La neurocientífica Nazareth Castellanos destaca cómo el cuerpo se comunica más allá de las palabras, especialmente a través de un suspiro. Este gesto, a menudo interpretado como una señal de malestar, tiene raíces profundas en nuestro sistema socio-emocional. Sin embargo, su explicación biológica es más intrincada de lo que a menudo se simplifica, involucrando complejos circuitos cerebrales y la actividad de la amígdala.
A veces, las palabras son innecesarias; una observación atenta es suficiente. Alguien recibe una llamada, escucha con atención, guarda silencio por un segundo y emite un largo suspiro. No se requiere más: comprendemos que algo ha sucedido, que hay una mala noticia. Este es un lenguaje más antiguo que las palabras, el cuerpo expresándose en su idioma universal. Según la divulgadora neurocientífica Nazareth Castellanos, este lenguaje está grabado en nuestro cerebro. El desafío radica en que es fácil malinterpretarlo.
Castellanos ha impartido una conferencia muy interesante que ha circulado ampliamente en línea durante semanas. A medida que la historia de cómo se "hincha el cerebro", se "desinfla la amígdala" y se "resetea" ha ganado popularidad, también ha perdido precisión. Es cierto que suspirar está intrínsecamente ligado a nuestro sistema socio-emocional, pero la explicación es un poco más compleja.
Para responder a la pregunta de qué activa el suspiro, debemos dirigirnos a un diminuto circuito dentro del tronco encefálico. En 2016, el equipo de Li, Krasnow y Feldman lo cartografió en ratones y descubrió que aproximadamente 200 neuronas producen dos péptidos muy específicos que son responsables de los suspiros. Los dos péptidos (la neuromedina B y el péptido liberador de gastrina) tienen una estrecha relación con el complejo pre-Bötzinger, al que algunos se refieren como el marcapasos de la respiración. En términos generales, es un mecanismo muy básico: si aparecen, se suspira; si se bloquean los receptores, se deja de suspirar.
¿Y la amígdala? ¿Qué papel juega la amígdala en todo esto? La amígdala es parte del 'procesador emocional' humano. Ahí radica la cuestión. En 2015, Dlouhy y Richerson, de la Universidad de Iowa, observaron que la estimulación eléctrica de la amígdala podía provocar apnea y una disminución de oxígeno, sin que los pacientes lo percibieran. No sentían ahogo ni nada inusual. Aunque no se comprende el mecanismo biológico exacto (y no se sabe si está directamente relacionado con los suspiros), es cierto que la amígdala influye en el control de la respiración. Por lo tanto, la historia es plausible. De hecho, Castellanos, en una entrevista, utilizó el término preciso: habló de una amígdala que 'aumenta su actividad', de una 'apnea inducida por la amígdala'. Como se ha mencionado, es más que plausible.
¿Es un "suspiro" una forma en que "nuestro cuerpo nos dice que estamos hartos"? Es una perspectiva válida, sin duda. Pero en realidad, el suspiro es un elemento de 'alta neurociencia' que aún no comprendemos completamente. Solo sabemos que lo que lo activa es algo que ha estado presente en nuestro cerebro desde hace mucho tiempo. Por eso es universal, por eso no necesitamos palabras.