Las comparaciones con el devastador evento de El Niño de 1877 han resurgido tras las recientes proyecciones climáticas. Los modelos sugieren que un fenómeno similar podría ocurrir en 2027, generando preocupación a nivel global. Si bien las predicciones apuntan a un evento climático extremo, es crucial analizar las diferencias contextuales y la preparación actual para mitigar sus posibles impactos.
En la última semana, El Niño ha ganado notoriedad. Diversos medios han comenzado a comparar la situación actual con El superNiño de 1877, evento que impactó significativamente a la población mundial. La pregunta clave es si estamos preparados para afrontar un evento de tal magnitud.
Es importante comprender la seriedad de la situación. Aunque los pronósticos de ENSO pueden ser menos fiables entre marzo y mayo, los datos disponibles son motivo de preocupación.
Ben Noll, del Washington Post, informó el 8 de mayo que el North American Multi-Model Ensemble proyecta "el El Niño más fuerte registrado" entre octubre 2026 y enero 2027, con un pico de +3,1 °C en noviembre. El ECMWF respalda esta proyección.
En palabras de Diego Restrepo, "el Niño se está intensificando rápidamente, y ahora 8 de 10 modelos apuntan a un súper evento y cuatro proyectan el más fuerte registrado".
La comparación con 1877 es una tesis planteada por Noll, pero puede ser engañosa. Aunque los modelos apuntan a una ENSO histórica, siguen siendo modelos. La certeza sobre lo que ocurrirá se tendrá una vez que los modelos recuperen su pleno potencial en junio.
Como defiende Kimberley Reid, de la Universidad de Melbourne, la intensidad medida en el Pacífico central no se traduce linealmente en impactos. Los cambios climáticos ocurridos en este siglo y medio podrían generar impactos distintos.
El Niño de 1877 no fue el único causante de la catástrofe. Como señalaba Mike Davis en Late Victorian Holocausts, las políticas coloniales jugaron un papel crucial en la hambruna que mató a millones de personas.
En 1877, una combinación entre un súperNiño, el Dipolo del Índico y un Atlántico Norte cálido provocó una sequía global. La exportación de grano no se frenó y, al haberse desmantelado mecanismos locales de resiliencia, se produjo una hambruna que devastó poblaciones enteras.
El consenso general apunta a que el problema principal fue la gestión de la situación, más allá de la intensidad de El Niño.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) publicó un informe con una advertencia clara: los "desastres relacionados con el clima" han aumentado desde los años 70, multiplicándose por cinco en las últimas cinco décadas.
Según sus cálculos, en los años 80 se registraron 1.400 incidentes, en los 90 algo más de 2.200. En la primera década del siglo XXI se alcanzaron los 3.500 y durante la última, la que abarca de 2010 a 2019, se rozaron los 3.200.
Curiosamente, el aumento en el registro de desastres ha coincidido con un descenso en el de víctimas. Los datos de la OMM son claros: de más de 50.000 muertos en la década de 1970 se pasó a menos de 20.000 en la de 2010. De una media de 170 diarios en los años 70 y 80, se bajó en los 90 a menos de un centenar diario y a 40 en los inicios del siglo XXI.
Como también señala Restrepo, "a pesar de contar con más información y conocimiento, hoy tenemos océanos más calientes, ecosistemas mucho más vulnerables y una biodiversidad en colapso. Esto podría generar impactos en la salud y riesgos para la seguridad alimentaria, hídrica y energética".
Sin embargo, estamos más preparados y, lo que es más importante, tenemos tiempo para prepararnos. La responsabilidad recae en nosotros.