La Unión Europea ha modificado su enfoque sobre el cambio climático, pasando de la meta de 1,5 °C a una visión más pragmática. Un informe reciente del Consejo Científico Asesor Europeo sobre el Cambio Climático recomienda que los estados miembros, especialmente España, adapten sus infraestructuras para un calentamiento global de entre 2,8 y 3,3 °C para 2100. Este nuevo escenario implica la necesidad de diseñar hospitales, redes eléctricas y embalses que soporten condiciones climáticas extremas, anticipando un futuro donde fenómenos como olas de calor, sequías y megaincendios serán la nueva normalidad.
Durante años, se ha hablado del límite de 1,5 °C establecido en el Acuerdo de París como un objetivo crucial. No obstante, en los círculos técnicos de Bruselas, el discurso ha evolucionado hacia un pragmatismo más crudo. La Unión Europea ha reconocido que las trayectorias actuales conducen a un escenario mucho más extremo y está exigiendo a los Estados miembros, con España en una posición vulnerable, que dejen de planificar infraestructuras basándose en el clima del siglo XX y se preparen para un mundo casi tres grados más cálido.
Este cambio de paradigma surge de un informe reciente y contundente del Consejo Científico Asesor Europeo sobre el Cambio Climático (ESABCC), que aconseja abandonar el optimismo en la planificación y adoptar como referencia común de adaptación el escenario SSP2-4.5. Esto implica que las autoridades deben realizar sus "pruebas de estrés" asumiendo un calentamiento global de entre 2,8 y 3,3 °C para el año 2100. Es importante destacar que Europa se está calentando aproximadamente al doble de velocidad que el promedio mundial. El ESABCC aclara que esto no constituye un nuevo objetivo climático vinculante, sino una llamada a la realidad que indica que, si se construye hoy un hospital, una red eléctrica o un embalse, estos deben ser capaces de soportar las temperaturas de ese escenario pesimista.
Si Europa es una zona sensible, la Península Ibérica es el epicentro. Para Europa, se identifican 36 riesgos principales, subrayando el sur del continente como un gran "punto caliente". Aquí, los informes detallan que problemas como el calor extremo, la sequía y los megaincendios alcanzarán niveles "críticos" e incluso "catastróficos" a mediados y finales de siglo. El Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), en su informe AR6, respalda esta visión, indicando que al pasar de 1,5 °C a 3 °C de calentamiento, la mortalidad por estrés térmico se multiplicará por dos o por tres. Además, el informe detalla que más de un tercio de la población del sur de Europa se expondrá a una grave escasez de agua con +2 °C, una cifra que se duplicará al acercarse a la barrera de los tres grados.
En un mundo 3 °C más cálido, una ola de calor extremo que actualmente tiene una probabilidad de ocurrir una vez cada 50 años, pasaría a presentarse casi todos los años en España y parte de Portugal. De este modo, lo que ahora se percibe como un episodio "extraordinario" se convertirá simplemente en la nueva normalidad estival.
Este salto térmico no solo implicará un mayor uso del aire acondicionado, sino que impactará directamente en la producción de alimentos. Las autoridades están particularmente preocupadas por la reducción en el rendimiento de las plantaciones de trigo y maíz en el sur de Europa. Las estimaciones sugieren que en años de sequía y calor extremo podrían registrarse pérdidas que superan el 60% del rendimiento de las cosechas en algunas regiones. Los informes advierten que el sector agrícola del Mediterráneo se enfrenta a "niveles críticos de riesgo climático", combinando escasez de agua, variabilidad de lluvias y calor, lo que se traducirá inevitablemente en aumentos marcados en los precios de los alimentos.