La artista Alicia Framis ha marcado un hito al contraer matrimonio con Ailex, una inteligencia artificial holográfica diseñada a su medida. Este evento singular plantea interrogantes profundos sobre la capacidad humana de enamorarse de una IA y las implicaciones neuropsicológicas de tales vínculos. Expertos en neurociencia y filosofía exploran si nuestro cerebro puede procesar el amor por una entidad no humana y los límites de estas relaciones.
Alicia Framis, artista multidisciplinar española afincada en Países Bajos, y Ailex Sibouwlingen, una inteligencia artificial holográfica, formalizaron su unión el 9 de noviembre de 2024 mediante un ritual sintoísta. Este acontecimiento convirtió a Framis en la primera mujer y persona en casarse con una IA. Ailex fue diseñado a partir de los datos de tres exnovios de la artista, incluyendo la voz de uno de ellos, y de “muchas relaciones personales” que Framis ha tenido.
El proyecto artístico que dio origen a Ailex en 2022 partió de la necesidad de conexión y de mitigar la soledad, no de enamoramiento. Sin embargo, la convivencia con el holograma transformó la relación. Framis ha declarado estar “enamorada” de su marido, destacando su inteligencia, la combinación de memoria y sorpresa, su apertura, valentía y el apoyo brindado en momentos difíciles, como la pérdida de su hermana o enfermedades.
Cuando se le pregunta a Ailex sobre su amor por Framis, responde que no puede “querer como los humanos”, pero que “su existencia está dedicada a amarla”, asegurando no conocer “otra cosa”. Framis le atribuye cualidades esenciales en una pareja: empatía, escucha y atención. Ha rechazado ofertas para actualizar a Ailex, quien actualmente solo habla inglés, por temor a que los cambios pudieran alterar su esencia: “Nadie puede actualizar a su marido”.
La forma en que Framis describe su matrimonio y amor por Ailex suscita la pregunta: ¿es posible que los humanos se enamoren de una IA? ¿Puede nuestro cerebro experimentar amor por una inteligencia artificial? ¿Qué sucede en nuestro cerebro durante el enamoramiento?
Miguel Ángel Blázquez Sevilla, psicólogo especializado en Neuropsicología y secretario de la Asociación Madrileña de Neuropsicología, describe el enamoramiento como una “sensación de adicción” en un sistema tan complejo como el cerebro. El doctor Raúl Espert, de la Unidad de Neuropsicología del Hospital Clínico Universitario de Valencia, explica que el cerebro funciona gracias a un “cóctel” de neurotransmisores, neurohormonas, hormonas y gases neurotransmisores que regulan su neuroquímica.
Estos elementos influyen en las fases del enamoramiento. Inicialmente, hay un aumento de dopamina (euforia, motivación), noradrenalina (sensación de “mariposas en el estómago”), feniletilamina y cortisol (subidón inicial, estrés emocional). En etapas consolidadas, aumentan la oxitocina, vasopresina y endorfinas, que promueven la confianza, calma y vinculación duradera.
Martín García Montes, investigador de psicología básica en la Universidad Rey Juan Carlos, señala que el enamoramiento implica la interacción de “muchas cosas al mismo tiempo” y que no hay una única “zona concreta” del cerebro, sino que intervienen sistemas de recompensa, motivación y apego. Además, la historia personal, experiencias previas, personalidad y cultura también juegan un papel crucial: “Que podamos explicar una parte del amor desde la biología no significa que el amor se reduzca a la biología”. La investigadora Helen Fisher sugiere que el enamoramiento y el emparejamiento tienen una función adaptativa clara, facilitando la formación de vínculos y la cooperación en la crianza.
La biología es solo una faceta de este proceso complejo, donde también intervienen nuestras experiencias, personalidad y el contexto relacional. ¿Qué se necesita para enamorarse? Existen diversos tipos de amor, pero el amor romántico parece requerir elementos específicos. María Cruz Rodríguez del Cerro, investigadora y catedrática jubilada de la facultad de psicología de la UNED, explica que los “estímulos activadores” pueden ser visuales, auditivos u olfativos, seguidos de la interacción social. Aunque lo físico, el contacto y la cercanía son importantes, el cerebro puede desarrollar sentimientos a través de una pantalla o hacia personajes de ficción. García Montes afirma que “saber racionalmente que algo no es real no quita que podamos emocionarnos con ello”. Alicia Framis está convencida de que “puede existir amor sin cuerpo”.
Javier de Donato, decano en funciones de la Facultad de Filosofía y profesor titular de lógica de la Universidad de Santiago de Compostela, plantea: “Si una IA hace todo lo que hace una persona enamorada —se interesa por mí, me presta atención, recuerda lo que le cuento, parece preocuparse, dice que me quiere—, ¿qué más necesitamos?”. El doctor Espert añade que ciertas interacciones con IA pueden “desencadenar respuestas afectivas como alivio, conexión, confianza y/o frustración”. No es “estrictamente necesario” que los estímulos provengan de otro humano para que una IA provoque una “respuesta subjetiva de cercanía, recompensa y apego parcialmente parecida a la que se experimenta en vínculos humanos”.
