Durante siglos, las remotas regiones montañosas de Europa, como los Alpes y los Pirineos, fueron asociadas con una condición médica que causaba retraso físico y mental, conocida como cretinismo. Esta enfermedad, que incluso inspiró un famoso insulto del Capitán Haddock, se manifestó con bocio, enanismo y limitaciones cognitivas. No fue hasta finales del siglo XIX y principios del XX que la ciencia desveló su verdadera causa: una severa deficiencia de yodo en el suelo y la dieta de sus habitantes, llevando a su eventual erradicación mediante la yodificación de la sal.
Mucho antes de que el Tour de Francia enalteciera y mitificara sus exigentes puertos, y antes de que la nueva burguesía encontrara un destino invernal en sus estaciones de esquí, los rincones más apartados de Francia, como los Alpes y los Pirineos, eran percibidos como inhóspitos y poco atractivos por la mayoría de la población. Aventurarse en sus escarpadas montañas significaba adentrarse en territorios misteriosos, sombríos y, en muchos sentidos, desfavorecidos, tanto material como espiritualmente. El carácter quizás reservado de sus habitantes, la escasez de sus cultivos y las duras condiciones meteorológicas contribuían a esta impresión. También lo hacían los relatos de exploradores o viajeros que ocasionalmente se aventuraban por esas zonas. Desde la Antigua Roma circulaban historias sobre una peculiaridad anatómica de sus gentes, una especie de retraso físico y mental que era particularmente frecuente en muchas poblaciones alpinas. Estos relatos perduraron hasta bien entrada la modernidad.
Esa particularidad, como bien recuerda Big Think, sirvió a Georges Prosper Remi, conocido universalmente como Hergé, para uno de sus chistes más recurrentes. Cada vez que el Capitán Haddock deseaba proferir una serie de insultos y juramentos, de su boca solo salían sofisticadas creaciones metafóricas o complejos diagnósticos clínicos ajenos al lenguaje popular. Así lograba dos objetivos: ilustrar su carácter volcánico y evitar que Tintín, el cómic, adquiriera un tono profano. Entre aquellos insultos, uno era raramente específico en su geografía: "Cretino de los Alpes".
Voluntaria o involuntariamente, Haddock se refería así al cretinismo, la enfermedad que aquellos remotos exploradores de la Antigüedad describían con espanto al pasar por los Alpes. El nombre original de la enfermedad provenía de la palabra francesa "chrétien", o cristiano, un saludo común entre las gentes alpinas, y ya en 1788 exploradores como Thomas Martyn se referían a la patología en sus escritos: "Su cuerpo se asemeja al de un enano, parecen deformes y sombríos, sus mentes vacías de toda actividad. Su sonrisa solo indica que el cretino es un animal viviente".
En poco tiempo, "cretino" se convirtió en sinónimo de "estúpido", debido a las limitaciones intelectuales que muchos individuos aparentaban. Los cretinos presentaban distintos grados de bocio (una glándula tiroides agrandada que se manifiesta como un bulto en el cuello); un enanismo agudo, no superando en ocasiones el metro de altura; escaso cabello; una piel rígida; y evidentes limitaciones cognitivas, aunque manifestadas en distintos grados. ¿Pero a qué se debía y por qué específicamente en los Alpes? Lo cierto es que su presencia es mucho más transversal de lo que el Capitán Haddock implicaba en sus retahílas. El propio Hergé publicaría variaciones del mismo insulto haciendo referencia a los Balcanes o al Himalaya, no por casualidad, regiones montañosas. El cretinismo también se daba con frecuencia en los Pirineos y en otros rincones colinosos y poco accesibles. Su prevalencia en geografías abruptas llevó a teorizar sobre su posible relación con los aires malsanos de las alturas, la contaminación de sus aguas, la endogamia propia de sus gentes o lo aislado de su existencia.
Ninguna de estas teorías era correcta, pero Europa no lo descubriría hasta finales del siglo XIX. Sería entonces cuando diversos investigadores, impulsados por los hallazgos tempranos de Theodor Kocher, cirujano suizo que dedicó gran parte de su carrera médica a estudiar el rol de la tiroides en el cuerpo humano, arrojarían luz sobre la enfermedad y sentarían las bases para corregirla y erradicarla. En 1883, Kocher había logrado neutralizar por completo la tiroides, privando a pacientes experimentales de la hormona tiroidea. Como resultado, había creado cretinos artificiales. Sus pesquisas lo llevaron ese mismo año al cantón de Valais, Suiza, célebre por la elevada prevalencia de cretinismo entre su población. Kocher visitó numerosas localidades remotas y solicitó a las autoridades que le presentaran todos los casos de cretinismo conocidos en la comunidad. No todos los cretinos sufrían del mal que sí interesaba a Kocher: una disfunción en la producción de la hormona tiroidea que privaba a quienes la padecían de un desarrollo físico e intelectual limitado. Un hipotiroidismo congénito que, además, se manifestaba en enormes bocios.
