Una investigación reciente de la Universidad de Granada destaca que el diseño y el tipo de arbolado son cruciales para la eficacia de los refugios climáticos urbanos. No basta con aumentar las zonas verdes; es esencial contar con árboles de gran porte y copa densa para lograr una reducción significativa de la temperatura ambiental. El estudio subraya la necesidad de soluciones personalizadas y una visión multiescalar, además de abordar las desigualdades sociales en el acceso a estos espacios.
Las olas de calor extremo representan un desafío estructural cada vez más intenso y prolongado. En este contexto, y ante ciudades que se han transformado en trampas de asfalto con una marcada escasez de árboles, el concepto de "refugio climático urbano" ha cobrado relevancia como infraestructura de emergencia. No obstante, no cualquier espacio verde funciona como escudo térmico. Una investigación reciente liderada por la Universidad de Granada demuestra que el diseño, la morfología y, fundamentalmente, el tipo de arbolado son factores determinantes. Un área verde sin una cobertura arbórea densa pierde casi toda su capacidad para reducir la temperatura.
El tamaño no es el único factor. Los hallazgos iniciales del proyecto ACTERCA, dirigido por el investigador David Hidalgo de la UGR, revelan el comportamiento térmico de las zonas verdes en las ocho capitales andaluzas. Para ello, se empleó una combinación de satélites, modelización climática, inteligencia artificial y cámaras térmicas. La investigación concluye que la capacidad de enfriamiento depende críticamente de los árboles de gran porte y copa densa. Estos árboles específicos son los que verdaderamente consiguen disminuir la temperatura ambiental entre 3 y 5 ºC en comparación con las áreas dominadas por pavimentos impermeables o el tradicional albero. Por lo tanto, la clave no reside en establecer refugios climáticos "visualmente verdes", sino en diseñarlos específicamente para que proporcionen una sombra efectiva y una evapotranspiración adecuada con los árboles idóneos. La UGR lo explica de la siguiente manera:
Estos procesos reducen la temperatura ambiental y mejoran significativamente el confort térmico de quienes utilizan estos espacios. Por el contrario, las zonas verdes con escasa cobertura arbórea pierden gran parte de su capacidad para amortiguar el calor, lo que evidencia que el mero aumento de la superficie verde no garantiza una protección eficaz frente a las olas de calor.
El estudio también enfatiza que el diseño urbano no admite soluciones universales. En ciudades como Sevilla y Málaga, el problema principal radica en el albedo, mientras que en Córdoba, la amenaza es la densidad edificatoria y la impermeabilización del suelo. Sin embargo, en Granada, la geometría de los barrios históricos, con sus calles estrechas, ofrece una resiliencia térmica superior a la de los nuevos desarrollos urbanísticos.
Más allá de la temperatura. Aunque la disminución del termómetro es el objetivo más evidente, la ciencia advierte que el concepto de "refugio climático urbano" aún está en una fase inicial y su definición carece de consenso. Según una revisión sistemática, el urbanismo actual se está enfocando casi exclusivamente en el confort térmico, dejando sin explorar el potencial de estos espacios para fomentar la biodiversidad urbana o la mitigación climática a largo plazo. De hecho, se sugiere que los refugios climáticos deben concebirse como soluciones multiescalares, ya que no basta con una plaza aislada, sino que se requiere una red interconectada. En esta línea, la ciencia propone metodologías específicas (probadas en Sevilla y Málaga) para diseñar redes de refugios que clasifiquen los espacios según su uso: lugares de alivio temporal, áreas para la actividad cotidiana o zonas de asistencia crítica durante desastres.
El verdadero reto. El mayor obstáculo al que se enfrentan los refugios climáticos no es termodinámico, sino social. De nada sirve un parque excelentemente climatizado si quienes más sufren el calor no pueden acceder a él o no se sienten integrados. Por ejemplo, un análisis en el IERMB sobre la red de refugios de Barcelona demostró que existen profundas vulnerabilidades interseccionales, ya que factores como los ingresos económicos, el género y el origen cultural determinan quién utiliza realmente estos espacios. Esta desigualdad geográfica y de renta también es denunciada por Greenpeace España, cuyo informe alerta de una grave desprotección frente a las olas de calor en los sectores más vulnerables de la población, abordando el acceso al confort térmico como un derecho fundamental.
Vamos atrasados. Sabemos qué funciona y cómo implementarlo, pero la administración sigue un paso por detrás. Una revisión a nivel europeo que analizó 97 iniciativas en 88 ciudades reveló una notable desconexión institucional, ya que las estrategias nacionales de adaptación climática rara vez se integran verticalmente con las prácticas locales. Los planes redactados sobre el papel tardan demasiado en convertirse en árboles plantados en el asfalto. El mensaje que tenemos sobre la mesa es que, para combatir el calor extremo de las próximas décadas, las ciudades no necesitan simplemente más metros cuadrados pintados de verde en un plano, sino ecosistemas urbanos densamente arbolados, inteligentemente distribuidos y, sobre todo, socialmente justos.