Los glaciares de los Pirineos están experimentando una rápida desaparición, un proceso acelerado por los veranos cada vez más cálidos. Los datos recientes confirman que 2026 fue el tercer año con mayores pérdidas de hielo desde 2012, pese a las nevadas invernales. Este fenómeno irreversible podría llevar a la extinción total de estos glaciares en la península ibérica para el año 2034, marcando una significativa tragedia paisajística y ecológica.
Los glaciares presentes en los Pirineos atraviesan un periodo crítico. Lo que por siglos fue un paisaje caracterizado por grandes masas de hielo perpetuo, se está transformando a una velocidad que ya no se mide en centurias, sino en veranos de intenso calor. Así lo indican los datos más recientes de la campaña 2025-2026, que corroboran que estamos presenciando la extinción en tiempo real de los últimos glaciares de la península ibérica, un proceso irreversible que se estima podría culminar en 2034.
Podría parecer que 2026 ofreció un respiro a las cumbres, dado que durante la primavera, los Pirineos registraron abundantes nevadas que alcanzaron valores récord a principios de marzo. Sin embargo, el informe divulgado a finales de octubre por CryoPyr ha señalado que la nieve invernal ya no actúa como un escudo frente a los tórridos veranos que se están experimentando.
Esto se debe a que esta temporada se ha clasificado como el tercer año con mayores pérdidas de hielo desde que se iniciaron los registros anuales en 2012, siendo superado únicamente por las campañas 2021-2022 y 2022-2023. Para cuantificar este declive, los investigadores han dejado de lado las antiguas estimaciones y ahora emplean drones que generan modelos 3D de alta resolución. Al superponer estos modelos con los de años anteriores, se ha observado que en Ossoue (en la vertiente francesa) la pérdida media fue de 3,1 metros de espesor, con áreas que han llegado a perder hasta 4,9 metros.
Además, existen otros puntos como Aneto, con una pérdida media de 2,4 metros, o Monte Perdido, donde la pérdida ha sido de 2,3 metros, con picos locales de hasta seis metros en su superficie.
El hielo no solo disminuye en grosor, sino que también se está fragmentando, como se ha evidenciado en el glaciar del Aneto, donde una división en su zona oriental en 2025 lo redujo a apenas 30 hectáreas. Ahora, una nueva fragmentación parece sentenciarlo a dividirse cada vez en secciones más pequeñas.
A esto se suma el oscurecimiento, un fenómeno que provoca que los glaciares pierdan su dinámica y dejen de fluir, ya que no poseen la fuerza para expulsar rocas y sedimentos. El resultado es que, al finalizar el verano, la superficie del hielo se oscurece y, al perder su blancura, absorbe mucha más radiación solar, acelerando aún más su propia fusión.
Un estudio publicado el año pasado realizó una simulación climática para prever la progresión de este fenómeno y determinó que el Pirineo quedará libre de hielo hacia el año 2034. Incluso bajo escenarios de emisiones moderadas, para 2030 el Aneto habrá perdido el 79% de su hielo. Y si se repiten veranos como el de 2022, el final llegará incluso antes.
En cuanto a si afectará al agua, la respuesta es no, puesto que el impacto hidrológico de estos glaciares es hoy en día casi insignificante para el caudal de los ríos de la región. Su pérdida es, ante todo, una inmensa tragedia paisajística, ecológica y simbólica, más que un problema de suministro de agua.