La historia a menudo se teje con giros inesperados, y un episodio poco conocido de la vida de Vladímir Lenin lo ilustra vívidamente. En un gélido día de Reyes de 1919, el líder bolchevique fue asaltado por un gánster moscovita apodado 'El Monederos', quien desconocía por completo la identidad de su víctima. Este incidente, que lo dejó varado y sin recursos, revela cómo un encuentro fortuito con el hampa pudo haber cambiado drásticamente el destino de la Unión Soviética y, por ende, del siglo XX.
Entre las numerosas frases célebres atribuidas a François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, una destaca por su aguda definición de la Historia: “El registro de los crímenes y las desgracias”. Sin embargo, ocasionalmente, la crónica de los siglos se forja a partir de eventos ligeramente distintos; de crímenes y conspiraciones, algunas motivadas por ideales legítimos y bien planificadas, otras producto de la improvisación y la codicia, que, por diversas razones, no llegaron a materializarse. Son los quiebres de la historia que quedaron en el aire. Un claro ejemplo lo constituyen los líderes que lograron evadir atentados y emboscadas.
La Segunda Guerra Mundial habría tomado un rumbo muy diferente si el 20 de julio de 1944, el coronel Claus von Stauffenberg —interpretado por Tom Cruise en la película Valkiria— hubiera colocado el maletín con un kilo de explosivo inglés unos centímetros más cerca de Hitler. De haberse cumplido el plan de Jordi Conill Vall, conocido como el Camarada Bonet, Franco habría perecido en agosto de 1962 en un atentado en la carretera hacia el Palacio de Ayete, en San Sebastián. La vida de los católicos ingleses del siglo XVII también habría sido distinta si el 5 de noviembre de 1605, la Conspiración de la Pólvora hubiera acabado con la vida de Jacobo I y destruido el Parlamento de Londres. Al ser frustrado, el complot provocó el efecto contrario al deseado por Guy Fawkes y Robert Catesby: un recrudecimiento de las políticas anticatólicas.
Quizás si hubiera sido planificado con mayor precisión o por revolucionarios más experimentados, el atentado perpetrado el 1 de marzo de 1887 por un grupo de nihilistas habría segado la vida del zar Alejandro III de Rusia. El complot fracasó y el airado Romanov, deseoso de enviar un mensaje ejemplar a sus adversarios, ordenó el ahorcamiento de cinco de los conspiradores en la fortaleza de Shlisselburg, cerca de San Petersburgo. Entre ellos se encontraba un joven barbilampiño de la región del Volga, de unos veinte años, llamado Alexander Uliánov. Si este joven ha trascendido a la historia no es por su participación en el fallido atentado, sino por su linaje familiar. Alexander era el hermano mayor de Vladímir Ilich Uliánov, conocido como Lenin. Cuando el futuro líder de la URSS —entonces un brillante estudiante de 17 años más interesado en la literatura y la religión que en la política— leyó la noticia en la prensa, su odio hacia el régimen zarista se exacerbó.
El fallido atentado contra Alejandro III no es el único episodio en la biografía de Vladímir Lenin que —matizando a Voltaire— demuestra que la Historia, en ocasiones, es una crónica que supera los crímenes, incluso cuando estos se presentan de frente y en medio del camino. En su libro 'Vory: la ley del crimen', el profesor Mark Galeotti rememora el que quizás sea el episodio que mejor lo ilustra. El suceso ya había sido narrado en 2006 por el ensayista ruso Vitali Shentalinski en 'Denuncia contra Sócrates' y, aunque apenas califica como anécdota, es un fiel reflejo de la interacción entre el mundo del hampa y el devenir histórico, y de la facilidad con la que el rumbo de un siglo puede cambiar.
Un gélido día de Reyes de 1919, más de tres décadas después de que Alejandro III ordenara colgar a su hermano mayor y ya como líder del poderoso Partido Comunista, Lenin partió del Kremlin para visitar a su esposa enferma, Nadia Krúpskaya. El viaje lo realizó a bordo de un flamante Rolls-Royce negro, uno de los nueve que llegó a poseer en su mansión de Gorki Léninskiye el líder soviético, quien en 1921 incluso mandó instalar esquíes a un modelo 40/50 Silver Ghost para desplazarse por las vastas regiones nevadas de Rusia. En el trayecto para encontrarse con Krúpskaya, lo acompañaban su hermana Mariya e Iván Chabanov, su guardaespaldas.
Mientras atravesaban un camino apartado de Moscú, Lenin, Mariya y Chabanov se toparon con lo que parecía ser un control de seguridad. Al ver el Rolls-Royce, un grupo de hombres uniformados les dio el alto. Chabanov desconfió, pero Lenin le replicó que debían acatar las órdenes como cualquier otro camarada… si bien pocos camaradas había entonces en Rusia que pudieran conducir coches valorados en decenas de millones de dólares americanos. Al bajar la ventanilla y asomarse, el líder de los bolcheviques se encontró con un hombre de casi treinta años que esbozaba una sonrisa tosca, tan cruel que parecía un tajo carnoso abierto a navajazos en un rostro curtido en las gélidas tierras de Siberia. Después de haber sufrido varios destierros, enfrentarse a zaristas, burgueses y mencheviques, y convertirse en el líder internacional de los comunistas y de su patria entera, Lenin parecía poco dispuesto a tolerar tonterías.