Los hallazgos de Kocher en esta y otras cuestiones le valdrían un premio Nobel en 1910. Tanto antes como después, otros investigadores médicos habían explorado la relación entre los cretinos montañosos, muy en especial de los Alpes, y la disfunción de la glándula tiroides. El problema, concluirían sus discípulos a principios del siglo XX, residía en el suelo: en una carencia galopante de yodo. Una que se manifestaba con especial incidencia, por caprichos de la geología y de los elementos, en las montañas.
El yodo es crítico para el desarrollo humano, muy en especial porque estimula la producción de la hormona tiroidea. El cretinismo, de hecho, no es sino el Síndrome Congénito de Deficiencia de Yodo (Congenital Iodine Deficiency Syndrome, o CIDS, por sus siglas en inglés). La carencia de yodo puede tener resultados drásticos en el ser humano. Aquellos hombres y mujeres acusados de enanismo, severamente retrasados, de apariencia deforme y adosados a llamativos bocios no sufrían sino una ausencia congénita de yodo. No eran cretinos, sino enfermos.
Sucede que los suelos alpinos y pirenaicos eran pobres en yodo. Extremadamente pobres. La mayor parte del yodo del planeta se concentra en los océanos, y llega a los suelos continentales a través de la lluvia. Es allí donde los cultivos lo absorben para alimentar, posteriormente, al organismo humano. En los Alpes y en los Pirineos, diversas particularidades climáticas, geológicas y geográficas habían mermado el yodo de sus suelos. Como resultado de este y otros elementos (preponderancia del monocultivo, inexistencia de un comercio agroalimentario efectivo hasta la modernidad), sus habitantes dependían de una dieta pobre en yodo.
Lo que disparó la prevalencia del cretinismo en las montañas. Este mapa elaborado por las autoridades francesas en 1873 es una buena muestra de ello. Los departamentos coloreados en blanco o en gris contaban con pocos casos de cretinismo conocidos (hasta 2 por cada 1.000 habitantes). Aquellos pintados con tonalidades más oscuras, muchísimos más (hasta 7 por cada 1.000 habitantes). ¿Qué rincones de Francia se mostraban en gris oscuro? Correcto: los Alpes y los Pirineos, descontando puntos más excepcionales, como La Vendée. Otros países de Europa contaban con sus Alpes particulares. Este otro mapa, elaborado en 1883, evidenciaba la prevalencia del cretinismo en torno a todas las regiones alpinas, pero también en el interior de Alemania o Reino Unido, de geografías más amables. De hecho, la existencia de suelos pobres en yodo no siempre correlaciona positivamente con la presencia de montañas y regiones abruptas, como esta otra cartografía evidencia. Tan es así que el mal llamado cretinismo sigue siendo un problema acuciante no solo en Europa, sino en otros puntos del mundo menos desarrollados.
Como nuestra historia ha comenzado en el viejo continente, veamos cómo terminó. Hacia 1850, el gobierno francés había identificado alrededor de 20.000 cretinos, de los cuales unos 10.000 manifestaban bocio. Otros estados realizaron estudios similares, siempre tentativos y deficientes por los profundos prejuicios asociados a la enfermedad, lo que dio como resultado el surgimiento de "cinturones del bocio", muy relacionados con el CIDS. En Estados Unidos, casi todo el noreste contaba con suelos pobres en yodo... Y más de 5 casos por cada 1.000 habitantes. La enfermedad dejaría de ser un problema cuando la evidencia científica disponible demostró a los gobiernos que la ausencia de yodo estaba positivamente relacionada con el desarrollo de cretinismo. En 1922, Suiza se convertiría en el primer país en instaurar un programa de yodificación de la sal a escala nacional (aunque la implementación sería desigual en función del cantón, y alguno de ellos, como Aargau, no legalizaría su venta comercial hasta 1952). A día de hoy, centenares de países cuentan con algún tipo de programa similar, destinado a enriquecer la dieta de sus ciudadanos con yodo. La victoria, eso sí, no es definitiva.
Gracias a la yodación de la sal, los países con un consumo de yodo insuficiente han pasado de 113 en 1993 a 21 en 2021, según la Iodine Global Network, y el 89% de la población mundial consume ya sal con algo de yodo, según UNICEF. Pero en los últimos años, la deficiencia leve ha reaparecido en países ricos como Reino Unido o Estados Unidos, en parte por el auge de sales gourmet que casi nunca están yodadas y por el menor consumo de leche. Incluso en Suiza, la Universidad de Berna advierte de que la comida rápida, los platos preparados y las sales exóticas ponen en riesgo un aporte de yodo que el país lleva un siglo protegiendo. Siglos de cretinismo después, hoy su presencia es residual en las poblaciones alpinas. La cordillera es sinónimo de exuberancia económica, lujo y destinos turísticos paradisíacos. Atrás quedaron los estragos causados por algo tan mundano e imperceptible como... El yodo.