En marzo de 1932, la muerte de un hombre en París destapó uno de los mayores fraudes financieros de la historia. Ivar Kreuger, conocido como 'el segundo rey' en Suecia y una figura venerada en Wall Street, había construido un vasto imperio a partir del negocio de las cerillas, prestando dinero a gobiernos y personalidades europeas. Sin embargo, detrás de su brillante fachada se escondía un complejo esquema piramidal que finalmente colapsó, dejando un rastro de deudas y miles de familias arruinadas.
París, marzo de 1932. La portada de The New York Times informaba sobre un hombre hallado sin vida en su habitación, con un disparo en el corazón. Fuera, nadie sospechaba aún que ese cuerpo ocultaba el mayor fraude financiero de su era. Este hombre había otorgado préstamos a gobiernos y figuras prominentes de toda Europa, compartido mesa con Greta Garbo y asesorado a presidentes. En Suecia, lo apodaban "el segundo rey", y en Wall Street era casi venerado como un dios de las finanzas. No obstante, como relata Frank Partnoy en su biografía 'The Match King', detrás de aquel deslumbrante imperio se tejía una trama mucho más oscura. Esta historia, como muchas grandes caídas, comenzó con un producto tan simple que nadie desconfiaba: una cerilla.
Ivar Kreuger nació en Kalmar, al sureste de Suecia, en 1880. Su familia ya poseía un modesto negocio de fabricación de cerillas, lo que le proporcionó una posición acomodada y le permitió estudiar ingeniería y viajar por Estados Unidos, donde se familiarizó con sistemas de construcción basados en el hormigón armado, aún no implementados en Suecia. En 1908, regresó a Suecia y fundó la constructora Kreuger & Toll junto a Paul Toll, con un capital inicial de apenas 2.500 dólares. La principal ventaja de su empresa radicaba en el uso de hormigón armado, lo que les permitía reducir los plazos de obra sin comprometer la calidad. Esto les valió proyectos tan significativos como la construcción del Estadio Olímpico de Estocolmo, sede de los Juegos Olímpicos de 1912.
En su primera incursión empresarial, Kreuger descubrió una habilidad crucial: se desenvolvía en las finanzas casi tan bien como en la construcción con hormigón. Con esta combinación de ambición, ingeniería y perspicacia para los negocios, Kreuger se integró en el negocio familiar de fabricación de cerillas con la Swedish Match (empresa que aún existe) en 1917, consolidando diversas fábricas dispersas en un solo holding. En pocos años, la nueva compañía producía el 75% de las cerillas a nivel mundial.
A pesar del floreciente negocio de sus fábricas, la gran estrategia de Kreuger fue intercambiar cerillas por deuda. Tras la Primera Guerra Mundial, gran parte de Europa necesitaba financiación para su reconstrucción. Kreuger identificó la oportunidad. Ofrecía préstamos sustanciales a gobiernos en apuros económicos y, a cambio, solicitaba el monopolio de la fabricación de cerillas en sus respectivos países. Otorgó dinero a Francia, Alemania, Polonia, Grecia y otras naciones, logrando así monopolizar la producción de cerillas en media Europa. Se estima que el total prestado a los distintos países ascendió a unos 387 millones de dólares en 1930.
Llegó a poseer fábricas en 43 países y control casi total en 25 de ellos. El negocio ya no consistía en vender fósforos, sino en prestar dinero bajo el disfraz de una industria, y su imperio se expandió a otros sectores. Dominó el 50% del mercado del hierro y adquirió participaciones en bancos, empresas mineras, ferrocarriles, madera, papel, distribución cinematográfica, inmobiliarias e industria de la celulosa. En 1925, incluso se hizo con el control de un importante paquete de acciones de Ericsson y de las otras tres empresas más destacadas de Suecia, así como de más de 200 compañías, representando el 60% de la bolsa sueca. Su oficina en Estocolmo, con 125 habitaciones, fue apodada el "Palacio de las Cerillas".
Para financiar tantos préstamos, Kreuger requería un flujo constante de capital. Para conseguirlo, emitía acciones con dividendos excepcionalmente altos, de hasta el 30% entre 1919 y 1928. Los inversores, especialmente en Estados Unidos, acudieron en masa ante la promesa de obtener una rentabilidad muy superior a la media. Llegó a captar 750 millones de dólares con este sistema, según informó El Economista. El método que utilizaba para ofrecer estos jugosos dividendos no era nuevo, aunque nadie lo percibió entonces: pagaba a los inversores antiguos con el dinero de los nuevos. Es decir, el mismo sistema piramidal que Carlo Ponzi estaba empleando al otro lado del Atlántico: un esquema Ponzi con la apariencia de una multinacional industrial. Nadie auditaba los libros de Kreuger y, como recogía una crónica de The New York Times, cuando un ejecutivo inglés le propuso una auditoría, Kreuger respondió con una frase que hoy destila una fina ironía: "¿Acaso crees que soy un estafador?". La respuesta es clara: Sí.
El crack de Wall Street de 1929 interrumpió abruptamente el flujo de capital que sostenía el montaje piramidal de Kreuger quien, desesperado, llegó a vender los mismos valores varias veces y a falsificar bonos italianos por 80 millones sin poseer realmente ese monopolio. En 1931, solicitó un préstamo de 800 millones de coronas a la banca sueca, equivalente al 10% del PIB del país. No fue suficiente. El Riksbank sueco dudó, el gobierno intervino, pero el déficit ya era imposible de cubrir.
El 12 de marzo de 1932, Kreuger se quitó la vida en su habitación de un hotel parisino. Pocas semanas antes, la empresa de telefonía ITT (International Telegraph & Telephone) lo había obligado a devolver 11 millones de dólares tras descubrir que el millonario sueco les había engañado maquillando las cuentas de Ericsson. Las auditorías posteriores revelaron el verdadero alcance del fraude. Sus empresas acumulaban deudas crediticias de más de 1.200 millones de dólares, además de una deuda personal de 265 millones de dólares, frente a apenas 18 millones de dólares en activos que poseía. Todo esto, cabe recordar, en la década de 1930, lo que representa una deuda de proporciones inasumibles incluso para los millonarios actuales. Miles de familias perdieron sus ahorros. Fábricas enteras cerraron. Y el hombre que un día prestó dinero a media Europa terminó siendo, él mismo, el mayor agujero financiero de su época. El Congreso de Estados Unidos lo calificó como el mayor estafador de la historia. Un año después, nació la SEC para supervisar los mercados y asegurar que la estafa de Kreuger no se repitiera.