Detrás de cada presea obtenida en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, se esconden relatos de atletas dominicanos que superaron desafíos personales, económicos y de salud. Este artículo revela las conmovedoras vivencias de deportistas que, más allá de la competencia, lucharon contra enfermedades familiares, deudas, carencias habitacionales y prejuicios, mostrando que el verdadero significado de una medalla a menudo va más allá del podio.
Una condecoración puede refulgir bajo las luces del estrado, pero tras ese instante de triunfo existen narrativas que el registro de premios no expone. Hay deportistas que participaron mientras lidiaban con enfermedades de parientes, obligaciones financieras, carencias en sus hogares o la incertidumbre de no poseer siquiera una residencia. Tal es el caso de Evelina Minaya, Rosa Ramírez, Ana Rosa García y Yohandri Andújar, quienes alcanzaron el podio con una preocupación que trascendía el resultado deportivo: una madre combatiendo el cáncer, facturas pendientes, una casa por terminar o un hogar que, según afirman, aguardan desde hace años. La República Dominicana concluyó los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 con 150 galardones, pero detrás de cada uno hay sacrificios que no figuran en las estadísticas: meses de entrenamiento, separación de sus seres queridos, lesiones, dificultades económicas y momentos en los que incluso consideraron desistir. Esta es la perspectiva menos conocida de las medallas: la de los atletas que triunfaron para la nación mientras aún batallan por resolver sus propias vidas.
Evelina Minaya compitió por una medalla mientras su progenitora luchaba
Semanas antes de la competencia, Evelina Minaya estuvo a punto de abandonar la disciplina del atletismo. No fue por haber perdido una contienda ni por dejar de confiar en sus capacidades. Su madre, Maximena, padece cáncer en etapa terminal y la deportista pensó en dejarlo todo para dedicarse a su cuidado. La situación impactó directamente su preparación. Minaya permaneció aproximadamente quince días sin entrenar y contactó a su preparador, José Rubio, para informarle que no deseaba seguir. “Si no fuera por él, yo no estaría aquí. Lo llamé para decirle que iba a dejar todo y él me respondió: ‘No, podemos, podemos’”, rememoró. Regresó a la pista y llegó al Estadio Olímpico Félix Sánchez. Con veintiséis años, logró 6.49 metros en salto de longitud y obtuvo la presea de plata. No obstante, después del resultado deportivo, sus pensamientos estaban lejos del podio. “El logro de esta medalla fue el esfuerzo que tuve que hacer para llegar hasta aquí”, manifestó entre lágrimas. Luego explicó el motivo: “Mi mami tiene cáncer terminal y ahora mismo está en casa. Todo esto fue por ella”. Esa noche esperaba conversar con su madre mediante una videollamada antes de volver a casa. “Quiero disfrutarla, abrazarla y besarla”, dijo. Su plata quedó registrada en el historial de premios; los días sin entrenar, el miedo por la enfermedad de Maximena y la decisión que estuvo a punto de alejarla de la pista forman parte de una historia que ninguna tabla puede mostrar.
Rosa Ramírez, una medalla para empezar a saldar deudas
Rosa Angélica Ramírez no arribó a Santo Domingo 2026 como una desconocida. Ya había sido campeona centroamericana en San Salvador 2023 y contaba con experiencia internacional. Pero tras volver a competir ante el público dominicano, compartió una realidad muy distinta a la que usualmente acompaña la imagen de un atleta en el podio. Ramírez aseguró que emplearía parte del dinero recibido para saldar deudas e intentar finalizar su vivienda. “Los atletas tenemos muchísimas obligaciones, para llegar aquí hay que arriesgarlo todo, pagaré todo lo que he tomado”, respondió cuando le preguntaron qué haría con los recursos. Su testimonio pone de manifiesto uno de los aspectos menos visibles del alto rendimiento. La preparación deportiva también implica nutrición, recuperación física, equipamiento, transporte y otros gastos que acompañan durante años a quienes buscan mantenerse entre los mejores. En su caso, la compensación económica no significaba comenzar a gastar tras ganar. Significaba empezar a pagar lo que había costado llegar hasta ese punto.
Ana Rosa García, cuando un oro puede transformarse en una casa
Ana Rosa García consiguió una de las primeras grandes celebraciones de República Dominicana al imponerse en la categoría de -57 kilogramos de judo y conquistar el primer oro dominicano de los Juegos. Pero poco después de salir del tatami explicó que los RD$300,000 correspondientes al incentivo gubernamental ya tenían un destino. “Ese dinero lo voy a usar para terminar la casa que le empecé a construir a mi mamá”, declaró. La residencia, situada en San Francisco de Macorís, llevaba años paralizada por dificultades económicas. La realidad cotidiana de la campeona también contrasta con la imagen que suele proyectarse de un atleta de alto rendimiento. García explicó que utiliza transporte público y motocicletas de aplicaciones para desplazarse y que en diversas ocasiones ha tenido que asumir gastos de alimentación, suplementos, vestimenta y otros requisitos de su preparación. Por ello, después de ganar, hizo una distinción entre premiar una medalla y respaldar el trayecto necesario para obtenerla. “El proceso también necesita inversión para los atletas, porque nosotros representamos dignamente nuestro país, con o sin medallas”, manifestó. En su caso, el oro no terminará solamente en una vitrina. También puede convertirse en cemento, bloques y paredes para completar la casa de su madre.
