los actores siempre presentes, se cambian delante de nosotros, esperan su turno para salir, perdón, entrar, en escena, marcada por un círculo blanco que separa el tiempo de la realidad actoral, el tiempo sin tiempo del teatro, del tiempo de los relojes de cada uno, con sus vidas respectivas, nombres y apellidos y cédulas sociales.

Una vez dentro del círculo, no sé si caucasiano, el actor ya no es quien dice, sino lo que dice, ya no es Daniel, o Charo, sino Fulana o el Ministro, es decir tú y yo al otro lado del espejo, imago vitae, speculum veritatis, espectáculo, o sea, contemplación de lo real más allá de la aguja del reloj y del tiempo mundano que nos convoca hacia un futuro que no existe para labrarnos un porvenir que, como su propio nombre indica, está siempre “por venir”.

El texto está exquisitamente escrito y había que decirlo a esa misma altura: no es fácil el verso de García Calvo, lo hacen fácil estos espléndidos actorazos. Con su mezcla de clásico y cheli, de culto y canalla, la obra teje una farsa, una alegoría muy obvia sobre la corrupción del deporte (como ejemplo de cualesquiera comercios premiados) en pos del “número 1” que otorgue fuste y honra y prez a la raza y a la Nación.

Por debajo de la fama, la gente que quiere de veras al atleta, no por ser el número 1, sino por ser mi novio, mi hijo, mi amigo… Los que no admiran al héroe, ese espantajo, ese juguete roto, sino que quieren al ser humano perdido en sus ansias vesánicas de éxito y utilizado por el Poder ad maiorem gloriam.

Resuena a trancos, sobre todo al principio el genial Valle de los esperpentos, el Brecht de las obras más políticas, o el Calderón del gran teatro del sueño y del mundo. A veces algunos personajes rompen la cuarta pared y, como actores que son, interpelan al Público para que recuerde y avive el seso y despierte.

No es esta una obra fácil, pues está llena de capas, de recovecos; pero sí es un espectáculo necesario, que como todo buen teatro está vivo, bien vivo. Su terrible final, su pasión grotesca y demolida en el llanto de la madre (extraordinaria Lidia Otón), nos convoca y redime y nos invita a decir No a lo falso, a lo caduco, a lo que lleva tiempo. Nos demuestra, una vez más, por qué el teatro es la obra de arte total. E imprescindible. Gracias a la Abadía por esta bella y “rara avis”. Como va a durar poquito, yo de ustedes ni me lo pensaba. Yo, en concreto, voy a volver a verla. Por cierto, al acabar la función del viernes 11 actuará Amancio Prada cantando poemas de Agustín García Calvo. Salud.