14
Lun, Sep

Conflicto con Irán: Seis Meses de Operaciones Militares y Sanciones, ¿Cuál era la Estrategia Inicial?

Internacionales
Tras medio año de conflicto, la interrogante principal sobre la intervención en Irán no es quién prevalece, sino cuál era la visión estratégica a largo plazo. Lo que comenzó como un ataque militar con objetivos claros, como debilitar la capacidad iraní y su programa nuclear, ha evolucionado hacia un escenario más prolongado y complejo. La situación actual plantea dudas sobre la efectividad de las medidas adoptadas y las consecuencias imprevistas, especialmente en el ámbito geopolítico y económico global.

Medio año más tarde, quizás la pregunta más compleja de contestar sobre la confrontación con Irán no es quién lleva la delantera. Es otra, bastante más directa: ¿qué se esperaba que sucediera a continuación? El día 28 de febrero, las fuerzas de Estados Unidos e Israel iniciaron una gran embestida contra la nación persa. En esos primeros días, la operación parecía tener metas contundentes: aniquilar gran parte del poderío militar iraní, impactar su desarrollo nuclear y minar desde sus cimientos al gobierno teocrático que rige el país desde 1979. Tras seis meses del inicio de la contienda con Irán, el balance deja una cuestión difícil de ignorar: ¿cuál era verdaderamente el plan y hasta dónde pretendía llegar Estados Unidos?

Lo que dio comienzo el 28 de febrero con una ofensiva armada de gran magnitud se transformó en un enfrentamiento mucho más extenso, costoso y enrevesado de lo que en un principio se pensó. Los primeros asaltos afectaron instalaciones nucleares y militares, eliminaron a una parte considerable de la cúpula militar iraní y causaron la muerte de Ali Khamenei. Durante aquellos días, la posibilidad de un cambio de régimen estuvo sobre la mesa. No obstante, una cosa era descabezar el poder y otra desmantelar una estructura política, religiosa y militar edificada a lo largo de casi cincuenta años. Khamenei falleció, pero el sistema teocrático perduró.

El programa nuclear fue uno de los principales argumentos para iniciar la guerra, aunque hay un aspecto que no debe olvidarse: Irán ha sostenido durante años, no meses, que no pretende fabricar armas atómicas y que su iniciativa tiene fines pacíficos. Estados Unidos e Israel han puesto en duda por mucho tiempo esas afirmaciones, sobre todo por los niveles de enriquecimiento de uranio y las restricciones impuestas al trabajo de los supervisores internacionales. Esa controversia venía de mucho antes del primer bombardeo.

Cuando la operación militar no logró el colapso del gobierno teocrático iraní, la presión adoptó otras modalidades. Llegaron el cerco naval, las negociaciones y nuevas penalizaciones económicas dirigidas a reducir los ingresos de Teherán y obstaculizar sus relaciones comerciales. De los proyectiles al asedio y del asedio a la estrangulación financiera. Seis meses después, es difícil determinar si estas eran fases anticipadas de una misma estrategia o respuestas que surgieron a medida que la confrontación no concluía como se esperaba. Y en medio de todo esto apareció el Estrecho de Ormuz.

Una de las rutas energéticas más vitales del planeta, que antes del conflicto permanecía abierta a pesar de décadas de tensiones, terminó transformándose en una de las principales herramientas de presión de Irán. Lo que sucede allí no se limita a Oriente Medio: impacta en el petróleo, el transporte marítimo, los seguros, las cadenas de suministro y, finalmente, en los precios que abonan millones de personas en todo el mundo.

Estados Unidos tampoco ha salido ileso. Seis meses implican miles de millones de dólares, municiones gastadas, embarcaciones, aeronaves y personal involucrados en Oriente Medio, mientras Washington mantiene compromisos en Europa y presta atención a China y la región Indo-Pacífico. A esto se suma el costo político interno de una guerra que también se percibe en el precio de la gasolina, la inflación y el poder adquisitivo de los ciudadanos estadounidenses.

Irán se encuentra hoy más debilitado militar y económicamente que hace seis meses. Si el propósito era destruir parte de su capacidad bélica, Washington puede exhibir logros. Si era afectar su programa nuclear, también. Si era debilitar financieramente al país, el bloqueo y las sanciones han intensificado enormemente esa presión. Pero si el objetivo era modificar el régimen, la teocracia persiste. Y si el propósito era garantizar la estabilidad del Golfo y disminuir la capacidad de Irán para amenazar el flujo energético global, seis meses después Estados Unidos está intentando resolver un problema que antes de iniciar la guerra no tenía en estas proporciones: el Estrecho de Ormuz.

Quizás esa sea la imagen más incómoda de estos seis meses: Estados Unidos consiguió destruir mucho, pero todavía resulta complicado explicar qué debía haber en su lugar. Porque destruir es un objetivo militar. Saber qué sucede después es una estrategia. Y ninguna guerra debería comenzar sin tener una respuesta para esa pregunta.