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Dom, Oct

FLOP Museum en Oslo: Un Espacio Dedicado a los Grandes Fracasos de la Innovación

Tecnologia
En Oslo, el FLOP Museum ofrece una perspectiva única sobre la innovación, exhibiendo más de 270 productos e ideas que no lograron el éxito esperado. Fundado por Steffen Kalve, ex empleado de Google, el museo busca enseñar a través de los errores, mostrando cómo decisiones, momentos o conceptos erróneos pueden llevar al fracaso. Este otoño marca su última temporada en Oslo antes de que la colección emprenda un nuevo viaje.

Estamos acostumbrados a visitar museos que conmemoran logros y obras trascendentales, como el Prado o el Guggenheim Bilbao, o espacios dedicados a la historia reciente, como el OXO Museo del Videojuego Madrid. Sin embargo, en Europa, específicamente en Oslo, existe un museo que ha decidido preservar lo opuesto: productos que prometían mucho y terminaron siendo grandes fracasos. Este lugar se conoce como FLOP Museum.

El proyecto, iniciado en 2025 y con una sede física en la capital noruega desde el 15 de abril de 2026, se dedica a recopilar productos e ideas que el propio museo cataloga como grandes “flops”. Detrás de esta iniciativa se encuentra Steffen Kalve, fundador del proyecto y antiguo empleado de Google. Esta etapa en Oslo tiene una fecha de finalización, ya que la página web del museo anuncia que este será su último otoño en la ciudad, tras lo cual los objetos se embarcarán en un viaje, aunque su próximo destino aún no ha sido revelado.

Una vez dentro, la magnitud de la colección es sorprendente. El FLOP Museum alberga más de 270 objetos, manteniendo alrededor de 100 expuestos simultáneamente. Esta cantidad es suficiente para recorrer décadas de apuestas comerciales que no concluyeron como sus creadores esperaban. Algunas piezas son inmediatamente reconocibles, mientras que otras obligan al visitante a detenerse para comprender cómo llegaron al mercado. Esta diversidad es parte del atractivo del recorrido, donde pueden coexistir unas gafas inteligentes de Google con una bebida transparente, una muñeca conectada o una máscara facial eléctrica.

Entre las piezas tecnológicas expuestas, aparecen varios nombres que han dejado huella en la industria. Las Google Glass, por ejemplo, intentaron integrar una cámara, una pantalla e información digital directamente en nuestra visión. Sin embargo, su alto precio, las preocupaciones sobre la privacidad y la falta de una utilidad clara obstaculizaron su adopción entre los consumidores. Google eventualmente reorientaría Glass hacia el mercado empresarial antes de cesar la venta de Glass Enterprise Edition en 2023.

También se encuentra el MiniDisc de Sony, concebido en los años noventa como un sustituto digital y grabable del cassette. Aunque tuvo éxito especialmente en Japón, no logró imponerse globalmente como Sony anticipaba, lastrado inicialmente por su elevado precio y, posteriormente, por el auge de los reproductores MP3 y el iPod. My Friend Cayla, una muñeca que respondía mediante Bluetooth y una aplicación, tomó un camino diferente: una investigación del Norwegian Consumer Council reveló graves problemas de seguridad y privacidad, llevando a Alemania a considerarla un dispositivo de vigilancia ilegal.

El recorrido se torna aún más peculiar al dejar atrás la tecnología. Entre las piezas se exhiben Crystal Pepsi, la cola transparente que Pepsi lanzó en los años noventa, y Rejuvenique, una máscara facial que utilizaba 26 electrodos para aplicar estimulación eléctrica en el rostro. También hay espacio para Red Bull Cola y McAfrika, dos casos que expanden el análisis desde el producto en sí hasta las decisiones de marketing y comunicación que pueden repercutir negativamente en una marca.

Es importante destacar que no todos estos objetos llegaron al museo por la misma razón. El propio museo propone varias explicaciones: algunas ideas surgieron demasiado pronto, otras no lograron conectar con sus clientes y, en ciertos casos, las decisiones tomadas antes del lanzamiento terminaron perjudicando lo que se pretendía vender. Esta distinción es crucial porque el FLOP Museum no sugiere que fracasar sea intrínsecamente positivo o una garantía de innovación. Su mensaje es más simple: equivocarse puede dejar una enseñanza, pero solo cuando comprendemos qué salió mal y actuamos de manera diferente después.

El hecho de que el fundador del proyecto haya trabajado en Google añade un giro adicional a la narrativa. El FLOP Museum invita a considerar la innovación no solo desde la perspectiva de los productos exitosos, sino también desde aquellos que no encontraron su lugar, llegaron en el momento inoportuno o fueron condicionados por decisiones erróneas. Al final, el museo transmite una idea sencilla: solemos conservar lo que funcionó, pero aquí se ha optado por guardar lo que salió mal, precisamente porque entender esos errores puede ayudarnos a comprender mejor cómo surgen los aciertos.