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Sáb, Jul

Pedro Xosé Rodríguez: El Matemático Gallego que Contribuyó a la Definición del Metro y Enfrentó el Olvido

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La historia del matemático gallego Pedro Xosé Rodríguez González, nacido en Lalín en 1770, es un testimonio de superación y genialidad. Proveniente de una familia humilde, su talento lo llevó a las más altas esferas científicas europeas, donde desempeñó un papel crucial en la definición del sistema métrico universal. A pesar de sus inmensas contribuciones, su vida terminó en el olvido, un destino inmerecido para un pionero de la ciencia.

Hoy en día, medimos las habitaciones en metros, pesamos el café en gramos y calculamos distancias en kilómetros, asumiendo que estas unidades son universales e inmutables. Sin embargo, durante siglos, cada reino e incluso cada gremio utilizaba sus propias unidades de medición, lo que generaba un caos en el comercio y dificultaba el avance científico. Fue necesario establecer un orden, y entre los artífices de esta estandarización se encontraba un labrador gallego de Lalín, Pedro Xosé Rodríguez González, conocido como el “matemático Rodríguez” o el Matemático de Bermés, por su parroquia natal.

Nacido el 25 de octubre de 1770, Pedro fue el séptimo hijo de una familia de labradores de Pontevedra. Sin recursos ni contactos, sus opciones en la Galicia rural del siglo XVIII se limitaban al campo, la emigración o la Iglesia. No obstante, su tío, un eclesiástico culto, financió sus estudios en el Colegio de Humanidades de Monforte de Lemos. A los 17 años, se trasladó a Santiago de Compostela con una beca para el Colegio de los Jerónimos, donde estudió gramática, latín, filosofía y teología, disciplinas que usualmente conducían al sacerdocio. Sin embargo, su verdadera vocación eran las matemáticas, las cuales estudió de forma autodidacta, ya que la vida eclesiástica no encajaba con sus inquietudes.

Para 1798, ya era catedrático suplente de matemáticas sublimes en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago. El término “sublimes” se refería a las materias de cálculo diferencial e integral en los siglos XVIII y XIX. Dos años después, ganó la cátedra por oposición. El tribunal que lo evaluó destacó su excepcional talento en una carta al rey Carlos IV, describiéndolo como “uno de aquellos genios que de raro en raro forma la providencia para los conocimientos sublimes”.

En 1803, con 33 años, Rodríguez solicitó y obtuvo permiso para viajar a París y continuar sus estudios. Allí, se integró en el círculo de los científicos más prominentes de Europa, estudiando astronomía y matemáticas bajo la guía de Jean-Baptiste Biot y estableciendo una relación con Pierre-Simon Laplace. En 1806, el gobierno español lo designó comisario en una expedición internacional dirigida por François Aragó y Biot. La misión consistía en extender la medición del arco de meridiano de París, ya trazado entre Dunkerque y Barcelona, hasta la isla de Formentera. Esta medición era fundamental para establecer la longitud exacta del metro, definida como la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano que atraviesa París, una medida basada en la naturaleza y no en un capricho real.

La expedición se complicó con el inicio de la Guerra de Independencia en 1808. El equipo, que había completado exitosamente la medición del triángulo geodésico número 17 sobre el mar, con vértices en Ibiza, Formentera y Mallorca, se encontró en una situación peligrosa. Los científicos, que utilizaban señales luminosas desde las cumbres, fueron confundidos con espías. Aragó, de nacionalidad francesa, fue detenido en el castillo de Bellver. Rodríguez intervino para ayudarlo a escapar, aunque el incidente resultó en meses de trabajo perdidos. Afortunadamente, los datos de las mediciones se lograron salvar.

En 1809, Rodríguez viajó a Inglaterra por encargo del gobierno para examinar los establecimientos científicos británicos. Allí, corrigió al teniente coronel William Mudge, un geógrafo de renombre que, basándose en sus cálculos del meridiano de Greenwich, sostenía que la Tierra estaba achatada por el Ecuador. Isaac Newton había afirmado décadas antes lo contrario: el achatamiento se encontraba en los polos. Rodríguez recalculó las observaciones de Mudge utilizando el método de Delambre y descubrió un error de latitud en la estación de Arbury Hill. Demostró que Mudge estaba equivocado y que Newton tenía razón. El 4 de junio de 1812, su comunicación, titulada ‘Observations on the measurement of threes degrees of the meridian’, fue presentada ante la Royal Society de Londres por su amigo José de Mendoza y Ríos. Este trabajo es considerado la aportación individual más significativa de Rodríguez a la ciencia, al demostrar empíricamente la forma real de la Tierra con una precisión sin precedentes.

Posteriormente, estudió cristalografía en Gotinga bajo la supervisión del mineralogista Abraham Gottlob Werner, donde también se relacionó con Carl Friedrich Gauss. En París, en 1817, René Haüy, considerado el padre de la cristalografía moderna, le obsequió una colección de 1.024 modelos cristalográficos de madera, que actualmente se conserva en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Santiago de Compostela.

A pesar de haber recibido ofertas prestigiosas, como la dirección del Observatorio Astronómico de San Petersburgo del zar Alejandro I y la cátedra de Astronomía del Ateneo de Ciencias de París, Rodríguez las rechazó. No quiso marcharse sin informar al gobierno español, que para retenerlo, lo nombró director del Observatorio Astronómico de Madrid en 1819. Fue también uno de los fundadores de la Universidad Central de Madrid, precursora de la actual Complutense, y entre 1821 y 1823, sirvió como diputado por Galicia durante el Trienio Liberal.

En 1823, con la restauración del absolutismo por Fernando VII, Rodríguez fue despojado de su cátedra. Enfermo y sin recursos, se exilió en Portugal para trabajar con las universidades de Coímbra y Lisboa. Regresó a Santiago en septiembre de 1824 y falleció el 30 de ese mismo mes. Fue enterrado sin honores en la iglesia de San Agustín, bajo una lápida sin nombre ni inscripción, sumido en el olvido.

En la actualidad, su legado permanece en gran parte sin reconocimiento. En España, solo una calle en Lalín lleva su nombre y un busto en el campo de la fiesta de Bermés, que fue inicialmente incorrecto y tardó décadas en ser reemplazado. En el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, su figura está tallada junto a José Chaix, su compañero en la expedición del meridiano. En 2024, doscientos años después de su muerte, la Real Academia Gallega de Ciencias lo nombró Científico Gallego del Año. Es asombroso pensar que la unidad de medida que utilizamos hoy, el metro, fue definida en parte gracias a este genio de Lalín, a quien, a pesar de los elogios de la Universidad de Santiago, el gobierno español dejó morir en la miseria.

La primera noticia biográfica sobre su vida, publicada 27 años después de su muerte (el 24 de abril de 1851) en el periódico 'El Eco de Galicia' de Santiago de Compostela, fue una afectuosa carta de su amigo personal Ramón Neira de Mosquera, que rescató parte de su legado.