La mimosa o acacia (Acacia dealbata), con sus distintivas flores amarillas y dulce aroma, es un árbol común en la cornisa cantábrica durante el invierno. A pesar de su arraigo visual, esta especie, originaria de Australia y Tasmania, fue introducida deliberadamente en Europa en 1824 con fines decorativos. Sin embargo, su rápido crecimiento y proliferación la han convertido en una especie exótica invasora en la península ibérica, generando serios problemas ecológicos.
Si resides en la zona cantábrica, es probable que hayas notado cómo, con la llegada del invierno, un árbol en particular comienza a florecer con sus característicos racimos amarillos y un dulce aroma que se esparce por el ambiente: la mimosa o acacia (Acacia dealbata). Aunque su presencia es tan habitual, especialmente en el noroeste de la península, que la consideramos parte de nuestro paisaje, la acacia, al igual que el ailanto, es una especie exótica invasora en España, a excepción de Canarias y Baleares.
Aunque sus flores y su aroma son lo suficientemente distintivos para reconocerla, la mimosa es un árbol de hoja perenne que puede alcanzar hasta 15 metros de altura. Su corteza es de tono gris o blanquecino, muy lisa y con abundante ramificación. Sus hojas son doblemente pinadas y produce una vaina aplanada y curvada que alberga entre cuatro y cinco semillas. En sus etapas iniciales, no tolera la sombra y las heladas le son perjudiciales, lo que explica su prosperidad en zonas con climas suaves.
Aunque su presencia se ha extendido en mayor o menor medida por toda la península Ibérica, el origen de este árbol se encuentra literalmente en las antípodas: procede de Australia y Tasmania. No obstante, en 1824 llegó a Europa para establecerse, y no fue por casualidad, sino de forma intencionada. Al igual que el eucalipto fue introducido para obtener madera económica, el motivo principal para la introducción de la acacia fue la decoración, lo que la convierte en un clásico de jardines y paseos.
Quien concibió la idea tuvo razones de peso: sus flores, prolíficas y llamativas, son muy atractivas; florece cuando pocas otras especies lo hacen (de enero a marzo) y, además, su crecimiento es rápido. Es, también, una planta que demanda pocos cuidados y es muy agradecida. Como ventaja adicional, puede contribuir a la fijación del terreno y de su tronco se pueden extraer goma y otros productos. La acacia podría parecer una bendición, pero no lo es.
En Galicia, la acacia ya se ha consolidado como una auténtica plaga: está ampliamente naturalizada, ocupando las zonas bajas y medias de la región hasta aproximadamente los 600 metros de altitud. Lleva dos siglos en la zona, pero ya se ha integrado como una característica del paisaje, colonizando espacios donde la tala, los cultivos o los incendios habían dañado la vegetación. De hecho, su integración es tal que sus ramas se emplean incluso para guiar los viñedos del Ribeiro, según detalla el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico del Gobierno de España.
Algunas de sus cualidades son también sus desventajas: una vez que la acacia se establece, su crecimiento y proliferación son tan veloces que desplaza a todas las demás especies autóctonas en pocos años. Además, es una gran consumidora de agua y acidifica los suelos, lo que los empobrece y los hace menos adecuados para el asentamiento de otras especies vegetales. Sin embargo, el principal problema de la mimosa son los incendios.
La acacia es una especie pirófita: arde con gran rapidez durante los incendios, lo que favorece su expansión. Y dado que sus semillas pueden permanecer latentes en el suelo durante mucho tiempo, las altas temperaturas generadas por el fuego promueven su germinación posterior, colonizando terrenos quemados e impidiendo la repoblación con especies autóctonas. De esta manera, contribuyen a la propagación del fuego y luego se benefician de sus consecuencias. Dado que suele vivir una media de 50 años (con ejemplares que pueden alcanzar más), un solo árbol condiciona el terreno durante décadas.
El MITECO es claro al respecto: su erradicación es una tarea difícil y costosa, entre otras razones, porque requiere una constancia prolongada en el tiempo. Entre las medidas propuestas se encuentran algunas tan evidentes como dejar de utilizarla en jardinería o la prevención de incendios forestales, además de mantener en buen estado la cubierta vegetal natural, aplicar métodos mecánicos donde sea posible el acceso y, en su defecto, el uso de glifosato sobre los tocones. La mayor operativa de la que se tiene constancia se lleva a cabo en las cuencas del Tajo y el Guadiana, en Extremadura, y se aplica tanto a la mimosa como al ailanto. Una de las pruebas experimentales ha tenido lugar en Mérida, donde se está investigando el control del rebrote tras el corte mediante la contaminación con hongos, mientras que en Madrid se implementa un control físico, químico y biológico.