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Vie, Jul

El lecho seco del mar de Aral, una fuente masiva de emisiones de CO₂ con potencial de reversión

Tecnologia
La desecación del mar de Aral, uno de los mayores desastres ecológicos, ha revelado una consecuencia climática inesperada: su lecho seco es una fuente significativa de gases de efecto invernadero. Un estudio español ha cuantificado estas emisiones, equiparándolas a las de varios países europeos. Restaurar el nivel del agua podría no solo revertir el daño, sino también generar créditos de carbono para financiar la monumental obra.

La desaparición del mar de Aral, ubicado entre Kazajistán y Uzbekistán, es ampliamente reconocida como una de las mayores catástrofes ecológicas causadas por la acción humana. Desde la década de 1960, el desvío de los ríos que lo nutrían para impulsar los cultivos intensivos de algodón en la Unión Soviética transformó el que era el cuarto lago más grande del mundo en un vasto desierto salino. No obstante, las repercusiones se extienden mucho más allá de la pérdida de biodiversidad o las alteraciones geográficas locales, afectando incluso al clima.

Un estudio con participación española ha cuantificado un problema que excede la simple desecación, pues el lecho seco del Aral se ha convertido en una gigantesca fuente de emisión de gases de efecto invernadero. Para contextualizar, se ha estimado que, desde el inicio de su desecación, ha liberado aproximadamente 748 millones de toneladas de CO₂, una cifra comparable a las emisiones anuales combinadas de España, Francia y Bélgica.

Históricamente, las zonas áridas convertidas en cultivos mediante riego, como ocurrió en Asia Central, se han considerado sumideros de carbono. Sin embargo, al analizar el ciclo de estos sistemas de riego junto con las emisiones del lago que se secó para darles origen, el balance global se invierte por completo, favoreciendo la emisión de gases de efecto invernadero. Se ha recalcado con frecuencia que los lagos y humedales actúan como sumideros naturales al retener el carbono atmosférico que la vegetación absorbe durante la fotosíntesis, el cual se deposita e inmoviliza en los sedimentos del fondo arrastrado por las redes fluviales. Este mismo mecanismo es relevante en la situación actual.

La columna de agua funciona como un "tapón" físico que aísla los sedimentos del oxígeno atmosférico. Cuando el agua desaparece, este "tapón" se esfuma, permitiendo que el oxígeno penetre rápidamente en las capas de sedimentos. Esto desencadena una respuesta biológica inmediata: las comunidades de microorganismos letárgicos "despiertan" y comienzan a degradar la materia orgánica que se había acumulado durante siglos. Es durante este proceso de degradación microbiana aeróbica cuando se produce la liberación masiva de dióxido de carbono a la atmósfera, el cual se había ido acumulando durante muchísimos años.

Las mediciones del equipo español confirman este proceso. Mediante análisis de sedimentos en un gradiente espacial hasta el centro del humedal, los investigadores observaron que los lechos secados más recientemente aún retienen una gran cantidad de carbono orgánico en comparación con aquellos que quedaron expuestos en los años sesenta.

Una de las conclusiones más contundentes del estudio es que las estrategias de mitigación actuales en la zona no están resultando efectivas. Los esfuerzos por plantar vegetación sobre el antiguo lecho seco muestran una capacidad de absorción de CO₂ prácticamente nula en este tipo de ecosistemas áridos y no representan una solución real.

Por lo tanto, la única forma de detener la degradación microbiana y frenar las emisiones de CO₂ es restaurar el aislamiento físico, es decir, volver a cubrir la zona con agua.

Los investigadores estiman que todavía quedan por liberarse unos 605 millones de toneladas de CO₂ si no se toman medidas. Evitar esta fuga masiva requiere una intervención monumental, aunque técnicamente viable. El problema actual es que la obsoleta red de riego de la zona desperdicia hasta el 90% del agua que transporta.

Modernizar toda la infraestructura, lo que implicaría una inversión de 8.500 millones de euros, permitiría recuperar aproximadamente el 50% de la superficie original del lago de 1960. El resultado beneficiaría a todo el planeta.

Para financiar una obra de ingeniería hídrica de esta magnitud, los autores de la investigación proponen utilizar las propias emisiones evitadas como moneda de cambio. Si se logra inundar de nuevo el humedal y frenar la emisión de esos 605 millones de toneladas de CO₂, esa cantidad podría transformarse en créditos de carbono comercializables. Los cálculos sugieren que el proyecto generaría unos 323 millones de toneladas equivalentes en créditos, cuyo valor en el mercado internacional oscilaría entre los 3.100 y los 15.800 millones de euros.