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Dom, Oct

Alonso Yáñez Fajardo: El 'Putero Mayor' y la Regulación de la Prostitución en la España de los Reyes Católicos

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Alonso Yáñez Fajardo, conocido como 'El Granadino', obtuvo de los Reyes Católicos en 1490 el lucrativo título de 'putero mayor del reino', como recompensa por sus servicios militares. Esta concesión formaba parte de una estrategia más amplia de la Corona para regular y legalizar la prostitución, considerándola un 'mal menor' que ayudaba a mantener el orden social y generaba ingresos. La red de mancebías se extendió por todo el territorio, con normativas específicas para su funcionamiento.

A sus numerosos y distinguidos títulos, que incluían bachiller, capitán caballero, capitán real y regidor perpetuo, Alonso Yáñez Fajardo, apodado 'El Granadino', añadió alrededor de 1490 el de putero mayor del reino, una posición que probablemente fue la más lucrativa. Tras la exitosa campaña de 1486 y como recompensa por su ayuda en la toma de Loja, y su participación posterior hasta 1492 en la conquista de Baza, Málaga y Almería, los Reyes Católicos le otorgaron al valiente capitán las rentas de las mancebías del Reino de Granada. Esta no era una prebenda menor, y la prueba es que, más de cinco siglos después de su muerte, Fajardo es más recordado por sus negocios en los burdeles que por su grado de oficial de los Reyes Católicos. Su influencia en los lupanares fue tal que con el tiempo se le conoció como 'el señor de las putas', 'putero oficial' o 'Fajardo Putero', como lo llamaba la soldadesca.

Lo más singular no es que Alonso Yáñez Fajardo, hijo bastardo del alcaide de Lorca, decidiera aprovechar el rentable negocio de los burdeles del Reino de Granada, actividad que gestionó a través de administradores que propiciaron todo tipo de excesos. Lo realmente llamativo es que lo hizo con la aprobación de la Corte. Además, sus negocios representaban solo una pequeña parte de la vasta red de prostíbulos que operó durante el reinado de Isabel y Fernando. En Aragón y Castilla ya existían mancebías regladas, lugares donde la prostitución era tolerada como un 'mal menor', según san Agustín, para evitar problemas más graves para las autoridades, como adulterios, raptos y violaciones. Sus Majestades Católicas reconocieron en esto una fórmula que valía la pena replicar en otras regiones conflictivas de sus dominios, y no dudaron en aplicarla.

La historiadora Milagros León explica en un artículo de 2022 sobre las mancebías castellanas del siglo XVII: 'La conexión entre las bandas señoriales y los rufianes generó un ambiente de conflicto generalizado muy presente en las políticas de pacificación del Reino durante el siglo XV. En este contexto de crisis bajomedieval, se comprende la iniciativa de los Reyes Católicos de legalizar la prostitución, promoviendo ellos mismos la creación de burdeles hasta el punto de recompensar con su monopolio a la pequeña nobleza más leal'.

Señores y autoridades municipales se dedicaron a regular minuciosamente los prostíbulos, lo que permitió a la Corte beneficiarse doblemente del negocio carnal, como detalla Milagros León: la Corona pudo obtener rentabilidad y, al mismo tiempo, lo convirtió en una 'válvula de escape', una forma de calmar altercados y preservar el orden, o al menos intentarlo. La Corte incluso recurrió a leyes para favorecer la concentración de la prostitución en los burdeles. En las Cortes de Madrigal de 1476, los Reyes Católicos establecieron que las meretrices clandestinas debían pagar el doble que las públicas: 24 maravedíes anuales frente a los 12 de las segundas.

Para legislar las mancebías en toda Castilla, se tomaron como modelo las ordenanzas de Sevilla, ciudad que albergaba el burdel más concurrido del país. El resultado fue la Pragmática de 1571, otorgada por el monarca Felipe II, una regulación que exigía controlar el estado de salud de las meretrices y el pago del conocido como 'derecho de perdices', la renta que las trabajadoras debían abonar a los alguaciles del concejo a cambio de su protección.

'Para evitar desmanes, las autoridades civiles y eclesiásticas decidieron crear burdeles municipales', explicaba el historiador Andrés Moreno Mengíbar en 2000. Con este panorama, los Reyes Católicos instaron a villas como Écija, Carmona o Cádiz a crear mancebías y, entre otras recompensas por sus servicios, concedieron a Fajardo el monopolio de las ubicadas en Granada. Prostíbulo tras prostíbulo, el sur se dotó de una extensa red durante los siglos XVI y XVII. Moreno Mengíbar estima que solo en Sevilla, a mediados del siglo XVI, llegó a haber cerca de un centenar de 'boticas', nombre con el que se conocía a las casas donde residían las meretrices a cambio de un alquiler.

Sin embargo, si hay un punto que destaca en el mapa del mercado carnal europeo del siglo XVI, es Valencia. Allí funcionaba un enorme lupanar que, según el viajero flamenco Antonie de Lalaing, quien lo visitó en octubre de 1501, albergaba 'entre 200 y 300' trabajadoras. 'Es grande como un pueblo pequeño', destacaba asombrado el cortesano de Flandes, detallando que el macroburdel estaba compuesto por varios hostales distribuidos en diversas calles, todos organizados. Ni Valencia, ni Granada, ni Sevilla eran en cualquier caso reductos aislados.

Se dice que durante el reinado de Felipe III, Madrid contaba con 800 burdeles, casas abiertas día y noche donde trabajaban mancebas autorizadas para ejercer, para lo cual se habían establecido requisitos bien definidos: tener más de 12 años, ser huérfana o de padres desconocidos, y no proceder de cuna noble. Este ambiente de permisividad no duró eternamente. El panorama cambió con el monarca Felipe IV (1605-1665), de quien se cuenta que se escandalizó al conocer la vida disoluta del embajador otomano en Madrid. En 1623, el conocido como 'Rey Planeta' calificó esa red de inmoral e inició una larga etapa de restricciones. Curiosamente, este es el mismo Felipe IV de quien se dice que era un adicto al sexo, un libertino desenfrenado, promiscuo y atormentado, que tuvo suficientes hijos para formar varios equipos de fútbol: algunos cálculos apuntan a entre 20 y 40; otros, más generosos, llegan a la asombrosa cifra de 46 descendientes. Pero esa es otra parte de la historia nacional.