Yohandri Andújar y una vivienda que asegura esperar desde 2018
Para Yohandri Andújar, Santo Domingo 2026 sirvió también para reactivar una solicitud pendiente desde hace ocho años. El velocista afirmó que, tras convertirse en medallista de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Barranquilla 2018, fue incluido en un programa por el cual los atletas recibirían viviendas o apartamentos. “Yo me quedé en ese proceso, nunca me hicieron la casa ni un apartamento y hasta ahora estoy a la espera”, declaró. El programa al que hace mención sí tuvo antecedentes institucionales relacionados con el entonces Instituto Nacional de la Vivienda y el Ministerio de Deportes. Sin embargo, para mantener la exactitud periodística, el caso específico debe presentarse como una demanda de Andújar, porque el documento revisado no contiene su expediente individual ni permite establecer las razones por las que asegura que nunca recibió la vivienda. Ocho años después de Barranquilla, el atleta volvió a competir y su petición seguía siendo la misma.
Wilfrido de la Cruz, dos meses lejos de casa con apenas 18 años
No todos los sacrificios que acompañan una medalla son de índole económica. Wilfrido de la Cruz tenía apenas dieciocho años cuando participó en sus primeros Juegos Centroamericanos y del Caribe y conquistó el oro en la categoría de -54 kilogramos de taekwondo. Para llegar a ese instante había pasado dos meses separado de su familia y enfrentado uno de los procesos más exigentes de los deportes organizados por categorías: controlar su peso corporal. Después de convertirse en campeón, una de las cosas que más anhelaba era simplemente volver a su hogar. Deseaba comer la bandera dominicana preparada por su madre: arroz blanco, habichuelas y pollo guisado. Su historia nos recuerda que detrás de muchos atletas jóvenes también hay cumpleaños, comidas familiares, amigos y semanas enteras de vida cotidiana que se sacrifican para cumplir con un calendario de entrenamientos y competencias.
Javier Núñez, el niño que casi se ahoga y terminó viviendo del agua
Javier Núñez tenía cinco años cuando estuvo cerca de morir por ahogamiento. En aquel momento no sabía nadar. A los diecinueve, el agua que un día representó peligro era precisamente el lugar donde había forjado su trayectoria deportiva. Antes de Santo Domingo 2026 ya había obtenido una medalla centroamericana. En los Juegos celebrados en casa volvió al podio con bronce en los 50 metros libre y plata en los 100 metros libre. Hay narrativas deportivas que parecen construidas a partir de una paradoja. La de Núñez es una de ellas: el niño que un día no podía nadar terminó hallando en una piscina la manera de representar a la República Dominicana.
Christopher Melenciano, competir sin convertir su discapacidad en una justificación
Christopher Melenciano ya había superado una barrera antes de competir en Santo Domingo. En 2022 se convirtió en el primer dominicano sordo en conseguir medallas en unos Juegos Sordolímpicos, con oro en los 200 metros y plata en los 400. Cuatro años después integró el relevo mixto 4×400 que volvió a colocar una presea dorada alrededor de su cuello. Compartió equipo con Marileidy Paulino, Anabel Medina y Erick Sánchez. Su presencia allí no se debió a una concesión por su condición auditiva, sino a sus resultados dentro del atletismo de alto rendimiento. Después de ganar recordó sus orígenes: “Somos jóvenes que venimos de abajo, formados con los valores de la humildad, la disciplina y la gallardía”. Su historia no necesita convertir su condición en dramatismo. Lo extraordinario reside precisamente en que aprendió a competir con ella hasta posicionarse entre los mejores velocistas del país.
Liranyi Alonso, correr para responder a quienes dijeron que no podía
A Liranyi Alonso le comentaron que era demasiado pequeña para triunfar en el atletismo. También rememora observaciones sobre su físico cuando aún estaba en la escuela. “Muchos entrenadores me dijeron que no iba a llegar porque soy muy pequeña. En la escuela también me hacían comentarios sobre mi cuerpo”, relató. En lugar de alejarse de la pista, continuó corriendo. “Cada crítica, cada comentario ofensivo, cada cosa que me hacían para desanimarme, lo que hicieron fue fortalecerme”. Su vínculo con las carreras comenzó desde niña y, a partir de los catorce años, su formación quedó ligada al entrenador José Rubio. Con el tiempo pasó de correr en las calles a competir internacionalmente. El atletismo también ha influido en otras decisiones. Alonso terminó el bachillerato y ha manifestado interés en estudiar medicina, particularmente cirugía, pero por ahora ha priorizado el alto rendimiento. “Me encantaría contar mi historia. No me rendí, sigo aquí y voy a seguir luchando hasta el final”, expresó.
