Un reciente estudio internacional ha revelado cómo el acceso a la inteligencia artificial, incluso cuando esta proporciona información incorrecta, disminuye significativamente la disposición de las personas a reconocer los límites de su propio conocimiento. La investigación, que involucró a 3.100 participantes, sugiere que la presencia de chatbots fomenta una falsa sensación de omnisciencia, afectando tanto la precisión de las respuestas como la confianza en ellas, con implicaciones preocupantes, especialmente para el desarrollo cognitivo en la infancia.
Cada vez resulta más difícil admitir que “no lo sé”, un acto que podría considerarse uno de los más honestos. Sin embargo, con la llegada de la inteligencia artificial (IA) y la vasta cantidad de información disponible, parece que estamos perdiendo este hábito en nuestras interacciones diarias. Un estudio reciente ha buscado cuantificar este fenómeno.
Investigadores de diversas universidades en París, Roma y Milán, tras reunir a 3.100 participantes, concluyeron que tener acceso a una IA, incluso si esta ofrece respuestas erróneas, impulsa a las personas a dejar de reconocer las limitaciones de su propio conocimiento. Esta tendencia lleva a una percepción de saberlo todo.
Reconocer nuestras lagunas de conocimiento es más valioso de lo que se cree, ya que constituye una habilidad mental que previene actuar bajo la influencia de creencias falsas. Los autores del estudio denominan a esta capacidad “suspensión del juicio”, que se refiere a la habilidad de detenerse antes de responder cuando no se tiene certeza.
A medida que los asistentes de IA se integran en más aspectos de nuestra vida, la investigación, firmada por Chiara Marcoccia (École Normale Supérieure de París), Walter Quattrociocchi (Universidad Sapienza de Roma) y Valerio Capraro (Universidad de Milán-Bicocca), se propuso examinar si la simple presencia de estos chatbots altera el momento en que decidimos que poseemos suficiente conocimiento para contestar.
Para aislar el efecto, el equipo diseñó preguntas intencionadamente difíciles de responder correctamente para una IA, incluyendo detalles visuales muy específicos de películas, como el color del uniforme en ‘Quiero ser como Beckham’ o el vehículo que conduce un personaje en ‘Como el gato y el ratón’. Estos datos son tan particulares que apenas se encuentran en internet, lo que provocó que el modelo de IA utilizado en el experimento (Step 3.5 Flash) fallara casi siempre. Los participantes tenían la opción de consultar a la IA, pero también podían dejar la pregunta en blanco o admitir que no sabían la respuesta.
En el grupo que no disponía de ningún asistente, el 44% de los participantes reconoció no saber la respuesta cuando correspondía. Entre aquellos que podían solicitar ayuda a la IA, este porcentaje se desplomó al 3%, según los resultados del estudio. Además, la proporción de respuestas correctas también disminuyó, pasando del 27% al 9%. Esto significa que las personas respondieron más preguntas, pero con una tasa de acierto mucho menor. Lo más notable fue que, a pesar de equivocarse más, los participantes se sintieron más seguros, ya que, según el estudio, su confianza en las respuestas aumentó del 30% al 76%, casi el doble.
Los investigadores sospechaban que ofrecer una recompensa por acertar (y penalizar por fallar) podría mitigar el problema. Esta medida ayudó, pero en una medida muy limitada: con incentivos económicos, la disposición a admitir no saber la respuesta subió del 3% al 8%, y los aciertos pasaron del 9% al 16%. Curiosamente, los propios autores esperaban que el efecto de la IA se atenuara con dinero de por medio, pero sus datos no lo confirmaron. El impulso a confiar en la máquina resultó ser prácticamente independiente del incentivo económico.
Capraro, coautor del estudio, explicó al medio The Register que el rendimiento de las personas "empeoró significativamente", alcanzando una precisión de solo un tercio en comparación con el grupo sin IA, pero terminaron "el doble de confiados" en sus propias respuestas. Para el investigador, esta capacidad de decir "no lo sé" representa ni más ni menos que "el reconocimiento de los límites de nuestro propio conocimiento".
Por otro lado, Capraro manifestó especial preocupación por el impacto que este fenómeno podría tener en la infancia. Según sus declaraciones al medio, los adultos "ya poseen un pensamiento crítico formado" antes de la proliferación masiva de estas herramientas, pero los niños que crecen utilizando la IA desde el principio "corren el riesgo de no desarrollar nunca esa capacidad básica de cuestionar una respuesta".