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Mar, Jul

El Submarino Nuclear Komsomolets: Un Legado Submarino de Riesgos y Vigilancia

Tecnologia
A 1.700 metros de profundidad en el mar de Noruega, el submarino Komsomolets alberga un reactor nuclear y torpedos con ojivas. Este pecio, resultado de un accidente en 1989, sigue siendo objeto de estudio debido a las emisiones esporádicas de radionúclidos. Aunque hasta ahora el impacto en el ecosistema marino ha sido limitado, la vigilancia continua es crucial para comprender y gestionar los riesgos a largo plazo.

A casi 1.700 metros bajo el mar de Noruega, los restos del submarino Komsomolets contienen el reactor nuclear que lo propulsó y dos torpedos con ojivas nucleares. Este pecio ha estado sometido durante décadas al agua salada, la presión y la corrosión. Su hundimiento no fue resultado de una misión secreta o una prueba fallida, sino de un accidente que transformó una notable proeza naval soviética en un problema que aún se intenta comprender. La historia del Komsomolets no concluyó cuando el casco tocó fondo.

El reactor libera radionúclidos en episodios esporádicos, un comportamiento que los estudios actuales han podido observar y medir con mucha más precisión que en los años noventa. Estas emisiones no han causado hasta ahora un impacto generalizado en el ecosistema marino, pero la incertidumbre persiste. Antes de convertirse en un pecio, el Komsomolets había sido una de las apuestas más ambiciosas de la ingeniería naval soviética. Entró en servicio en 1983 con un casco resistente de titanio y la capacidad de operar a más de 1.000 metros de profundidad, una cota excepcional para un submarino militar de su época. Según la reconstrucción histórica de la BBC, la OTAN esperaba que este modelo inaugurara una nueva clase de submarinos de ataque, pero la Unión Soviética nunca construyó una segunda unidad.

El 7 de abril de 1989, un incendio se inició en uno de sus compartimentos mientras navegaba por el mar de Noruega. La tripulación logró llevar la nave a la superficie, pero el fuego continuó propagándose e inutilizó varios sistemas. Aproximadamente cinco horas después, el submarino se hundió. Cinco marineros intentaron escapar en una cápsula que emergió, pero solo uno consiguió abandonarla antes de que se llenara de agua. En total, murieron 42 de los 69 tripulantes. Lo que quedó a bordo podría sugerir una explosión nuclear, pero las evaluaciones actuales no identifican una detonación espontánea como el riesgo principal. Una explosión de ese tipo requiere el funcionamiento sincronizado de mecanismos de armado e iniciación muy específicos. La preocupación documentada apunta a que la corrosión termine permitiendo la liberación de material radiactivo del reactor o, en el futuro, de las armas.

La intervención de contención elegida años después no consistió en reflotar el submarino, sino en aislar sus zonas más sensibles. En 1994, una expedición rusa utilizó sumergibles tripulados para sellar con placas de titanio los seis tubos lanzatorpedos y algunos orificios de la sección de proa. El objetivo era reducir la circulación de agua por el compartimento donde permanecían las ojivas y limitar una eventual liberación de plutonio. No fue un cierre completo del casco, sino una medida de contención que seguía aparentemente intacta cuando el pecio fue inspeccionado en 2019.

Décadas después, el regreso al Komsomolets tuvo un objetivo diferente: observar y medir, no volver a sellarlo. En 2019, una expedición científica envió al submarino el Ægir 6000, un vehículo operado a distancia equipado con cámaras, brazos manipuladores e instrumentos de muestreo. El robot recorrió distintas zonas del casco y recogió agua, sedimentos y organismos cerca del reactor y del compartimento de torpedos. Esto permitió estudiar el estado del naufragio sin exponer a una tripulación humana a esas condiciones. Los resultados publicados este año en PNAS concluyeron que los conjuntos que contienen el combustible nuclear están dañados y que el agua de mar ha alcanzado el material del reactor. Los análisis vinculan ese deterioro con emisiones intermitentes de radionúclidos, aunque los investigadores todavía tratan de determinar los mecanismos exactos que las originan. Las concentraciones más elevadas aparecieron junto a un conducto de ventilación y una rejilla próxima, pero el material se diluye rápidamente y existe poca evidencia de acumulación en el entorno del pecio. Tampoco se encontraron indicios de plutonio de grado militar procedente de las ojivas en la zona de la proa.

Llegar hasta el Komsomolets no es imposible: los sumergibles de los años noventa y las expediciones posteriores ya demostraron que se puede trabajar a esa profundidad. La dificultad radica en determinar qué actuación aportaría una mejora real y qué riesgos implicaría intervenir sobre una estructura nuclear dañada. Según explicó la autoridad noruega de seguridad nuclear a la BBC, por ahora no existen planes para una nueva operación de contención. La respuesta sigue siendo volver, medir y vigilar cómo cambia un submarino que lleva casi cuatro décadas bajo el mar.