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Mié, Jul

¿Son todas las opiniones igualmente respetables? Un análisis filosófico sobre el respeto y el debate

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El filósofo Aurelio Arteta cuestiona la premisa de que todas las opiniones son respetables, argumentando que el verdadero respeto se dirige a la persona, no necesariamente a la idea. Propone que el debate crítico es esencial y no incompatible con la tolerancia, desafiando la comodidad de los tópicos sociales y la resistencia a confrontar nuestras propias convicciones.

A las personas nos gusta sentirnos cómodas, una verdad universal. Y si algo resulta cómodo y confortable, al menos para nuestros cerebros, es aferrarse a un buen tópico. Esto no solo nos ahorra el esfuerzo de pensar, sino que también crea un mullido colchón intelectual en el que acomodarnos. "Los tópicos nos retratan porque son los síntomas de las creencias comunes", explica el filósofo Aurelio Arteta (Sangüesa, 1945), catedrático de la Universidad del País Vasco (UPV). Hace años, Arteta analizó en uno de sus ensayos uno de los lugares comunes más arraigados y aparentemente incuestionables en nuestra sociedad: ¿Son realmente todas las opiniones igual de respetables? Esta pregunta nos conduce a otras igual de importantes: ¿Qué significa 'respetar una opinión'? ¿Nos comportamos de forma intolerante si la cuestionamos? ¿Y qué es lo que merece respeto, la idea en sí misma o la persona que la sostiene?

"Enfrentarlas, no yuxtaponerlas". "Pongamos el tópico de que todas las opiniones son respetables. Si lo fueran, no tendríamos que argumentar las propias opiniones ni atrevernos a cuestionar las ajenas. Todas valdrían lo mismo, lo que al final significa que ninguna vale nada. El grado de verdad de cada una no importaría, porque lo único que cuenta es el derecho a emitir opiniones sin réplica alguna", argumentaba en una entrevista concedida a El Español en 2012, tras la publicación de 'Tantos tontos tópicos'.

Para el filósofo navarro, la clave reside en mantener una postura abierta y tolerante, pero partiendo de una premisa crucial: el respeto no excluye el debate y tampoco es incompatible con mantener un enfoque crítico. Al contrario. "Respetar opiniones significa enfrentarlas entre sí, no yuxtaponerlas y preservarlas de su choque. En último término quien merece respeto es la persona, y con harta frecuencia a pesar de sus opiniones", abunda Arteta.

"Claro que todavía muchos me contestarán indignados: '¡Pero no pretenderá usted convencerme!'. Como si persuadir con razones fuera lo mismo que servirse de imposiciones. Hasta ahí llega la estupidez del ambiente".

Adoptar esa postura no es fácil. Supone un esfuerzo: pensar, razonar y correr el riesgo que implica iniciar una confrontación de ideas que, llegado el caso, puede obligarnos a replantearnos nuestras propias convicciones. No es una cuestión menor porque a menudo los tópicos sirven también de pegamento social.

"Al repetir las frases hechas buscamos también acomodarnos al grupo, diluirnos en él, ser de los nuestros, vestirnos a la moda que se lleva. En pocas palabras, no quedarnos solos y a la intemperie", añade el catedrático de Filosofía. Aurelio Arteta no es el único que ha alzado la voz para recordarnos en qué consiste realmente el respeto intelectual y tumbar viejos tópicos y frases manidas como aquella que dice 'respeto tus ideas, pero no las comparto'.

Algo parecido hizo en su día José Antonio Marina, filósofo y ensayista, quien subrayaba en otra entrevista que los derechos a la libertad de expresión y de pensamiento protegen "a las personas", "no el contenido de la opinión". "Esa opinión puede ser estúpida, agresiva… No, cada opinión debe tener su fuente de legitimación. Si es una opinión matemática, las matemáticas; si es una opinión geográfica, los criterios geográficos. Yo a una persona que me diga que la tierra es plana, le digo: 'No te voy a meter en la cárcel por eso porque tú eres libre de expresar tu opinión, pero no te voy a dar una cátedra de Geografía".

Nuestra tendencia a convertir ideas en constructos intocables conecta en realidad con nuestra naturaleza y algo que el psicólogo Arie Kruglanski definía como la necesidad del cierre cognitivo: a los humanos no nos gusta la incertidumbre y eso nos lleva a fijar creencias con rapidez o, dado el caso, exigir que se respeten para mantenerlas intocables y no obligarnos a revisar nuestra forma de ver el mundo.