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Jue, Ago

El USS Kitty Hawk: De un incidente con un submarino chino a ser vendido por un centavo

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En 2006, el portaaviones estadounidense USS Kitty Hawk experimentó un incidente de seguridad cuando un submarino chino emergió sin ser detectado a poca distancia. Quince años después, este imponente navío, cuyo valor actual ascendía a miles de millones, fue vendido por la Marina de EE. UU. por un precio simbólico de un centavo, marcando el fin de su servicio y un destino inesperado para una pieza clave de la flota.

En octubre de 2006, un evento preocupante ocurrió mientras uno de los mayores símbolos del poder naval de Estados Unidos, el USS Kitty Hawk, navegaba cerca de Okinawa junto a varios buques de guerra. Un submarino chino emergió en la superficie a solo ocho kilómetros del portaaviones sin haber sido detectado previamente. Quince años más tarde, ese mismo portaaviones, que en su momento tuvo un costo equivalente a 2.500 millones de dólares actuales, fue vendido por la Marina estadounidense por la suma de un centavo.

El incidente con el submarino chino y el Kitty Hawk tuvo lugar el 26 de octubre de 2006, mientras el portaaviones operaba en aguas internacionales próximas a Okinawa. En ese momento, un submarino diésel-eléctrico chino de clase Song apareció a unos ocho kilómetros del portaaviones. Lo notable no fue solo la cercanía, sino que el submarino había logrado llegar hasta allí sin ser detectado por el grupo estadounidense.

Cuando finalmente fue localizado, ya estaba en la superficie y a una distancia desde la cual, en un escenario de conflicto, el submarino podría haber lanzado torpedos o misiles contra el portaaviones. El portaaviones no estaba solo; el Kitty Hawk era el centro de un grupo de combate acompañado por buques de escolta y capacidades diseñadas, entre otras cosas, para enfrentar amenazas submarinas. Esto hizo que la aparición del Song fuera un episodio particularmente incómodo para Estados Unidos: un submarino convencional relativamente pequeño había logrado posicionarse muy cerca de un activo gigantesco protegido por una vasta estructura naval.

Existe, sin embargo, un matiz importante: el grupo estadounidense no estaba realizando en ese momento una búsqueda antisubmarina activa. Por lo tanto, el episodio no demuestra que China hubiera superado deliberadamente todas sus defensas durante un ejercicio específicamente diseñado para localizar submarinos. Es una posibilidad, pero no un hecho oficialmente confirmado.

El problema de los submarinos pequeños ya había sido advertido por Estados Unidos con el HSwMS Gotland sueco, un pequeño submarino con propulsión independiente del aire que participó en ejercicios con la Marina estadounidense y demostró la dificultad de localizar una plataforma convencional extremadamente silenciosa. Los submarinos diésel-eléctricos pueden reducir significativamente su firma acústica cuando operan con baterías, especialmente bajo ciertas condiciones y en aguas costeras. De hecho, China continuó desarrollando este tipo de capacidades en los años posteriores, evolucionando desde la clase Song hacia submarinos convencionales más modernos como los de la clase Yuan.

Durante medio siglo, el Kitty Hawk representó precisamente lo contrario: tamaño y poder. En este sentido, el contraste era enorme. Entrado en servicio en 1961, el Kitty Hawk medía unos 319 metros, podía superar los 30 nudos, albergaba una tripulación de más de 4.500 personas y podía transportar entre 80 y 90 aeronaves.

Había costado 264 millones de dólares de la época, lo que equivale aproximadamente a 2.500 millones en dólares de 2021. Participó en seis despliegues durante la guerra de Vietnam y décadas después también estuvo involucrado en las operaciones estadounidenses durante la guerra de Afganistán. Entre 1998 y 2008, estuvo desplegado permanentemente en Yokosuka, Japón, como pieza central de la presencia naval estadounidense en el Pacífico occidental.

Tres años después del encuentro con el submarino chino, su carrera llegó a su fin. Aunque el incidente chino no fue la única causa de su retirada, es probable que contribuyera. El portaaviones tenía entonces 45 años y pertenecía a la última generación de grandes portaaviones estadounidenses propulsados por combustibles fósiles, mientras que la Marina llevaba décadas avanzando hacia una flota de portaaviones nucleares. Finalmente, fue retirado del servicio en 2009 después de 48 años y quedó almacenado en Bremerton, Washington. Para entonces, había sobrevivido incluso a una modernización de 785 millones de dólares realizada dentro del programa estadounidense para prolongar la vida útil de algunos de estos gigantes.

Un grupo de veteranos del Kitty Hawk intentó evitar que el barco fuera desguazado y promovió un proyecto para convertirlo en museo en Long Beach, California, junto al Queen Mary. La asociación llegó a reunir compromisos de donaciones por unos cinco millones de dólares, pero descontaminar, acondicionar y mantener un portaaviones de más de 300 metros requería mucho más dinero. Sin embargo, la Marina terminó descartando el proyecto y en octubre de 2021 vendió tanto el Kitty Hawk como el USS John F. Kennedy a International Shipbreaking Limited, una empresa de Texas especializada en desmantelar grandes buques.

La cifra era tan absurda e histórica como real: International Shipbreaking pagó nada menos que un centavo por el Kitty Hawk (y otro por el John F. Kennedy). Por supuesto, esto no significaba que todo ese acero valiera dos céntimos, sino que la empresa asumía a cambio los enormes costes de transportar, descontaminar y desmantelar los barcos para recuperar posteriormente los materiales aprovechables. De hecho, en otros casos, había sido la propia Marina la que había tenido que pagar a empresas para retirar y desguazar antiguos buques. El centavo era, en la práctica, el precio simbólico de librar a Estados Unidos de un gigantesco problema logístico.

En enero de 2022, el Kitty Hawk abandonó Bremerton remolcado para realizar el último viaje de su vida. Dado que sus dimensiones le impedían atravesar el canal de Panamá y sus motores ya no estaban operativos, tuvo que descender por el Pacífico, rodear el cabo de Hornos y remontar después el Atlántico y el golfo de México hasta Brownsville, Texas. Este recorrido de aproximadamente 19.000 millas tomó unos cinco meses. Allí comenzó su desmontaje pieza por pieza. El mismo portaaviones al que un submarino chino había logrado acercarse sin ser detectado en 2006 terminó así quince años después, vendido por un centavo y arrastrado durante medio mundo hasta el lugar donde iba a convertirse en chatarra.