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Dom, Nov

El resurgimiento del 'bedazzling' y 'whimsymaxxing': la nueva era de la ostentación y el brillo

Tecnologia
La tendencia de decorar objetos cotidianos con gemas y pedrería, conocida como 'bedazzling', está experimentando un notable resurgimiento. Esta estética, que se enmarca en el 'whimsymaxxing', busca infundir fantasía y extravagancia en lo diario, alejándose de la sobriedad. Desde productos de belleza hasta prendas de vestir, el brillo y la ornamentación excesiva se han convertido en una forma de expresión personal y un desafío a las normas estéticas anteriores.

Recientemente, se ha observado una omnipresencia de objetos decorados con gemas de colores, cubriendo desde vasos y envases de cremas hasta prendas de vestir y accesorios. Esta tendencia se ha infiltrado incluso en el entretenimiento, apareciendo en series televisivas, demostrando su alcance y popularidad. Prácticamente cualquier objeto es susceptible de ser adornado con brillantitos, desde pintalabios y tazas de café hasta artículos para mascotas.

Esta fiebre decorativa, que impulsa a cubrir cualquier superficie libre y rechaza la sobriedad, se denomina 'bedazzling'. El término se refiere a la acción de llenar objetos con pedrería y gemas. Del 'bedazzled' surge el 'whimsymaxxing', que lleva esta estética lúdica y extravagante a un extremo, buscando conscientemente huir de la seriedad. El 'bedazzling' es una de sus manifestaciones, pero la visión es más amplia: se busca llenar lo cotidiano de pequeños destellos de fantasía.

Lo que se aspira con el 'whimsymaxxing' es, en cierto modo, maximizar el placer de lo cotidiano y reencontrarse con esa parte infantil que disfrutaba al máximo de los proyectos 'DIY', las manualidades y la personalización con brillantina y piedrecitas de todo lo que caía en sus manos. No importa la practicidad, lo que importa es que todo brille lo máximo posible.

Un momento clave para esta tendencia fue la fiesta Y2K de Kylie Jenner, inspirada en los años 2000, donde su tarta cubierta de estrás generó un gran impacto en redes sociales. Este tipo de imágenes contribuyen a la visibilidad de una estética y animan a usuarios y marcas a replicarla. Sin embargo, el 'whimsymaxxing' no puede reducirse a una simple fotografía viral.

Que tantas personas se hayan identificado con esta estética y la hayan adoptado es un indicio de que su atractivo se comprende dentro de un contexto cultural donde existe la necesidad de romantizar lo poco que se posee, además de encontrar pequeñas formas de disfrute en medio de la incertidumbre económica y la presión por la productividad. Es una pequeña reivindicación del placer; una especie de 'ars gratia artis' (arte por el arte) con un toque más accesible.

Durante años, el mensaje predominante y sinónimo de prosperidad era levantarse temprano, hacer ejercicio, trabajar, ser lo más productivo posible y, por supuesto, cuidar meticulosamente la imagen personal según los cánones del momento. Frente a esta idea de eficiencia permanente, surge esta tendencia extravagante, divertida, colorida y aparentemente inútil que ofrece una fantasía escapista y naíf ante la cultura de la optimización.

Para comprender esta nueva necesidad de adornar incluso un vaso de agua, cuando antes predominaba la sencillez, es útil recordar una época en la que el placer estético se basaba en lo contrario: en eliminar y sustraer todo lo accesorio. El famoso “menos es más”. Durante gran parte de la década de 2010, el minimalismo era la tendencia dominante: colores neutros, armarios cápsula, maquillaje natural, espacios beige y un concepto de sofisticación muy ligado a la contención. Y no es que todos adoraran los tonos ocre o los ambientes beige, sino que estos eran el símbolo de la elegancia y el buen gusto. Las redes sociales contribuyeron a consolidar esta idea, favoreciendo los 'feeds' monocromáticos y los espacios perfectamente compuestos. Lo curioso es que, cuando una estética se consolida de esa manera, y especialmente al convertirse en el estandarte de un estilo de vida o una estética a seguir, todo lo que se sale de esos márgenes comienza a ser atractivo. Esa nota discordante no surgió recientemente en TikTok con el resurgimiento de los cristalitos adhesivos. El 'kitsch' ha existido durante muchos años en ese terreno ambiguo donde lo ornamental, lo recargado o incluso lo estrambótico puede ser tanto una fuente de mal gusto como de placer estético. Los brillos, la estridencia y la decoración sin practicidad desafían la idea de que la elegancia requiere contención. Lo considerado hortera puede convertirse en una marca personal.

