Análisis: ¿Es posible la repetición de un sismo como el de 1946 en República Dominicana? La devastación histórica del país

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Los recientes sismos en la región caribeña han revivido la inquietud sobre la posibilidad de un terremoto similar al que asoló República Dominicana en 1946. Aunque los especialistas no pueden predecir cuándo ocurrirá un evento sísmico, la historia geológica del país revela una alta vulnerabilidad. Este artículo explora el impacto del devastador terremoto y tsunami de 1946, el más potente registrado en la isla, y analiza la constante amenaza sísmica que enfrenta la nación.

En Santo Domingo, los fuertes movimientos telúricos registrados en Venezuela durante esta semana, los cuales se sintieron en varias naciones del Caribe, sumados al temblor percibido el viernes en la región, han provocado que muchos dominicanos se pregunten de nuevo: ¿podría volver a ocurrir un terremoto como el que devastó el país en 1946? A pesar de que los especialistas concuerdan en que no es factible pronosticar cuándo se presentará un sismo, el registro histórico evidencia que la República Dominicana ha experimentado algunos de los sucesos sísmicos más destructivos del Caribe.

El evento más catastrófico tuvo lugar el 4 de agosto de 1946, y es considerado por el Centro Nacional de Sismología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CNS-UASD) como el sismo de mayor magnitud en la historia instrumental de la isla La Española. Inicialmente, se calculó que el terremoto tuvo una magnitud de 8.1 y alcanzó intensidades de X y XI en la escala Mercalli Modificada, lo cual fue suficiente para demoler edificaciones, generar fisuras en el suelo y alterar el paisaje. Estudios posteriores estiman una magnitud de momento cercana a 7.8, pero aún se mantiene como uno de los terremotos más potentes registrados en el Caribe.

Sin embargo, la sacudida de la tierra no fue lo más devastador. Minutos después del sismo, un tsunami impactó con fuerza la costa noreste del país. La antigua localidad de Matancita, ubicada en la actual provincia María Trinidad Sánchez, fue prácticamente borrada del mapa cuando olas gigantescas, de más de nueve pies de altura, se adentraron hasta dos kilómetros tierra adentro.

De aproximadamente 300 viviendas construidas con madera, solamente ocho quedaron en pie. El agua arrastró casas, animales y personas, mientras que los supervivientes corrían desesperadamente hacia zonas más elevadas. Las cifras oficiales nunca pudieron determinar con exactitud el número de víctimas. No obstante, los registros históricos del CNS-UASD calculan que más de mil personas fallecieron a causa del terremoto y el tsunami. Muchos cuerpos nunca fueron recuperados debido a la magnitud del desastre y a las constantes réplicas que dificultaron las labores de rescate llevadas a cabo por la entonces Marina de Guerra.

El desastre incomunicó gran parte de la región noreste. Las poblaciones de Nagua, Cabrera y Sánchez quedaron aisladas tras el colapso de varios puentes, al tiempo que enormes grietas se abrían en diversos puntos del terreno. Los daños también se extendieron a otras provincias. En Moca, se derrumbaron el Palacio Municipal, el mercado público, la Casa Consistorial, el Club Rotario, la glorieta del parque Cáceres y las torres de las iglesias. En Santo Domingo, el inmueble situado en el número 24 de la calle Isabel La Católica sufrió profundas fisuras y el muelle de la capital también resultó afectado. En San Francisco de Macorís, la iglesia Nuestra Señora de las Mercedes, el local del entonces Partido Dominicano y varios establecimientos comerciales experimentaron importantes daños estructurales. En Santiago, un almacén se desplomó y el canal Presidente Trujillo quedó gravemente afectado. En Arroyo Salado, grandes masas de arrecifes y acantilados se desprendieron, un fenómeno que pudo observarse incluso desde Cabrera.

Entre los relatos más notables se encuentra el del capitán William C. Chisholm, del barco cubano Camco I, quien afirmó haber observado sobre el mar una extraña capa brillante similar al aceite inmediatamente después del terremoto.

El temor no cesó aquel 4 de agosto. Cuatro días después, el 8 de agosto de 1946, una potente réplica de magnitud 7.0 volvió a sacudir el país. El nuevo movimiento sísmico, localizado en la misma zona de ruptura del evento principal, intensificó el pánico entre una población que aún intentaba recuperarse de la tragedia. Durante los dos meses siguientes se registraron más de mil réplicas, lo que obligó a miles de familias a permanecer fuera de sus hogares por miedo a nuevos derrumbes. Muchas personas improvisaron refugios al aire libre o se quedaron en iglesias y espacios abiertos.

Décadas antes, el 23 de septiembre de 1887, otro fuerte terremoto había sacudido la isla La Española. El evento causó graves daños, principalmente en Haití, donde ciudades como Cabo Haitiano, Port-de-Paix y Môle-Saint-Nicolas quedaron prácticamente destruidas. También se reportó el retroceso del mar, tsunamis en varios puertos, brotes de aguas termales y daños significativos en Santo Domingo.

La actividad sísmica de la isla se explica porque La Española está situada sobre el límite entre las placas tectónicas del Caribe y Norteamérica, una zona donde la energía se acumula y libera constantemente, lo que mantiene vigente la posibilidad de terremotos de gran magnitud. Los recientes eventos registrados en la región han vuelto a poner esa realidad en evidencia.

Los terremotos ocurridos en Venezuela entre el 24 y el 25 de junio, con magnitudes superiores a 7.0, generaron una alerta de tsunami para parte del Caribe y fueron percibidos en distintos países de la región. Este viernes 26 de junio, además, un nuevo movimiento telúrico volvió a sentirse en el Caribe, recordando que la actividad sísmica permanece activa.

No obstante, los especialistas insisten en que estos acontecimientos no indican que vaya a ocurrir un terremoto similar al de 1946 en República Dominicana. La ciencia todavía no puede predecir la fecha, el lugar ni la magnitud de un sismo. Lo que sí confirman los expertos es que el país forma parte de una región con alta actividad sísmica, por lo que la preparación, el cumplimiento de las normas de construcción y la educación ciudadana continúan siendo las herramientas principales para mitigar el impacto de un futuro evento.

Actualmente, la República Dominicana cuenta con el Centro Nacional de Sismología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CNS-UASD), institución encargada de monitorear la actividad sísmica nacional, registrar los movimientos telúricos en tiempo real y conservar la memoria histórica de los terremotos que han marcado al país. La historia de 1946 sigue siendo un recordatorio de que la prevención y la preparación pueden marcar la diferencia cuando la tierra vuelve a temblar.