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Sáb, Ago

La sorprendente historia de los barcos de hormigón: de invento francés a buques de guerra en escasez de acero

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Aunque la madera y el acero son los materiales más comunes en la construcción naval, durante 150 años se fabricaron barcos de hormigón, una solución que, lejos de ser una excentricidad, resultó ser una alternativa lógica y necesaria. Estos inusuales buques incluso tuvieron un papel crucial en la Primera y Segunda Guerra Mundial, impulsados por la escasez de acero y sus propias ventajas estructurales.

Al pensar en el material principal de un barco, la madera o el acero suelen ser las primeras opciones que vienen a la mente. Sin embargo, durante un siglo y medio, la humanidad también construyó embarcaciones de hormigón, una práctica que, aunque hoy pueda parecer extraña, fue una solución ingeniosa y necesaria, incluso utilizada en ambas Guerras Mundiales.

La idea de construir un barco de hormigón armado surgió a mediados del siglo XIX con el francés Joseph-Louis Lambot. En 1848, el concepto de hormigón armado, una combinación de hormigón y acero que ofrece una resistencia estructural superior, era incipiente. A Lambot se le atribuye la invención de esta mezcla, y para demostrar su potencial, construyó una pequeña barca de menos de cuatro metros, exhibiéndola en la Exposición Universal de París de 1855.

El diseño de Lambot consistía en una malla de alambre cubierta por cemento, con la intención de reemplazar por completo la madera en la construcción naval. Aunque su invento fue bien recibido, no captó de inmediato el interés de los fabricantes de barcos, limitándose su uso inicial a algunas barcazas para canales europeos.

El punto de inflexión llegó en 1896, cuando el ingeniero italiano Carlo Gabellini construyó el Liguria, considerado el primer barco de hormigón armado diseñado para navegar en alta mar. La construcción de barcos de hormigón armado tenía varias ventajas: el material ofrecía una gran resistencia a la corrosión marina, lo que reducía el mantenimiento y prolongaba la vida útil del casco. Además, proporcionaba un buen aislamiento térmico, ideal para el transporte de recursos perecederos, y eliminaba los problemas de incendios.

Pocos años después, la construcción de estos barcos se extendió, y varios países comenzaron a fabricar, principalmente, cargueros. La situación se intensificó con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. La escasez de acero, debido a la militarización e industrialización de las fuerzas beligerantes, obligó al mundo a buscar alternativas. Aunque la supremacía naval era crucial, el acero era un recurso limitado y necesario para múltiples propósitos, lo que impulsó la necesidad de seguir construyendo barcos con otros materiales.

La verdadera revolución en la construcción de barcos de hormigón llegó con el Namsenfjord, un buque noruego que, en 1917, demostró la viabilidad de los barcos de hormigón autopropulsados. Con 26 metros de eslora y 400 toneladas de peso, el Namsenfjord captó la atención de Estados Unidos, que vio el potencial de estos buques más allá de simples cargueros remolcados. Así, se lanzó el programa Emergency Fleet Corporation, con el objetivo de producir 24 buques de hormigón. Sin embargo, el programa no fue un éxito inmediato; los barcos se completaron después de la guerra y tuvieron que ser destinados a otros usos.

Uno de ellos fue el SS Faith, botado en 1919 con una eslora de 97,54 metros, que se utilizó para transporte en Estados Unidos antes de ser vendido a Cuba en 1921. Un año después, en el mismo día de la firma del Tratado de Versalles, se lanzó el SS Selma, una impresionante mole de hormigón armado de 129,54 metros de eslora, que terminó operando como petrolero en el Golfo de México.

Con el fin de la Primera Guerra Mundial, el interés en los barcos de hormigón disminuyó considerablemente. A pesar de que su construcción era más económica que la de buques de acero o hierro, las desventajas superaban con creces a las ventajas. Para igualar la resistencia de un casco de acero, el de hormigón debía ser mucho más grueso. Esto conllevaba varias limitaciones: un mayor peso y calado, un desplazamiento más lento y un consumo de combustible superior. El grosor del casco también reducía el espacio interior útil para la carga.

Además, el mayor peso exigía motores más potentes y tanques de combustible más grandes, incrementando la inversión. La construcción requería diques de proporciones monstruosas, ya que las partes no podían soldarse como en los barcos de acero. Pero la desventaja más crítica era la resistencia a los impactos. Mientras que el metal se deforma, el hormigón es mucho más frágil; una colisión podía provocar una grieta fatal en el casco de un barco tan pesado. Por estas razones, el proyecto de barcos de hormigón fue abandonado tras la Gran Guerra, limitándose su uso a barcazas de carga.

Sin embargo, la llegada de la Segunda Guerra Mundial revivió la necesidad de acero, y con ella, el interés en los barcos de hormigón. El programa de Estados Unidos en esta ocasión fue menos ambicioso que el de la Primera Guerra Mundial, pero sí se construyeron barcos de hormigón, principalmente para apoyo logístico y transporte de materiales, especialmente durante las operaciones que culminaron en el desembarco de Normandía.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la era de los grandes barcos de hormigón llegó a su fin. Aunque ha habido intentos posteriores de construir embarcaciones de hormigón armado, no se han considerado una alternativa seria a materiales más adecuados. Muchos de los buques construidos durante aquel periodo tuvieron una segunda vida como rompeolas, defensas portuarias o simplemente fueron abandonados, como los que yacen en el Támesis. Otros, como el SS Quartz, se utilizaron en ensayos de bombas atómicas, específicamente en la Operación Crossroads en el atolón Bikini, para probar los efectos de las armas nucleares desarrolladas por Estados Unidos.

Curiosamente, los holandeses son una excepción y continúan construyendo barcazas de hormigón. Las utilizan como cimientos para sus casas flotantes, protegiendo la estructura de hormigón con defensas de madera o metal para evitar colisiones con los muros en caso de crecidas. Así, aunque la idea de un barco de hormigón para la guerra pueda parecer extravagante hoy en día, especialmente en un contexto de escasez de acero como el de la Gran Guerra, en su momento fue una solución con mucho sentido.