La comunicación en el fútbol ha sido históricamente un desafío, especialmente cuando las barreras idiomáticas se sumaban a la intensidad del juego. Eventos violentos y confusiones arbitrales en Mundiales pasados, como la "Batalla de Santiago" en 1962 y el partido entre Argentina e Inglaterra en 1966, resaltaron la necesidad de un sistema de señalización universal. Fue Kenneth George Aston quien, inspirado por los semáforos, ideó las tarjetas amarillas y rojas, revolucionando la forma en que se comunican las decisiones arbitrales en el campo.
Cuando dos personas intentan comprenderse sin compartir un idioma, recurren a subir el tono de voz, gesticular o usar elementos que trascienden las fronteras. Esto, claro, asumiendo que en el fútbol siempre se desea entender al árbitro, pues no es raro que un jugador ignore una amonestación o un cambio si su equipo va ganando.
A pesar del particular discurso de Tom Cruise en el pasado Mundial 2026, el fútbol moderno se maneja con el inglés (por muy rudimentario que sea) y las regulaciones de la IFAB, compuesta por las cuatro asociaciones de fútbol del Reino Unido y la FIFA, lo que asegura que todos comprendan el significado de un banderín levantado o la aparición de una tarjeta. Sin embargo, no siempre fue así, y las disputas eran frecuentes.
A principios de la década de 1960, el fútbol experimentaba episodios de gran violencia. Uno de los encuentros más tristemente recordados fue el partido entre Chile e Italia en el Mundial de 1962, conocido como la "Batalla de Santiago". En ese entonces, no existían mecanismos para controlar la agresividad manifestada en peleas y faltas durante el juego.
El cruce de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en el Mundial de 1966 marcó un antes y un después. Según el Smithsonian, en un momento del partido, un jugador argentino intentó comunicarse con el árbitro alemán, y sus gestos vehementes y súplicas, incomprensibles para el colegiado, resultaron en su expulsión por violencia verbal. El jugador se negó a abandonar el campo hasta que Kenneth George Aston, miembro del Comité de Árbitros de la FIFA y responsable del arbitraje de ese Mundial, intervino.
En aquel partido, el árbitro Rudolf Kreitlein había amonestado a los ingleses Bobby y Jack Charlton y expulsado al argentino Antonio Rattín. Sin embargo, la situación fue tan confusa que los implicados se enteraron de las decisiones después, a través de la prensa. De hecho, el seleccionador de Inglaterra, Alf Ramsey, tuvo que consultar a un representante de la FIFA para aclarar sus dudas. Era evidente que la tensión del partido, el ruido ambiental y la barrera idiomática entre jugadores y árbitro hacían imposible la comunicación. Aston llegó a esta conclusión y se marchó decidido a cambiar la situación.
Así, se propuso idear un sistema para que las decisiones del árbitro fueran más claras tanto para los jugadores como para los espectadores. Se le ocurrió una idea que todo el mundo conoce: los semáforos. Aston relató cómo surgió la idea: "Mientras conducía por la calle Kensington de Londres, el semáforo se puso en rojo y pensé: 'Amarillo', puedes aún pasar; 'Rojo', significa alto, fuera del terreno". Al llegar a casa, compartió su idea con su esposa Hilda, quien, según se cuenta, regresó minutos después con dos tarjetas de cartulina que encajaban perfectamente en el bolsillo de su camisa, materializando así el concepto.
El sistema se estrenó oficialmente en el Mundial de México de 1970, 107 años después de la creación del primer organismo rector del fútbol, y desde entonces fue adoptado por todas las federaciones.
El escritor Rob Walker sintetiza bien el impacto de este simple trozo de papel: posee un poder descomunal cuando un árbitro lo exhibe de forma casi teatral frente a un jugador. Provoca un estadio lleno de silbidos y gestos exagerados por parte del jugador amonestado y sus compañeros. Esto se debe a que todo el mundo comprende su significado: la pérdida de la posesión del balón, un tiro libre o incluso quedarse con un jugador menos en el terreno de juego.
Kenneth George Aston, quien falleció en 2001, resumió su visión del fútbol, donde este gesto que él mismo inventó y que sigue vigente en cada encuentro, posee una importancia extrema: una obra dramática en dos actos con 22 actores y un director de escena, el árbitro, sin guion y sin un final preestablecido.