El virus Shamonda, previamente considerado exclusivo de animales, ha generado preocupación tras detectarse la primera infección humana en Francia. Este patógeno, cuya variante europea SHAV-EU1 ha sido vinculada a un caso de encefalitis mortal, se transmite principalmente por un diminuto insecto de la familia Culicoides. La rápida expansión del virus en Europa, especialmente en el ganado, ha impulsado a reevaluar su potencial zoonótico y las estrategias de control.
Hasta hace solo unos meses, el virus Shamonda se consideraba un patógeno estrictamente animal, con detecciones esporádicas en algunas regiones de África y Japón desde los años setenta. Sin embargo, su reciente y rápida aparición en el continente europeo ha alterado el panorama epidemiológico, exigiendo la consideración de distintas estrategias para su control.
La semana pasada, un incidente en Francia encendió las alarmas, al detectarse la primera infección por este virus en un ser humano, específicamente por la variante europea SHAV-EU1. Esto ha provocado una reevaluación de su potencial zoonótico y, sobre todo, ha centrado la atención en su forma de transmisión, que es un insecto de apenas un par de milímetros.
Este caso inusual ha sido documentado por la prestigiosa revista Nature y se refiere a un caso de encefalitis mortal en un paciente francés con una inmunodepresión severa, después de haber recibido un trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos el mes anterior. Hasta la fecha, las autoridades descartaban por completo que el virus pudiera afectar a las personas, una suposición que ahora ha sido puesta en duda.
El modo exacto en que este paciente contrajo la enfermedad sigue siendo objeto de estudio. No obstante, los investigadores que actualmente se dedican a este caso sugieren que la infección pudo haberse producido por una vía transfusional en un contexto de vulnerabilidad extrema, y no por una picadura directa en un entorno natural. En el medio silvestre, el principal sospechoso de diseminar la enfermedad es el Culicoides, que, aunque popularmente o en ciertas comunicaciones institucionales se le agrupa erróneamente con los mosquitos comunes, taxonómicamente pertenece a la familia de los ceratopogónidos.
Estos insectos son dípteros picadores extremadamente pequeños, con una longitud que oscila entre 1 y 3 milímetros. Su rol como responsable de transportar estas nuevas variantes europeas del virus se da prácticamente por sentado, basándose sobre todo en la detección de genomas del virus en ejemplares capturados en Sudáfrica o aislamientos históricos en Nigeria.
Sin embargo, es importante destacar que aún queda mucha investigación por delante para poder determinar que únicamente este insecto transmite la enfermedad, ya que la posibilidad de que existan otras especies que también puedan actuar como vector sigue abierta.
Más allá del caso documentado en Francia, el verdadero impacto del virus se está registrando en el ámbito ganadero. Los análisis realizados confirman que el virus ha experimentado diferentes mutaciones que han dado lugar a las variantes bautizadas como SHAV-EU1 y SHAV-EU2, que ahora pueden representar un problema grave.
Esto ha provocado brotes que han afectado a explotaciones en Alemania, Suiza y Francia. En el caso de España, el Ministerio de Agricultura ha confirmado la circulación de estas variantes, pero ha hecho un llamado a la calma al estar monitorizándolas. En concreto, se ha observado que la variante de tipo 1 se encuentra en Córdoba, Toledo, Ávila y Madrid, mientras que la del tipo 2 está en Cantabria.
Su peligro en el mundo animal es tanto económico como veterinario. Aunque el virus no se caracteriza por causar una alta mortalidad en los animales, su capacidad de contagio entre ellos es muy elevada. El mayor riesgo reside en su carácter teratógeno, ya que, como quedó documentado en Japón en 2017, la infección intrauterina en rumiantes puede provocar malformaciones severas, artrogriposis y graves lesiones del sistema nervioso central en las crías.