31
Vie, Ago

Alerta por el Avanzado Deterioro de Barriles Radiactivos en el Fondo del Atlántico Cerca de Fisterra

Tecnologia
Una reciente expedición científica, el Proyecto Nodssum, ha revelado el grave estado de deterioro de miles de barriles radiactivos sumergidos en el Atlántico, a poca distancia de la costa gallega. Este hallazgo desmiente la antigua creencia de que la zona carecía de vida y subraya la urgencia de evaluar las consecuencias de este vertedero nuclear, el tercero más grande del planeta.

“Ahí abajo no hay vida”. Durante décadas, esta frase fue casi una leyenda entre activistas y oceanógrafos, refiriéndose a un vertedero colosal con cientos de miles de bidones radiactivos abandonados en la llanura abisal del Atlántico. Sin embargo, la realidad es que sí había vida, y esta estaba siendo afectada. A menos de 300 millas náuticas del cabo Fisterra en Galicia, el Proyecto Nodssum, en su tercera expedición, ha emitido una señal de alarma.

Lejos de ser un mito, misiones científicas francesas ya habían localizado miles de barriles, descendiendo con submarinos tripulados, fotografiando fugas y detectando radionucleidos por encima de los niveles esperados. De 220.000 barriles, solo se encontraron mil inicialmente. El resto, unas 100.000 toneladas de residuos nucleares, yacía en el fondo, arrastrado por las corrientes y dispersando su contenido. Actualmente, con poco más de 3.500 barriles localizados, los investigadores del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) concluyen que sufren un “avanzado estado de deterioro”.

Este cementerio submarino en el Atlántico tiene su origen en 1946. Hasta principios de los años 90, barcos británicos, holandeses, belgas, franceses y de otras naciones europeas vertieron ininterrumpidamente residuos radiactivos de baja y media actividad en el fondo del Atlántico. Estos residuos se concentran en una zona de aproximadamente 10.000 kilómetros cuadrados, a una profundidad de 4.000 a 5.000 metros. Se trata, sin rodeos, del tercer mayor vertedero de residuos nucleares encapsulados conocido a nivel global. En su interior no hay barras de combustible, sino desechos nucleares civiles y militares: lodos, guantes, equipos de laboratorio, restos médicos, resinas, y chatarra contaminada, todo ello encapsulado en cemento o alquitrán para resistir la presión del océano profundo. Cuando se inició la cartografía del vertedero, ni siquiera se documentó el 1% del total. Hoy en día, se han localizado poco más de 3.000 barriles, identificados con el robot autónomo UlyX y un sonar de alta resolución.

El palangrero Xurelo fue el primero en dar la voz de alarma en 1981. Esquerda Galega, fundada en 1980, junto a ecologistas de Greenpeace, se interpusieron entre dos cargueros que desechaban residuos en la Fosa Atlántica. La prensa se hizo eco y la noticia de esta práctica resonó en periódicos de todo el mundo. Las protestas tuvieron efecto, ya que el organismo europeo encargado de controlar estos residuos declaró una moratoria de los vertidos, la cual sigue vigente en la actualidad.

La primera campaña NODSSUM-I se centró en hacer visible lo invisible. Durante la última década, la expedición ha expandido el área mapeada hasta unos 140 kilómetros cuadrados, con densidades de aproximadamente 20 bidones por kilómetro cuadrado y más de 3.350 barriles catalogados. La gran novedad llegó con el submarino tripulado Nautile, que permitió observar directamente el estado de los barriles a más de 4.000 metros de profundidad. Fue entonces cuando se pudo constatar su estado real.

Los barriles se encuentran en un estado crítico: superficies corroídas, colonización de anémonas, fisuras abiertas en abolladuras y fugas de material encapsulante, con alquitrán y cemento rebosando en algunos contenedores, además de la detección de radionucleidos por encima de lo esperado. La sal marina está corroyendo progresivamente unos recipientes que carecen de la seguridad necesaria. La expedición ha recolectado 345 muestras de sedimento, unos 5.000 litros de agua y ejemplares de fauna abisal (peces, anfípodos, pequeños crustáceos) para su análisis en laboratorio con una precisión cien veces superior a la de los instrumentos a bordo. Hasta la fecha, no se han encontrado “anomalías” en los sedimentos y, aunque los radionucleidos están por debajo de los límites legales, sí superan todas las estimaciones previas.

El objetivo actual es contener la amenaza. La pregunta es si es posible extraer 200.000 bidones del fondo del Atlántico. Técnicamente, sí; sin embargo, en términos políticos, económicos y de riesgo, la situación se complica. El Consejo de Seguridad Nuclear mantiene un mensaje claro: las aguas costeras gallegas y cantábricas no presentan niveles significativos de radiactividad, manteniéndose por debajo de los límites establecidos por la normativa española y europea. Además, España no tiene responsabilidades directas, ya que no vertió residuos en la fosa atlántica. De hecho, el problema va más allá del coste astronómico: muchos barriles están tan degradados que podrían desintegrarse durante el proceso de izado. Si el deterioro continúa avanzando, ¿surgirán problemas mayores derivados de la bioacumulación? ¿Cómo afectará esto a la cadena trófica abisal? Estas son las preguntas que se están buscando responder, mientras se estudia este hábitat profundo, poblado por organismos adaptados a una oscuridad que ahora convive con un legado nuclear de 80 años.