La creencia popular de que beber agua helada puede "bloquear" la digestión es un mito común. Aunque el frío puede ralentizar temporalmente el proceso digestivo al inducir vasoconstricción gástrica, el cuerpo humano tiene una gran capacidad termorreguladora que rápidamente normaliza la temperatura, restaurando la actividad gástrica. Sin embargo, en personas con ciertas patologías digestivas, el agua fría podría exacerbar los síntomas.
Con la llegada del calor, muchas personas disfrutan de beber agua muy fría. Sin embargo, junto a esta costumbre, persiste la idea de que el agua helada puede "bloquear" la digestión. Esta afirmación tiene una base fisiológica plausible, ya que el frío provoca una vasoconstricción gástrica transitoria. No obstante, al analizar la literatura científica, se observa que la distinción entre el mecanismo biológico real y el mito exagerado es muy sutil.
Silvia Gómez, especialista en aparato digestivo, explicó que "el agua fría no bloquea la digestión, pero si está demasiado fría puede volverla más lenta y menos confortable". En esta última parte reside la clave del asunto.
Para comprender lo que sucede al ingerir agua helada, es fundamental saber que el aparato digestivo funciona óptimamente a la temperatura corporal central, alrededor de 37 ºC. Cuando se introduce un líquido a temperaturas cercanas a 0ºC, el organismo reacciona: el frío induce la contracción de los vasos sanguíneos para mantener el calor.
La consecuencia es una alteración transitoria en los patrones de contracción de los músculos del estómago, lo que afecta la capacidad digestiva.
Un estudio publicado en 2020 investigó este fenómeno. En este ensayo experimental cruzado, 11 hombres sanos ingirieron 500 mL de agua a tres temperaturas diferentes: 2 °C, 37 °C y 60 °C. Los resultados, obtenidos mediante ecografía gástrica, demostraron que el agua a 2 °C redujo significativamente la frecuencia de las contracciones gástricas en comparación con el agua a temperatura corporal o caliente durante la hora posterior a una comida. Curiosamente, esta modulación de la motilidad gástrica también reveló que los participantes que bebieron agua helada experimentaron una saciedad más temprana, disminuyendo su ingesta energética en la comida posterior entre un 19% y un 26%.
Que el estómago reduzca su actividad de contracción no significa que la digestión se "bloquee" o se "corte". Es importante considerar que el cuerpo humano posee una vasta capacidad termorreguladora, lo que permite que un líquido frío alcance la temperatura corporal en cuestión de minutos, restableciendo la actividad gástrica normal.
Existen muchos mitos en torno al consumo de agua fría, como la creencia de que "solidifica las grasas". Aunque la termodinámica indica que el frío endurece las grasas, en el entorno gástrico humano esto carece de relevancia clínica. El efecto térmico es tan efímero y la acción combinada del ácido clorhídrico, las enzimas y la agitación mecánica posterior es tan potente, que el cuerpo compensa el impacto térmico rápidamente. Otro mito relevante se relaciona con el supuesto efecto negativo del agua fría sobre la microbiota intestinal, pero hasta el momento no hay evidencia sólida que demuestre un daño a nuestras bacterias.
Aunque el efecto del agua fría sea inofensivo para la población general, no todos los sistemas digestivos reaccionan de la misma manera. En la práctica clínica, la temperatura de las bebidas adquiere importancia en pacientes con patologías funcionales significativas, como la dispepsia funcional, el reflujo gastroesofágico, la gastritis o el síndrome del intestino irritable.
En estos casos, los estímulos térmicos bruscos que modifican la motilidad gástrica pueden aumentar la sintomatología, y aquí el enlentecimiento gástrico provocado por el agua fría podría ser un problema. Sin embargo, se trata de casos específicos que deben seguir las recomendaciones de su médico especialista.