— ¿Qué sucede? Soy Lenin.
— ¿Y qué si eres Lenin? —le espetó el joven sin perder la sonrisa y para asombro del hombre más poderoso de Rusia— Yo soy “el Monederos” y mando en esta ciudad cuando anochece.
“El Monederos” era en realidad el apodo con el que conocían en el hampa moscovita a Yákov Kuznetsov —apellido que Shentalinski cita en su ensayo como Koshelkov—, un viejo conocido de las autoridades rusas. A pesar de tener solo 29 años, Yákov era un popular gánster curtido en Siberia que en 1919 ya acumulaba al menos una decena de condenas. “El Monederos” presumía de ser el jefe de Moscú tras la puesta de sol, pero no tenía la menor idea de quién gobernaba Rusia. El nombre de Lenin le sonó a desconocido. Tampoco reconoció su poblada perilla, ni su cráneo calvo, ni su mirada irónica y desafiante. Yákov solo tenía un objetivo: conseguir un buen vehículo para perpetrar un nuevo atraco. Y aquel flamante Rolls-Royce le venía a la perfección.
Sin saber que trataban con el poderoso presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de la RSFS, Yákov y sus secuaces obligaron a Lenin, Mariya y Chabanov a bajar del coche y les quitaron varios papeles y la pistola modelo Browning que llevaba el guardaespaldas. Luego los abandonaron en plena calle. Los tres ocupantes del Kremlin se quedaron varados bajo la recia ventisca de Moscú, desorientados, sin armas y a merced de su suerte en una Rusia con tasas de criminalidad galopantes. Como señala Galeotti, hacia 1918 el índice de atracos y asesinatos en el país estepario se había multiplicado entre diez y quince veces desde la preguerra.
Yákov pecaba de desinformado, pero no era estúpido. Cuando sus secuaces examinaron los documentos que habían robado a Lenin, se dieron cuenta de con quién se habían topado. Su actitud fue la propia de los gánsteres del vorovskói mir, el mundo de los ladrones rusos: dieron media vuelta, aunque no para devolver lo arrebatado al líder de los bolcheviques. Su intención —relata el autor de 'Vory: la ley del crimen'— era tomar como rehén a Lenin y embolsarse un jugoso rescate. No les salió bien. Anticipándose a la jugada de “el Monederos”, Chabanov había apartado al mandatario del camino principal y lo había ocultado junto a Mariya para ponerlo a salvo de los vándalos.
El día de Reyes de 1919, Kuznetsov pasó así a engrosar la lista de personas que pudieron haber dado un inesperado volantazo al devenir de la historia. Quizás si el gánster hubiera leído más periódicos, el sino de la URSS —y por añadidura del siglo XX— hubiera sido otro. La anécdota del Rolls-Royce de Lenin quedó registrada en los expedientes que la KGB guardaba sobre Isaak Bábel y Mijaíl Bulgákov, dos grandes literatos rusos que sufrieron el asedio de las autoridades del régimen comunista —tras sufrir torturas y un juicio sumario, Bábel murió en el paredón en 1940, durante la Gran Purga de Stalin—. Allí los encontró décadas después Shentalinski al husmear en los archivos.
Al autoproclamado dueño de la noche moscovita, su temeridad no le salió gratis. Las autoridades rusas emprendieron lo que —en palabras de Galeotti— fue una “descomunal cacería humana” para apresar al bandido que había encañonado y robado al líder bolchevique. Sin embargo, gracias a sus contactos en los bajos fondos de Moscú y grandes dosis de sangre fría, Yákov consiguió eludir durante meses a la temible Checa, la policía fundada en 1917 por Feliks Dzerzhinski, germen de la KGB y que no escatimaba en recursos ni falta de escrúpulos al perseguir cualquier acto que juzgase “contrarrevolucionario”. Para desesperación de sus agentes, cada vez que la Checa estaba a punto de poner las esposas a Yákov, el vándalo conseguía escurrirse entre las sombras. La suerte de “el Monederos” tenía, sin embargo, fecha de caducidad. Se agotó en julio de ese mismo año, cuando cayó fulminado bajo una lluvia de balas. Quizás si no se hubiera topado con Lenin y fuese algo más discreto con sus fechorías, Yákov hubiera salvado la vida.
Aunque el Comité Revolucionario Militar había dejado claro que acabaría con cualquier maleante responsable de “atracos, tiroteos o derramamiento de sangre” en Petrogrado —actual San Petersburgo—, la criminalidad estaba a la orden del día en esa y otras ciudades del país. Como apunta Galeotti, el propio Lenin propició una bien calculada ambigüedad con el hampa. “Al identificar a los ricos y delincuentes comunes como los enemigos del socialismo, dejaba fuera de manera implícita a los delincuentes no tan comunes, convirtiéndose en su aliado potencial. Fue un pacto más de los acordados durante la Guerra Civil que darían forma al resto de la era soviética”, incide. Ese vínculo, la necesidad del contrabando y el caldo de cultivo temperado por Stalin en los gulags de Siberia ayudaría a dar forma en gran medida a los vori v zakone, los viejos bandidos rusos, brutales y con el cuerpo repleto de tatuajes, que hacían gala de un férreo código de conducta. Yákov, el vándalo fanfarrón que robó a Lenin, murió en 1919, hace más de un siglo, pero no sin demostrar antes que en ocasiones la Historia se escribe sorteando al crimen.