Las favelas de Río de Janeiro, históricamente asociadas a la pobreza y la delincuencia, se han transformado en un destino turístico creciente, atrayendo a miles de visitantes extranjeros. Este fenómeno, impulsado por la búsqueda de autenticidad y los esfuerzos de pacificación, está redefiniendo la experiencia turística en la ciudad y superando en afluencia a símbolos emblemáticos como el Cristo Redentor. Sin embargo, este auge también plantea importantes dilemas de seguridad y éticos.
Cuando se piensa en Río de Janeiro, el Cristo Redentor, la imponente estatua de 30 metros en el cerro Corcovado, suele ser la primera imagen. No obstante, en la actualidad, otros lugares cariocas están atrayendo a un número significativamente mayor de turistas extranjeros: Vidigal y Rocinha, dos áreas conocidas por sus favelas. Entre ambas, suman decenas de miles de visitantes, lo cual no es sorprendente dado que las favelas se están integrando cada vez más en los itinerarios turísticos de Brasil, donde los viajeros buscan autenticidad y oportunidades para tomar fotografías.
La historia de las favelas de Río es antigua, remontándose a finales del siglo XIX con el establecimiento de Providência. Desde entonces, la palabra favela ha estado ligada a conceptos de infravivienda, pobreza y delincuencia, elementos que, a primera vista, no se asociarían con unas vacaciones idílicas en un destino de playa y paisajes de postal. Sin embargo, esta percepción ha evolucionado con el tiempo. A medida que el turismo internacional en Brasil crece, más personas se dirigen a las favelas de Río en busca de una autenticidad difícil de encontrar en los destinos más 'turistificados'. Esta tendencia ha normalizado la presencia de tours, guías y grupos de extranjeros en algunos asentamientos. Incluso han surgido fenómenos virales, como grabar videos con drones desde las azoteas de Rocinha.
Existen datos que respaldan este crecimiento. El Anuário do Turismo Carioca 2024, un informe que analiza las tendencias del sector en la metrópolis brasileña, revela que ese año varias zonas conocidas por sus favelas se posicionaron entre los 20 iconos más visitados de Río de Janeiro. Incluso superaron a otros símbolos tradicionales como el Cristo Redentor o la Escalera de Selarón, que durante décadas han sido protagonistas de las postales turísticas de la ciudad. Para ser más específicos, en 2024, la Secretaría Municipal de Turismo registró 81.600 visitantes extranjeros en Vidigal y 45.600 en Rocinha. Aunque estas cifras están lejos de los 925.400 de la playa de Copacabana o los 554.400 de Ipanema, siguen destacando entre los lugares más concurridos de la región. Si se suma el flujo de turistas nacionales, el balance se incrementa considerablemente.
El interés por las favelas no ha disminuido en los últimos años. Como referencia, el pasado enero, durante la temporada alta en Río de Janeiro, Rocinha recibió 41.852 visitantes, lo que representa un aumento del 37% respecto al año anterior. En esas mismas fechas, O Globo, uno de los diarios más influyentes de Brasil, publicó un reportaje que confirmaba el auge del turismo en las favelas y los desafíos asociados. El creciente atractivo de las favelas también ha sido cubierto por la prensa internacional; en los últimos meses, medios como Associated Press (AP), DW, The Guardian y la BBC han dedicado artículos al fenómeno, explorando sus retos, oportunidades y dilemas morales. Como telón de fondo, las autoridades de Río de Janeiro destacan que en 2025 la ciudad recibió aproximadamente 12,5 millones de visitantes, una cifra notablemente superior a los 11,4 millones de 2024. De estos, 2,1 millones procedían de otros países, y aunque representan una proporción menor, su afluencia se disparó casi un 45% en solo un año.
El éxito de la inclusión de las favelas en los tours cariocas no es una casualidad y se explica por varios factores. En primer lugar, las autoridades han realizado esfuerzos para 'pacificarlas', una iniciativa que se remonta al Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Con el paso del tiempo, también se ha desarrollado una red de servicios, negocios locales y guías que facilitan la experiencia para los extranjeros. Un claro ejemplo es Na Favela, una aplicación diseñada para organizar y gestionar actividades con guías. Sus creadores prometen “experiencias auténticas” que, según afirman, impulsan la economía local.
Existen testimonios que sugieren que esta actividad genera riqueza. Hace unos meses, AP entrevistó a Vitor, un guía local que trabaja con visitantes interesados en conocer los asentamientos. Antes de dedicarse a esto, era taxista en Rocinha, pero al notar el aumento de turistas extranjeros, comenzó a ofrecer tours y ahora su sustento proviene principalmente de ellos. En otra entrevista, reconoció que, después de una vida marcada por las drogas y la violencia, el turismo le brindó una oportunidad. “Nunca me lo imaginé. No terminé la escuela ni logré aprender otro idioma”. Vitor afirma: “Si vienes a Río y solo visitas la playa de Copacabana, la estatua de Cristo Redentor y el Pan de Azúcar, no estás visitando Río de verdad. Estás visitando una parte lujosa y cara de Río. La esencia proviene de las favelas”. Él no es el único que comparte este mensaje. En mayo, la BBC conversó con una experta en turismo que asegura que la violencia en las favelas de la Zona Sur ha disminuido, atribuyendo parte de esta mejora al sector turístico. También sostiene que, si bien la zona puede representar un riesgo para los residentes, los cárteles no atacan a los turistas.
Sin embargo, no todo son buenas noticias. Aunque la presencia de turistas extranjeros en ciertas favelas ya no es inusual, la realidad es que siguen sin ser los destinos más seguros de Brasil. Esto quedó en evidencia hace solo unas semanas, cuando decenas de visitantes quedaron atrapados en un mirador durante una operación policial contra narcotraficantes. Meses antes, en abril, más de 200 turistas también quedaron varados durante varias horas en Morro Dois Irmãos en un incidente similar, atrapados en medio de un operativo antidrogas mientras realizaban un tour. La turistificación de las favelas no solo genera controversia por la seguridad de los visitantes, sino también por su trasfondo moral y las dudas que suscita: ¿Qué impacto real tiene el turismo en estos barrios y en su población? ¿Les proporciona una nueva fuente de ingresos y un medio de vida, o representa una explotación éticamente cuestionable de sus condiciones de vida? Y si este fenómeno continúa creciendo, ¿cuáles serán sus consecuencias a largo plazo?