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Sáb, Jul

Hassan Fathy: El Arquitecto Egipcio que Diseñó Edificios para Combatir el Calor de Forma Natural

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El calor no solo afecta nuestro cuerpo, sino también nuestra mente y relaciones. Mientras la mayoría ha optado por el aire acondicionado, el arquitecto egipcio Hassan Fathy propuso una solución diferente: adaptar el edificio al clima. Su visión dio origen a una arquitectura que, al "sudar", lograba mantenerse fresca, recuperando conocimientos ancestrales para un confort sostenible.

El calor no solo provoca sudoración; también altera nuestra forma de pensar, dormir y relacionarnos. Durante décadas, la respuesta a este problema ha sido llenar las casas de aire acondicionado. Sin embargo, mucho antes de que esta se convirtiera en la solución predominante, un arquitecto egipcio llegó a una conclusión muy distinta: si el calor afecta nuestro bienestar, quizás lo primero que deba cambiar no sea la máquina, sino el edificio. Así surgió una arquitectura que parecía "sudar" para mantenerse fresca.

La vida de Hassan Fathy dio un giro en 1941 durante una visita a un pequeño pueblo nubio del Alto Nilo. Allí descubrió algo que la arquitectura moderna había olvidado: viviendas construidas con barro que parecían emerger del propio paisaje y mantenían una temperatura agradable incluso bajo el abrasador sol egipcio. Mientras el resto del mundo asociaba el progreso con el hormigón, el acero y el cristal, Fathy comenzó a cuestionar por qué esas humildes construcciones lograban convivir con el clima mucho mejor que los edificios modernos.

Fathy comprendió algo que hoy la ciencia vincula con las olas de calor: una vivienda incómoda no solo consume más energía, sino que también afecta el descanso, el humor y la calidad de vida. Su obsesión nunca fue construir edificios espectaculares, sino espacios donde el propio aire trabajara a favor de quienes los habitaban. Para lograrlo, recuperó siglos de conocimiento olvidado: patios interiores, calles estrechas, celosías, gruesos muros de adobe y sistemas capaces de mover el aire de forma natural sin necesidad de motores.

Uno de los elementos más distintivos de sus diseños eran los captadores de viento y los sistemas de refrigeración evaporativa. En algunos edificios, orientaba cuidadosamente las viviendas respecto al sol y a los vientos dominantes para conducir el aire hacia el interior. En otros, hacía pasar esa corriente sobre carbón húmedo o superficies mojadas, provocando un enfriamiento por evaporación muy similar al sudor humano. Al igual que nuestro cuerpo utiliza el agua para disipar calor, la arquitectura de Fathy empleaba barro, humedad y circulación de aire para reducir la temperatura interior sin gastar electricidad.

Mientras Fathy defendía el barro, el adobe y las soluciones locales, gran parte de Oriente Medio comenzó a copiar modelos occidentales pensados para climas muy diferentes. Desde Bagdad hasta Bengasi, aparecieron grandes bloques de hormigón, amplias avenidas y fachadas de cristal que eliminaban la sombra y atrapaban el calor. Para Fathy, aquello era un error de concepto: no tenía sentido construir edificios que primero generaban un problema térmico para luego resolverlo instalando aire acondicionado.

Así llegamos a lo que fue su gran laboratorio: Nueva Gourna, un pueblo levantado cerca de Luxor durante la década de 1940 para reubicar a cientos de familias. Allí aplicó todas sus ideas: casas de adobe, patios privados, calles sinuosas, bóvedas nubias, captadores de viento y espacios diseñados según el recorrido del sol durante el año. Su objetivo no era solo abaratar la vivienda para los más pobres, sino demostrar que era posible construir comunidades enteras adaptadas al clima y no al revés.

Nueva Gourna terminó convirtiéndose en una de las grandes paradojas del siglo XX. Muchos vecinos taparon los captadores de viento, cerraron los patios y sustituyeron las bóvedas de adobe por hormigón armado porque aquello les parecía “más moderno”. El resultado fue exactamente el contrario al que buscaban: viviendas más calurosas en verano, más frías en invierno y mucho más dependientes de sistemas mecánicos. Fathy lo había anticipado años antes: cuando la prosperidad llega, los pobres tienden a imitar las casas de los ricos, aunque esas casas funcionen peor en su propio clima.

Mientras sus colegas levantaban rascacielos de cristal inspirados por Occidente, Fathy era visto en Egipto poco menos que como un excéntrico empeñado en devolver al país al pasado. Sin embargo, fuera de sus fronteras empezó a ganar reconocimiento como pionero de la arquitectura sostenible y recibió algunos de los mayores premios internacionales de la profesión. Con el paso del tiempo, sus ideas terminaron influyendo en universidades, organismos internacionales y generaciones enteras de arquitectos interesados en la construcción bioclimática.

Hoy, con ciudades cada vez más afectadas por las olas de calor, muchas de las soluciones que defendía Hassan Fathy vuelven a ocupar el centro del debate arquitectónico. Materiales naturales, ventilación pasiva, patios, celosías o captadores de viento reaparecen en proyectos que buscan reducir el consumo energético sin renunciar al confort. Incluso la UNESCO trabaja para restaurar parte de Nueva Gourna y preservar su legado. No porque represente una curiosidad histórica, sino porque encierra una idea sorprendentemente vigente: quizás el edificio más inteligente no sea el que incorpora más tecnología, sino el que consigue que el calor nunca llegue a convertirse en un enemigo.