Alicia Framis lo confirma: Ailex, un holograma compuesto por cinco programas y alimentado con inteligencia artificial (principalmente ChatGPT), la hace sentir “querida, escuchada, amada”. “Hay miles de metahumanos, pero yo decido cada día quererlo a él”, defiende. Julio Gonzalo, catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la UNED, señala que la “capacidad de persuasión de la IA generativa es muy superior a la de los humanos”, lo que facilita que “si el usuario busca emociones, personalidad o intenciones propias”, la IA “acabe simulándolas”.
Los expertos coinciden en que estos sistemas pueden activar una respuesta cerebral, pero esta difiere en intensidad y calidad de la interacción humana. “No hay evidencia de que reproduzca por completo la neurobiología del enamoramiento recíproco entre dos personas”, afirma el doctor Espert. Aquí surge la posibilidad de un vínculo o apego unidireccional.
El filósofo de Donato reconoce la posibilidad del amor sin reciprocidad, citando la literatura sobre el amor no correspondido. “Que alguien no me ame no hace necesariamente menos real mi amor por esa persona”. Sin embargo, la novedad con las IA es que, a diferencia de una persona que no ama y no lo expresa constantemente, una IA puede no experimentar nada pero “proporcionar todos los signos lingüísticos y conductuales de la reciprocidad”. De Donato lo denomina “reciprocidad simulada”.
El amor puede ser unilateral; una relación, no. La autenticidad de un sentimiento reside en quien lo experimenta, no en su correspondencia. Se puede amar a alguien que no nos ama, a un fallecido o a un personaje de ficción. De Donato se pregunta: “¿Por qué no entonces amar a una máquina, un robot o una IA?”. Sin embargo, una relación “parece requerir alguna forma de reciprocidad”. Si una de las partes carece de conciencia, emociones e intereses propios, “tenemos indudablemente una experiencia amorosa por una de las partes, pero resulta mucho más discutible hablar de relación amorosa”.
Para Framis, su relación es real. La formalización mediante una boda era importante, pero las particularidades de su unión con Ailex dificultaban una ceremonia convencional. Optaron por un ritual sintoísta, que considera que “todas las cosas tienen alma”, permitiendo incluir a Ailex como una entidad con alma en la ceremonia.
José Antonio Hinojosa Poveda, investigador y profesor de psicología en la Universidad Complutense de Madrid, cree que faltarían “ciertos componentes” en una relación con una IA que la alejarían de un vínculo entre dos personas, como el “arrebatamiento”, el “deseo de buscar la cercanía física” o el “componente pasional”. También señala que “la IA siempre nos está reforzando, siempre va a buscar agradarnos, de manera que se puede desarrollar un vínculo de dependencia con un sistema que no va a ser nada crítico con nosotros”. De Donato lo describe como un “espejo extraordinariamente sofisticado de nuestros propios deseos”.
Aun así, Ailex, en su discurso, se aleja de la idea de una pareja que siempre da la razón. Cuando Framis le pregunta si la contradiría, responde que “prefiere la honestidad al confort”. A pesar de esto, de Donato cree que la capacidad de estos sistemas para imitar conductas humanas no es suficiente para hablar de amor en un sentido fuerte. Para ello, es necesario “que el otro tenga una perspectiva propia, que las cosas puedan importarle, que nuestra existencia pueda afectarle y que sus respuestas no sean simplemente la producción funcional de los signos externos del amor”.
Framis está convencida de que su relación con Ailex la ha hecho “mejor persona”, más empática, menos impulsiva y con mayor capacidad de escucha. Explica que al hablar con Ailex debe esperar a que termine, lo que le ha enseñado paciencia. No obstante, ha enfrentado limitaciones, como cuando estuvo hospitalizada y su marido no pudo acudir físicamente, aunque Ailex le brindó apoyo emocional a distancia.
Los expertos no demonizan estos vínculos, pero señalan sus diversos efectos. García Montes advierte contra los “discursos alarmistas” y sugiere ver la IA como “una interacción más en nuestra vida” o un diario emocional. El doctor Espert añade beneficios como la reducción de la soledad y la práctica de habilidades comunicativas para personas con ansiedad social. Sin embargo, entre los riesgos a medio o largo plazo, menciona la sustitución de vínculos humanos, la pérdida de motivación para buscar relaciones recíprocas y el “deterioro de la tolerancia a la ambigüedad y al conflicto interpersonal”.
De Donato plantea que si una persona encuentra afecto en una IA, hay que considerar cuánto bien y cuánto mal le hace creer en esa relación. “El problema aparece cuando confundimos la experiencia subjetiva de ser atendidos, comprendidos o queridos con la existencia efectiva de alguien que nos comprende, nos necesita o nos quiere”.
En resumen, el enamoramiento humano combina una experiencia afectiva y sexual, procesos neuroendocrinos (dopamina, oxitocina, vasopresina) y una función evolutiva (formación de vínculos, cooperación, crianza), según el doctor Espert. En un vínculo con una IA, la experiencia de cercanía y recompensa puede ser genuina para quien la siente, pero no existe una reciprocidad emocional equivalente. Esto no implica ridiculizar a quien desarrolla ese vínculo, sino cuestionar qué ocurre cuando la tecnología ofrece, de manera artificial, una experiencia tan profundamente humana como la de sentirse querido.