En 1962, Estados Unidos detonó una bomba atómica en el espacio en un experimento conocido como Starfish Prime, con la intención de crear una barrera contra misiles soviéticos. Sin embargo, la prueba generó auroras inusuales, daños eléctricos generalizados y preocupaciones por la salud de futuros astronautas. Este incidente impulsó la firma de tratados internacionales para prohibir ensayos nucleares en la atmósfera, el espacio y el mar, aunque persisten inquietudes sobre el cumplimiento actual de estos acuerdos.
El 9 de julio de 1962, una aurora boreal se manifestó en los cielos de Hawái, Tonga y Samoa. Este fenómeno, inusual tan lejos de los polos, no fue causado por una tormenta solar, sino por Starfish Prime, un experimento fallido de Estados Unidos. La operación consistió en lanzar una bomba atómica al espacio con el objetivo de ensanchar el anillo de radiación natural de la Tierra y, de esta forma, crear una defensa contra misiles soviéticos. Aunque lograron distorsionar el anillo, las consecuencias fueron severas: sistemas eléctricos, satélites y teléfonos resultaron dañados, se produjeron apagones a más de 1.000 kilómetros de distancia e incluso se generó preocupación por la salud de los astronautas que viajarían a la Luna siete años después.
A raíz de este incidente, se estableció un acuerdo internacional que prohíbe la realización de ensayos atómicos en la atmósfera, el espacio exterior o el fondo marino. Desde entonces, los países han respetado este compromiso, si bien algunos científicos expresan escepticismo sobre su cumplimiento continuo y han propuesto un plan de detección relacionado con las lecciones de Starfish Prime.
El proyecto Starfish Prime implicó la detonación de una cabeza nuclear de 1,44 megatones en la órbita terrestre baja, lo que significa que se utilizó una bomba 100 veces más potente que la lanzada sobre Hiroshima. El propósito era extender el cinturón de Van Allen, una región compuesta por partículas cargadas de alta energía atrapadas en el campo magnético terrestre. Se creía que, al estirar este anillo, se podría neutralizar la amenaza de los misiles soviéticos. El objetivo se cumplió, pero las demás repercusiones fueron demasiado graves como para considerar una repetición.
La cantidad de radiación en el anillo de Van Allen se incrementó significativamente. En 1969, durante el viaje de los astronautas del Apolo 11 a la Luna, aún existía un ligero aumento de radiación que ellos podrían absorber. Se llevaron a cabo estudios para evaluar el riesgo para su salud, concluyendo que el peligro era manejable, por lo que la misión prosiguió.
En 1963, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Limitada de Ensayos Nucleares, comprometiéndose a evitar detonaciones nucleares en la atmósfera, el espacio exterior y el fondo marino. Posteriormente, en 1967, se firmó el Tratado Internacional del Espacio Exterior, que estableció un marco de actuación para la exploración y utilización del espacio ultraterrestre por parte de las principales potencias mundiales.
Desde entonces, no hay registros de que se hayan enviado armas nucleares al espacio. No obstante, algunos científicos desconfían de que otros países estén actuando conforme a lo acordado. Uno de ellos es Areg Danagoulian, del MIT, cuya propuesta para abordar esta preocupación es, cuanto menos, peculiar.
La idea de Danagoulian se basa en el fenómeno de la espalación de neutrones, donde partículas de muy alta energía son capaces de provocar que los núcleos atómicos expulsen sus neutrones. Dado que el cinturón de Van Allen contiene partículas cargadas con mucha energía, este científico del MIT sugiere que si un satélite con un dispositivo nuclear atravesara este anillo (algo inevitable), sus partículas harían que los núcleos de los átomos de uranio perdieran neutrones. Por ello, propone construir un detector específico para estos neutrones, que activaría una alarma si detecta dicha expulsión.
Por el momento, Danagoulian no ha construido el dispositivo, sino que ha realizado un estudio de viabilidad que demuestra la plausibilidad de su proyecto. Se fundamenta en una física sólida y las técnicas necesarias ya existen. Si Rusia poseyera un satélite nuclear, como temen él y otros científicos, este detector podría ser una herramienta útil. Sin embargo, su factibilidad no implica sencillez. Sería necesario diferenciar los neutrones provenientes del uranio de los de otros elementos, y también distinguirlos de aquellos que pudieran originarse directamente de la Tierra. Hay un considerable trabajo por delante.
Con Starfish Prime se evidenció que las consecuencias de una liberación abrupta de radiación en el campo magnético terrestre pueden ser muy graves, ya sea de forma artificial, mediante una bomba atómica, o de manera natural por la actividad solar. Es crucial estar preparados. Lo ideal sería que todos los países cumplieran los acuerdos; pero, en caso de duda, no está de más recurrir a técnicas de detección. Sin duda, es una forma mucho más segura de aprovechar lo que el cinturón de Van Allen nos ofrece.