Recientes despidos masivos en grandes tecnológicas como Xbox, Amazon y Meta, han generado un debate sobre el verdadero papel de la Inteligencia Artificial. Aunque las empresas afirman reorientar recursos hacia la IA, la realidad es que esta tecnología se ha convertido en una coartada para justificar reestructuraciones y recortes de personal, independientemente de la salud financiera o la estrategia de negocio. La narrativa de la IA permite a las compañías mantener la credibilidad ante los inversores y el mercado.
Asha Sharma, la actual CEO de Xbox, anunció recientemente el despido de 1.600 empleados de su división, como parte de un plan que contempla hasta 3.200 recortes este año. Sorprendentemente, tres días después, la Reserva Federal de Estados Unidos la incorporó a un grupo asesor sobre "empleo y productividad en la era de la IA". En este grupo, Sharma comparte espacio con Marc Andreesse y un economista de Stanford que colabora con Anthropic. La ironía radica en que una persona que acaba de determinar qué puestos son prescindibles en su empresa ahora asesorará sobre la escasez de empleo en un contexto más amplio.
Los datos presentados por Sharma en su comunicado son irrefutables: Xbox ha registrado pérdidas de 64 centavos por cada dólar invertido en estudios pequeños e independientes, con márgenes de beneficio entre tres y diez veces inferiores a los de negocios comparables. Sin embargo, el mismo comunicado afirma, casi en la misma frase, que la IA no es la causa de estos despidos y que la empresa está reorientando tanto a su personal como sus inversiones hacia prioridades relacionadas con la inteligencia artificial. A los empleados se les comunica una versión, mientras que a los inversores se les presenta la contraria. Aquí reside el quid de la cuestión: la IA se ha transformado en la justificación perfecta, sirviendo para avalar tanto las expansiones más ambiciosas de una empresa como las rendiciones más francas de otra. Ya no es meramente una tecnología; es una excusa de validez universal.
Este patrón se reproduce ampliamente, siempre utilizando el mismo verbo: "reorientar", nunca "reemplazar". Amazon ha ejecutado 16.000 despidos en su segunda ronda en tres meses, sumándose a otros 14.000 en octubre, mientras invierte 200.000 millones en infraestructura de IA este año. Meta ha prescindido del 10% de su plantilla, al tiempo que incrementa drásticamente el gasto en centros de datos. Google ha desmantelado discretamente parte de su división Cloud (incluida la unidad que promociona la ciberseguridad como argumento de confianza en su nube), justificando que "es necesario reinvertir en áreas de crecimiento, como la IA". Cloudflare ha despedido a 1.100 empleados en preparación para la "era agéntica".
El despido en sí ya no es lo más revelador. La clave está en la procedencia de los fondos: los recortes no se aplican donde la IA ya realiza el trabajo, sino en las áreas de negocio con menores múltiplos y menos potencial narrativo de futuro. La IA no ejecuta el despido, pero sí determina qué división sobrevive a la reestructuración.
La situación varía en algunos casos. SAP ha congelado las contrataciones para financiar su "apuesta significativa por la IA", mientras sus acciones han caído un 49% en un año. Su CEO ha manifestado dudas sobre si en dos o tres años alguien en la empresa seguirá programando. Intel, por otro lado, ha optado por una estrategia opuesta: reconoce que ya no se encuentra entre las diez principales empresas del sector, que ha llegado tarde frente a NVIDIA, y ha despedido al 20% de su personal para enfocarse en la IA en el dispositivo, lejos de los centros de datos. Uno lo arriesga todo, el otro se repliega. Ambos lo denominan de la misma manera: "estrategia de IA".
Esta etiqueta no describe lo que realmente sucederá, sino lo que conviene decir hoy para evitar más preguntas. STMicroelectronics anunció 2.800 despidos como parte de un plan iniciado en 2024, incluso antes de que la "IA" se convirtiera en el comodín universal, y aun así la nota de prensa encontró la forma de mencionarla. La reestructuración habría ocurrido de igual manera; la etiqueta es lo novedoso. Lo que estas empresas obtienen con sus despidos no es, aún, la productividad que promete la IA, sino crédito ante un mercado que en junio castigó a Microsoft con su peor mes desde la burbuja puntocom, por no parecer lo suficientemente comprometida, por no haber apostado con la suficiente fuerza. El despido es el peaje de entrada para seguir manteniendo la narrativa de que la tecnología funcionará.
Esta narrativa choca con la realidad humana en lugares como Bethesda, donde el departamento de Recursos Humanos ordenó retirar un pequeño memorial que los propios compañeros habían creado con fotos de los despedidos. Esto no encajaba con el ambiente que la empresa deseaba proyectar. Por lo tanto, la próxima vez que alguien afirme que despide "por la IA" o que no despide "por la IA", la pregunta que deberíamos hacernos es quién decide qué se considera un negocio saludable, cuando el diagnóstico lo firma quien se beneficia de él.