Este 14 de julio se conmemoran 24 años del deceso de Joaquín Balaguer Ricardo, figura central de la política dominicana. Su vida y obra, marcadas por un estilo de gobierno austero y una profunda visión para la infraestructura, contrastan con un periodo de represión política. Su enigmático legado continúa generando debate en la sociedad dominicana, dividida entre el reconocimiento a sus aportes y la condena a los episodios oscuros de su gestión.
Se levantaba antes de que saliera el sol, ingería una taza de café solo y, para las seis de la mañana, ya estaba sentado frente a un escritorio cubierto de papeles que ya no podía percibir. Joaquín Balaguer Ricardo dirigió el país basándose en su memoria durante sus últimos años, guiado por las voces de sus colaboradores y un detallado mapa mental de cada punto de la República Dominicana. Este día, 14 de julio, se cumplen exactamente veinticuatro años de la madrugada en que su corazón dejó de latir a los noventa y cinco años, dejando tras de sí una de las herencias más complejas de la historia caribeña.
Para comprender la magnitud de Balaguer no es necesario visitar los grandes salones del Palacio Nacional, sino su emblemática residencia en la avenida Máximo Gómez número veinticinco. Allí, en una habitación desprovista de lujos, rodeado de alfombras desgastadas y miles de volúmenes organizados por estrictas categorías de historia y poesía, se decidía el rumbo de la nación. Vestido con su habitual traje oscuro y su sombrero, Balaguer proyectaba la imagen de un monje laico, una austeridad personal casi extrema que empleaba como una defensa política ideal.
En la esfera pública, su legado es un terreno de marcados contrastes que aún hoy divide a los dominicanos en las conversaciones cotidianas: El constructor y el protector del medioambiente: Quienes defienden su memoria observan el mapa del país. Balaguer cubrió el territorio de concreto: represas hidroeléctricas, complejos de viviendas sociales, el Faro a Colón y avenidas que dieron forma al Santo Domingo moderno. Sorprendentemente, combinó esa pasión por la construcción con una mano dura para salvaguardar el entorno natural: clausuró aserraderos mediante la fuerza militar y estableció los parques nacionales que hoy resguardan las fuentes de agua del país.
Las sombras de su gobierno: En el otro lado, persisten las heridas abiertas de los denominados “Doce Años” (1966-1978). Un periodo sombrío caracterizado por la intolerancia política, el destierro forzoso, la censura a los medios de comunicación y una lista de jóvenes profesionales y líderes de izquierda cuyas existencias fueron truncadas por fuerzas militares y paramilitares como “La Banda Colorá”. Para este sector de la sociedad, Balaguer fue el individuo que perfeccionó los métodos de control de la dictadura de Trujillo para adaptarlos a la democracia.
Gobernar con ceguera total acentuó su misterio. No necesitaba leer un discurso para emocionar o silenciar a una audiencia; dominaba la oratoria con una precisión notable. Podía recitar poemas clásicos de memoria o pronunciar frases que quedaron grabadas para siempre en la esencia de la política local, como la conocida afirmación de que la corrupción se detenía en la puerta de mi despacho, o el enigma de la página en blanco en su libro Memorias de un cortesano, donde prometió revelar el secreto del asesinato del periodista Orlando Martínez.
El 14 de julio de 2002, miles de ciudadanos salieron a las calles de Santo Domingo para ver pasar el ataúd de un hombre que nunca contrajo matrimonio, que no dejó herederos públicos conocidos y que convirtió el poder en su única razón de ser. A más de dos décadas de su partida, las dos Repúblicas Dominicanas que él forjó siguen debatiendo frente a su tumba: la que agradece las construcciones y la modernización del Estado, y la que aún exige justicia por quienes cayeron en el silencio de sus calles.