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Mié, Nov

El verano en España se extiende principalmente a expensas de la primavera, según la AEMET

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La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha revelado que el verano en España se está prolongando a un ritmo de 10 días por década desde los años 80. Este fenómeno, apodado 'primaverano', muestra que el inicio de la estación estival se adelanta significativamente, invadiendo más a la primavera que al otoño. Esta transformación no es homogénea, afectando de manera desigual a las distintas regiones del país.

A pesar de que ya hemos avanzado varias semanas en el otoño, persisten días con temperaturas superiores a las esperadas para la estación. Esta situación nos lleva a reflexionar sobre cómo el verano se prolonga cada vez más y se resiste a ceder su lugar a la siguiente estación. Esta percepción se alinea con los datos de la AEMET, que indican que en España el verano se está extendiendo a un ritmo de 10 días por década desde los años 80.

Comúnmente se piensa que la extensión del verano es simétrica, afectando por igual a la primavera y al otoño. La expresión popular 'veroño' describe acertadamente los octubres con temperaturas veraniegas. Sin embargo, los datos climáticos demuestran que la estación estival avanza principalmente a expensas de la primavera. Un análisis de 44 estaciones meteorológicas entre 1971 y 2018 revela que el comienzo del verano se adelanta en promedio 6,76 días por década, mientras que su final se retrasa 2,74 días por década.

Estos datos sugieren que el verano avanza hacia mayo y junio con el doble de intensidad con la que se adentra en el otoño. De hecho, los informes más recientes de la AEMET confirman que el 'primaverano' ya ha invadido más de treinta días en diversas áreas del centro-norte peninsular. Por el contrario, el otoño muestra una mayor resistencia a esta expansión. La extensión del verano hacia atrás es menos pronunciada y solo es estadísticamente significativa en las costas cantábricas y mediterráneas, donde el calor ha ganado aproximadamente dos o tres semanas en el total de las últimas décadas. En la mitad oeste de la península, esta extensión otoñal rara vez supera la semana.

Esta transformación implica que la distribución del calor está alterando la geografía del país de manera desigual, reflejando un cambio climático no homogéneo. Los datos revelan una marcada disparidad territorial, siendo los Pirineos y el noreste peninsular las zonas más afectadas por esta prolongación estival. El observatorio de La Molina es un claro ejemplo de esta mutación: entre 1979 y el año 2000, registraba 49 días de calor netamente veraniego, pero en el último cuarto de siglo, esa cifra se ha elevado a 69 días. En contraste, el sur peninsular, amplias zonas de la cornisa cantábrica y Galicia presentan duraciones del verano mucho más estables. Aunque el calor extremo impacta fuertemente en estas regiones, la duración de la estación estival no se está prolongando con la misma intensidad que en los sistemas montañosos del norte.

Este fenómeno no es reciente, sino que a partir de 1979 el proceso de calentamiento global se aceleró, estableciendo el ritmo de alargamiento que observamos hoy. Mirando al futuro, un estudio publicado en Geophysical Research Letters ya advertía que, si no se reducen drásticamente las emisiones en el hemisferio norte, un verano de casi seis meses podría convertirse en la nueva normalidad climática para el año 2100.