Algo similar ocurre con lo 'camp', que enarbola el placer en el artificio, lo teatral y la exageración. Es probable que la mayoría recuerde su renovada visibilidad gracias a la famosa Met Gala de 2019, cuya temática se inspiró en el ensayo de 1964 “Notes on Camp”, publicado por la crítica cultural Susan Sontag. El revuelo que provocó el look de Jared Leto, quien llevaba una réplica de su propia cabeza, o Katy Perry con su vestido candelabro, demostró hasta qué punto lo extravagante podía ocupar un lugar dentro de una institución tradicional y una de las citas más importantes de la moda. La estética 'trash' también ha jugado siempre con los límites del buen gusto, haciendo alarde y reivindicando lo hortera, lo vulgar o lo cutre. La recuperación de códigos de los años 2000 conecta con esa reivindicación y cuestionamiento de las convenciones estéticas. Esta aparente vuelta del maximalismo en detrimento del minimalismo, donde triunfa la mezcla, la acumulación y la superposición, es el punto de partida del 'whimsymaxxing' a una escala mucho más cotidiana. Porque por mucho que nos guste el 'cottagecore' y romantizar la vida hogareña, o el maximalismo con un vestidor recargado y una abundancia visual, eso requiere unos determinados espacios de los que la gran parte de la población no dispone hoy en día; así que el 'whimsymaxxing' es nuestro cable a tierra y, para desafiar la sobriedad, nos conformamos con llenar de abalorios nuestra mascarilla facial con ácido hialurónico.

Las redes sociales y las marcas han encontrado, una vez más, un nicho de mercado y una estrategia de marketing perfecta. La estética 'old money' o la 'clean girl' inspiraron gran parte de las campañas de marketing de los últimos años, pero parece que ahora las búsquedas van por otros derroteros. En Google, el término de búsqueda «whimsy» ha aumentado de forma constante desde enero, alcanzando un máximo histórico y obteniendo la puntuación máxima de 100 a principios de julio, mientras que la palabra clave «bedazzling» mostró un aumento constante a lo largo del año. Todo esto sugiere una creciente curiosidad en torno a uno de los comportamientos más visibles asociados a la tendencia.

Las posibilidades para las marcas son infinitas, porque el corazón del 'whimsymaxxing' es no limitarse a la ropa o la decoración, sino extenderse a cualquier tipo de accesorio. Permite transformar sin pretensiones lo anodino en algo llamativo, vistoso o personal. Y las redes sociales son el escaparate perfecto. Tenemos un proceso que puede replicarse y adaptarse muy fácilmente, además trasciende lo contemplativo, implica al consumidor e invita a probarlo en casa y compartir su propia versión.

Así que esta nostalgia estética dosmilera, llena de pedrería y brillantitos de colores, ha sido el campo de trabajo de muchas marcas que no han desaprovechado la oportunidad. Firmas como Laneige, Rhode, Sol de Janeiro o Clinique han publicado imágenes o 'reels' de botes de cremas, mascarillas faciales o bálsamos labiales con gemas de colores. Las pasarelas tampoco se han quedado al margen, como la oda a la pedrería de Robert Wun o, en la moda masculina, con prendas cubiertas de cristales o con 'glitter' en las colecciones de firmas como Dior o Louis Vuitton.

Es evidente que, como ocurre con casi todas las tendencias, la espontaneidad puede también mercantilizarse y diluir el propósito de algo tan aparentemente inofensivo como pegar cristalitos de colores. Una vez más, tendremos que aprender a vivir con las contradicciones y buscar ese reducto de paz apagando las redes sociales o la televisión y pegando piedrecitas en nuestro bote de mermelada.