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Sáb, Jul

El uso de gas tóxico en la antigua Grecia: Un arma documentada en el asedio de Ambracia

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En la antigua ciudad de Ambracia, actual Arta, se documentó uno de los primeros usos de gases tóxicos como arma durante el asedio romano en el 189 a.C. El historiador Polibio narra cómo los defensores emplearon humo de plumas quemadas para repeler a los invasores que intentaban excavar túneles. Este ingenioso método obligó a los romanos a negociar, aunque Ambracia finalmente sucumbió.

Donde hoy se erige Arta, en la Antigua Grecia, floreció una próspera polis conocida como Ambracia. Esta ciudad, ubicada al noroeste del país, alcanzó su apogeo cuando Pirro la designó capital del Reino de Epiro, dotándola de palacios, teatros y templos. Sin embargo, en la actualidad, apenas quedan vestigios de su esplendor. Los romanos la asediaron, y en ese episodio se registra uno de los casos más antiguos y mejor documentados del empleo de un gas tóxico como arma en la historia militar.

El uso del humo como gas tóxico no se ha descubierto a través de excavaciones arqueológicas recientes, sino que ha sido revelado por una cita de una obra de la época: el historiador griego Polibio en su obra 'Historias', libro 21, capítulo 28. Allí describe cómo, durante el asedio romano, los defensores de Ambracia respondieron a los intentos de los invasores de superar sus murallas mediante la excavación de túneles subterráneos. Para contrarrestar esto, idearon una táctica que generaba uno de los gases tóxicos más primitivos conocidos por la humanidad: el humo del fuego. Estratégicamente, colocaron una vasija de barro con un embudo de hierro, rellenaron este último con plumas finas, encendieron fuego junto a la boca del recipiente y lo cubrieron con una tapa de hierro perforada, canalizando así la salida de gases hacia el túnel excavado por los atacantes. Con un fuelle, soplaron con fuerza para avivar las llamas e intoxicar a los romanos que avanzaban por la galería.

Esto ocurrió en el año 189 a.C., durante la guerra de Roma contra la Liga Etolia, cuando la ciudad de Ambracia fue sitiada bajo las órdenes del cónsul romano Marco Fulvio Nobilior. Los ambracios y sus robustas murallas resistieron el asedio, lo que llevó a los romanos a emplear una técnica habitual de ataque: cavar galerías subterráneas para dañar los cimientos o penetrar por debajo.

El propio Polibio relata que los legionarios quedaron atrapados en una situación de gran angustia: el humo era insoportable y no había forma de detenerlo, ya que los defensores habían colocado lanzas para bloquearlo. Este ingenioso dispositivo cumplió su misión, forzando al cónsul romano y a los mandos etolios a sentarse a negociar y retrasar el desenlace del conflicto.

A pesar de su ingenio y resistencia, Ambracia cayó en la decadencia: se rindió a Marco Fulvio Nobilior y sufrió varios saqueos. Posteriormente, fue saqueada a conciencia por Emilio Paulo en el 167 a.C., y su población se redujo drásticamente cuando Augusto trasladó forzosamente a sus habitantes a la vecina Nicópolis, fundada tras la victoria romana en Actium. Para el siglo II d.C., el viajero e historiador Pausanias solo encontró un lugar cubierto de hierba.

En detalle, lo que Polibio describe es esencialmente un generador de humo irritante: la combustión de plumas en un recipiente cerrado produce un humo denso y nocivo que, al concentrarse en un área confinada con escasa ventilación, puede causar asfixia y llegar a ser letal.

Aunque, visto en retrospectiva, los ambracios utilizaron los efectos tóxicos del humo como arma, la historiadora Adrienne Mayor advierte que estas prácticas antiguas no eran categorizadas en su época como armas químicas, sino como un recurso más de ingenio bélico frente a un enemigo superior.