El cierre prolongado del Estrecho de Ormuz ha dejado a más de 1.500 buques mercantes varados, generando una preocupante acumulación de bioincrustación en sus cascos. Esta situación, cuando los barcos reanuden sus rutas, amenaza con dispersar especies invasoras por ecosistemas globales, planteando un grave riesgo ecológico y económico. Expertos alertan sobre la urgencia de medidas preventivas para mitigar esta potencial "plaga".
El pasado 2 de marzo de 2026, el estrecho de Ormuz fue cerrado oficialmente. Casi medio año después, a pesar de algunos indicios de apertura y medidas gubernamentales para mitigar la subida del carburante, los barcos continúan apostados en los alrededores de este angosto paso. Algunos estados están explorando rutas alternativas, como un bypass a través del desierto de los Emiratos Árabes. Sin embargo, tarde o temprano, el estrecho de Ormuz se reabrirá, y esto también presentará un problema.
Actualmente, se estima que más de 1.500 grandes buques mercantes se encuentran inactivos en la región del Golfo. Lo habitual es que un buque de este tipo permanezca parado en puerto entre uno y tres días, pero investigaciones de 24 expertos internacionales indican que estas embarcaciones han estado inmovilizadas hasta 40 veces más tiempo, con sus cascos quietos como objetos arrojados al mar.
Cuanto más tiempo permanece inmóvil un barco, más fauna se adhiere a su casco: algas, mejillones, larvas, entre otros. El crecimiento de la bioincrustación se dispara a partir de los 10 días de inmovilidad. Esto representa un peligro para los ecosistemas por los que luego transitarán estos barcos. La Organización Marítima Internacional explica que los atraques prolongados aumentan notablemente el riesgo de bioinvasión y recomienda acciones inmediatas cuando un buque está inactivo entre 18 y 30 días.
La importancia de esta situación radica en que más de un millar de barcos superan actualmente ese umbral de inactividad, y sus rutas anuales abarcan todo el planeta. Cuando estas embarcaciones reanuden sus trayectos, transportarán combustible, mercancías y "polizones" en forma de organismos no autóctonos a puertos y mares de todo el mundo. El estudio identifica los primeros puertos en peligro: Jeddah, Bombay, Colombo y Singapur al este, y Alejandría, El Pireo, Algeciras y Róterdam al oeste. Es paradójico que la similitud de sus condiciones ambientales con el lugar de origen aumente el riesgo, ya que facilita el establecimiento exitoso de estas especies invasoras.
El potencial devastador de estas especies es enorme: pueden desplazar a la fauna nativa y actuar como reservorios de patógenos y parásitos capaces de provocar epidemias. En resumen, nos enfrentamos a un riesgo ecológico y económico de gran magnitud.
No es la primera vez que los bloqueos geopolíticos o las guerras provocan la dispersión de especies invasoras. Un ejemplo histórico es la invasión del percebe australasiático Austrominius modestus en Europa occidental durante la Segunda Guerra Mundial, debido a buques neozelandeses retenidos en puertos ingleses. A una escala mucho menor, el cierre temporal de seis días del Canal de Suez en 2021 también tuvo implicaciones de bioseguridad.
Para evitar el desastre, el equipo de investigación propone varias medidas, entre ellas: la limpieza subacuática de los cascos antes de la partida, la anticipación y prevención de rutas para alertar a los puertos de destino, la monitorización en puertos de alto riesgo mediante pruebas de ADN ambiental y la coordinación entre autoridades y agencias para establecer alertas.
La buena noticia es que esta tragedia ambiental aún no ha ocurrido; el informe es una predicción bien fundamentada basada en precedentes, no en un muestreo real. Desafortunadamente, la probabilidad de que se realice la limpieza subacuática necesaria para minimizar el riesgo en el origen es baja, considerando la capacidad limitada para llevarla a cabo y otras necesidades apremiantes, como la reanudación del movimiento naviero, la logística de transporte o la urgencia de evacuar a las tripulaciones.