Maikor Louis, entre el tatami y la universidad
Maikor Yefri Louis Pierre intenta avanzar en dos trayectorias al mismo tiempo: una deportiva y otra profesional. El judoca de veintidós años, originario de Pedernales, estudia Nutrición mientras dedica alrededor de cuatro horas diarias a sus entrenamientos. En Santo Domingo 2026 consiguió el bronce en la categoría de -73 kilogramos. Sin embargo, cuando habló de sacrificios no mencionó primero la carga académica ni las horas sobre el tatami. Habló de su familia. “El mayor sacrificio ha sido estar lejos de mi familia. Llevamos mucho tiempo haciendo bases de entrenamiento y para mí ha sido difícil estar lejos de mi mamá, mi papá, mis hermanos y mis amigos”, explicó. Su preparación incluso lo llevó a campamentos internacionales. Mientras progresa con la universidad y el judo, su próxima gran meta ya está fijada en el calendario: Los Ángeles 2028.
Dahiana Ortiz, volver a confiar en su cuerpo
Una lesión puede transformar cualquier entrenamiento en una batalla contra el propio cuerpo. Dahiana Ortiz lo experimentó con una lesión en la espalda que, según narró, le hizo pasar por momentos difíciles antes de competir. Por eso el resultado logrado en Santo Domingo tuvo para ella un significado que iba más allá de levantar una barra. Para un atleta lesionado, regresar no consiste únicamente en recuperar fuerza. También significa recuperar la confianza, superar el temor de volver a sentir dolor y convencer al cuerpo de que puede responder nuevamente. La medalla de Ortiz llegó después de ese proceso.
Ricardo Cuello, una respuesta alrededor del cuello
Ricardo Cuello utilizó pocos segundos para resumir años de prejuicios. Después de conquistar el oro en boxeo recordó lo que algunos habían vaticinado para su porvenir: “Muchos me dijeron que iba a ser delincuente, y mírenme aquí con oro”. No es necesario añadirle una infancia que él no haya contado ni convertir su historia en algo diferente. Su propia declaración contiene el contraste. Hubo personas que imaginaron un destino para él. Cuello terminó respondiendo con una medalla.
Disney Medina, un triunfo para quien decidió ser su padre
Disney Medina también miró hacia el pasado cuando consiguió su medalla. El boxeador dedicó el triunfo a su madre y a su padrastro, a quien considera su padre porque fue quien lo crió y contribuyó a orientarlo hacia el boxeo. “Papi, te amo”, expresó después de competir. También recordó a su hermano y al resto de su familia. Su historia muestra otra parte del alto rendimiento que no siempre aparece en las estadísticas: detrás del atleta que entra solo al cuadrilátero puede existir una familia completa que comenzó a construir ese resultado muchos años antes.
Noel Pacheco y los años que preceden a una final
Noel Pacheco completó parte de la cosecha dorada del boxeo dominicano en Santo Domingo 2026. Después de ganar en los 80 kilogramos dedicó el resultado a Dios, al país y a su familia. Su preparación había incluido procesos de entrenamiento previos junto a una selección que mezcló figuras experimentadas con jóvenes boxeadores. En su caso no existen, dentro del material revisado, elementos suficientes para atribuirle una historia de precariedad económica. La fortaleza del relato reside en otro lugar: los años de preparación necesarios para que unos pocos minutos dentro de un ring terminen convirtiéndose en oro.
María Dimitrova, el sacrificio medido en décadas
Hay atletas cuyo sacrificio no se puede cuantificar en semanas ni en meses. En el caso de María Dimitrova se mide en más de dos décadas. La karateca decidió prolongar su carrera para despedirse en los Juegos celebrados en República Dominicana. Había adelantado que Santo Domingo 2026 sería el final de una trayectoria extraordinariamente larga representando al país. Llegó y volvió a triunfar. Conquistó su sexto oro consecutivo en kata en Juegos Centroamericanos y del Caribe, completando una racha poco común en el deporte regional. Antes de competir había reconocido que, si los Juegos se hubieran celebrado en otro país, probablemente ya estaría retirada. Quiso despedirse en casa. Y se despidió ganando.
Lo que el medallero no expone
El registro de premios consigna oros, platas, bronces, marcas y posiciones. No revela todo lo que sucedió antes de subir al podio. No cuenta quién compitió mientras su madre enfrentaba un cáncer terminal, quién llegó con deudas, quién espera una vivienda desde 2018 o quién pasó meses lejos de su familia. Para Evelina Minaya, una plata significó volver a abrazar a su madre. Para Rosa Ramírez, comenzar a saldar deudas. Para Ana Rosa García, acercarse a terminar una casa. Para Wilfrido de la Cruz, regresar al hogar después de meses de preparación. Las medallas pueden parecer iguales en una tabla, pero ninguna pesa lo mismo para quien conoce todo lo que tuvo que sacrificar para ganarla. Porque antes del oro, la plata o el bronce hubo algo que ningún medallero puede medir: el esfuerzo que cada atleta realizó para llegar hasta allí.