23
Jue, Jul

El ambicioso plan de Felipe II para conectar Madrid con el Atlántico a través de un canal navegable

Tecnologia
A finales del siglo XVI, el rey Felipe II concibió un audaz proyecto para establecer una ruta fluvial directa entre Madrid y el océano Atlántico. Esta iniciativa, impulsada por la necesidad de agilizar el transporte de riquezas americanas y eludir los peligros de los caminos terrestres, buscaba transformar la logística de la corte española y reforzar el prestigio del imperio. Sin embargo, una serie de adversidades impidieron que este ambicioso sueño se materializara.

Si bien todos los caminos conducían a Roma, Felipe II soñaba con que Madrid tuviera al menos una vía directa y navegable hacia el Atlántico. La idea, que hoy podría parecer descabellada, cobró sentido en su mente durante el siglo XVI. España recibía entonces barcos cargados con los tesoros de las Américas, que desembarcaban en el sur del país. Desde allí, estas valiosas mercancías debían emprender un trayecto hacia Madrid, sede de la corte, un viaje tan complicado y peligroso como la travesía atlántica.

En su viaje hacia el centro de la meseta, las carretas debían sortear caminos en pésimo estado que se enlodaban con cada lluvia, además de enfrentar el constante acecho de los bandidos de Sierra Morena. Como resultado, el transporte era complejo, arriesgado y elevaba considerablemente el costo de las mercancías. Felipe II estaba decidido a solucionar esta problemática.

El monarca creía haber encontrado la solución. En Flandes, había sido testigo de la eficiencia del transporte fluvial gracias a esclusas y canales, elementos que, según su visión, podrían implementarse también en la península Ibérica. En el siglo XVI, la ausencia de grandes pantanos y el caudal de los ríos favorecían el paso de las embarcaciones. Además, un factor clave era que Portugal se encontraba bajo el gobierno de los Austria, lo que facilitaba que Madrid pudiera conectar directamente con Lisboa, más allá del Mediterráneo, el Golfo de Cádiz o el Cantábrico.

El artífice de esta idea, la mente maestra encargada de persuadir a los escépticos y llevar a cabo tan formidable desafío técnico, fue el ingeniero militar italiano Juan Bautista Antonelli, quien ya había servido a Carlos V y se había destacado por sus diseños de fortificaciones. En abril de 1581, Antonelli obtuvo una cédula real que le otorgaba plenos poderes con un propósito claro: “reconocer y ver el río Tajo desde la villa de Abrantes […] hasta la de Alcántara para comprobar cómo se podría hacer navegable”.

El objetivo final de la empresa, sin embargo, trascendía las fronteras lusas o Extremadura. Lo que se planteaba era ampliar los cauces para que los barcos pudieran navegar por el Tajo desde Lisboa hasta Aranjuez y continuar desde allí por el Jarama y Manzanares.

Según detalla Pedro Gargantilla, esta idea, tremendamente ambiciosa, implicaba habilitar una ruta navegable de unos 600 kilómetros que salvaría un desnivel de 650 metros. Antonelli fue directo y poco después presentó al rey Felipe II en las Cortes de Tomar un proyecto que permitiría surcar el Tajo entre Lisboa y Alcántara, en Extremadura. La propuesta cautivó al monarca Austria. Entusiasmado con las ventajas comerciales, los beneficios para la Real Hacienda y el prestigio que el proyecto le otorgaría más allá de las fronteras de su imperio, Felipe II no tardó en ofrecerle todo su apoyo a Antonelli.

A los tres meses, Felipe II ya estaba liberando fondos y dando instrucciones al alcalde de Alcántara y a las autoridades de Castilla para que facilitaran al máximo el trabajo del ingeniero italiano. Dos años después, en 1583, Antonelli dio por concluidas las obras para acondicionar el Tajo entre Alcántara y Abrantes, y en 1584, el propio Felipe II viajó de Madrid a Aranjuez para supervisar el avance de esta empresa que tanto le ilusionaba y en la que había depositado grandes esperanzas. A principios de 1588, la Real Academia de la Historia (RAH) recuerda que incluso se organizó una prueba con siete barcazas que completaron el trayecto entre Toledo y Lisboa en 15 días.

Sin embargo, el ambicioso sueño de Felipe II se encontró con tres enemigos implacables: la muerte, la escasez de fondos e Inglaterra. Estos factores se sucedieron en un corto lapso de tiempo, paralizando el plan. El primer revés llegó en marzo de 1588 con el fallecimiento de Antonelli. Aunque su sobrino, Cristóbal de Roda Antonelli, asumió la dirección del proyecto, la iniciativa no logró recuperarse, y apenas diez años después, su otro gran impulsor, el propio Felipe II, también murió.

El proyecto tampoco se vio favorecido por la enorme inversión que el monarca destinó a la “Armada Invencible” para desafiar a Inglaterra, ni por los graves apuros económicos que atravesaba la hacienda del Estado. Si este escenario ya era lo suficientemente complejo, en 1668 se sumó el “divorcio” con Portugal, lo que complicó aún más un proyecto que pretendía sortear La Raya. El sueño de abrir un canal navegable entre Madrid y el Atlántico en el siglo XVI, sencillamente, se frustró, pasando de ser una infraestructura revolucionaria a un capítulo curioso en la crónica histórica de los Austria.

En el siglo XIX, el ferrocarril sepultó definitivamente la idea del canal. No obstante, el concepto persistió mucho tiempo después de la muerte de Felipe II y Antonelli. A lo largo de las décadas siguientes, otros técnicos de renombre y monarcas de la casa de los Borbones, como los ingenieros Luis Carduchi, Carlos Lemaur, Felipe IV, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV o Fernando VII, también plantearon mejoras en las comunicaciones fluviales, aunque no siempre con la mirada puesta en Portugal. El interés se desplazó hacia el sur o incluso hacia las aguas del Cantábrico. Sus esfuerzos también dejaron una huella perfectamente visible hasta el día de hoy.

Fruto de aquel deseo de mejorar las comunicaciones son, por ejemplo, el Real Canal del Manzanares, entre el Puente de Toledo y el río Jarama; los canales de Aragón y Castilla; o el de Guadarrama, que aspiraba a crear una vía navegable de más de 700 kilómetros que enlazara fluvial y Madrid con Sevilla, y para el cual se llegó a construir la gigantesca presa de Gasco, ahora en ruinas.