En 1986, Países Bajos inauguró la Oosterscheldekering, una impresionante obra de ingeniería hidráulica diseñada para proteger el país de las inundaciones del mar del Norte. Esta barrera, de nueve kilómetros de longitud con 62 compuertas de acero, presenta la particularidad de permanecer abierta la mayor parte del tiempo, permitiendo el flujo natural del agua. Su diseño único fue una respuesta a la devastadora inundación de 1953 y el desafío de proteger el ecosistema local.
En 1986, Países Bajos concluyó una de las obras de ingeniería hidráulica más grandes del mundo. Su propósito principal era prevenir futuras catástrofes nacionales causadas por el mar del Norte. Lo notable de esta construcción es que sus ingenieros tuvieron que resolver el desafío de edificar una barrera colosal que, paradójicamente, permitiera el paso del agua. Es una defensa que opera casi siempre en estado abierto.
La Oosterscheldekering, situada en la provincia neerlandesa de Zelanda, se extiende a lo largo de nueve kilómetros y está equipada con 62 compuertas de acero de grandes dimensiones. Fue inaugurada el 4 de octubre de 1986 y, durante sus primeros 35 años, solo requirió ser cerrada en 28 ocasiones debido a la amenaza de inundación, según datos publicados por NOS en 2021. El resto del tiempo, las compuertas permanecen elevadas, facilitando la entrada y salida del agua del mar del Norte en el estuario conforme a las mareas. Esta aparente contradicción es, precisamente, lo que confiere a la infraestructura su carácter tan singular.
El origen de esta construcción se remonta a la madrugada del 1 de febrero de 1953, cuando una violenta tormenta, coincidiendo con una marea excepcionalmente alta, provocó la ruptura de numerosos diques en el suroeste neerlandés. El agua anegó poblaciones y campos, forzando a miles de personas a buscar refugio en los tejados y causando la muerte de 1.836 individuos, según el balance recogido por NOS. Esta tragedia impulsó la creación del Plan Delta, un ambicioso programa que comprendía 13 grandes proyectos de defensa hidráulica con el objetivo de evitar la repetición de un evento similar. Sin embargo, se presentó el problema de que el cierre total del mar podría, a su vez, destruir el ecosistema.
La propuesta inicial consistía en erigir un dique permanente que aislara por completo el estuario del Escalda Oriental. No obstante, esta medida habría suprimido el intercambio natural de agua salada, alterando gravemente un ecosistema del que dependían pescadores, criadores de ostras y mejillones, y numerosas aves migratorias. La oposición de los sectores pesqueros y las organizaciones ecologistas logró modificar el proyecto en 1976. En lugar de una presa cerrada, Países Bajos optaría por construir una barrera móvil que mantendría las mareas y solo bloquearía el mar cuando fuera estrictamente necesario.
La construcción se inició en 1976 y se extendió a lo largo de una década. Los ingenieros instalaron 65 pilares de hormigón, algunos de los cuales pesaban alrededor de 18.000 toneladas, y tuvieron que diseñar embarcaciones especiales para su transporte y colocación en el lecho marino con una precisión de apenas unos centímetros. Previamente, se había nivelado y compactado el fondo del estuario, y se habían extendido enormes colchones de materiales resistentes para estabilizar los cimientos. Las compuertas, de aproximadamente 42 metros de ancho y entre 260 y 480 toneladas cada una, completaron una operación cuyo coste se aproximó a los 7.000 millones de florines.
En condiciones normales, las 62 compuertas permanecen abiertas. Cuando las predicciones meteorológicas indican que el nivel del agua podría alcanzar los tres metros por encima del nivel de referencia neerlandés, el equipo de Rijkswaterstaat activa el cierre desde el centro de control ubicado en la isla artificial de Neeltje Jans. Los mecanismos hidráulicos bajan las estructuras de acero, completando la operación en aproximadamente 75 minutos. La barrera está concebida para resistir una inundación de una magnitud estadística estimada en una vez cada 4.000 años, aunque esto no excluye la posibilidad de que un evento de tal calibre ocurra antes.
Sin embargo, el hecho de mantener las compuertas abiertas no implica que la obra sea completamente inocua para el medioambiente: la alteración de las corrientes ya ha provocado una reducción en el aporte de arena a ciertas áreas del estuario, y el aumento del nivel del mar representa un problema aún mayor. Según los escenarios climáticos oficiales neerlandeses publicados en 2023, hacia finales de siglo, la barrera podría requerir entre tres y veinte cierres anuales, dependiendo de las emisiones. Cuanto más tiempo permanezca cerrada, mayores serán las alteraciones en las mareas y en la biodiversidad que se intentó proteger.
La infraestructura fue diseñada con una vida útil de aproximadamente 200 años, pero muchos de sus componentes originales ya requieren una renovación profunda. Rijkswaterstaat y el instituto Deltares han probado una réplica a escala 1:40 para estudiar su respuesta a oleajes extremos, mientras se avanza en las actuaciones sobre los sistemas hidráulicos y los mecanismos de las compuertas, con inversiones que ascienden a cientos de millones de euros. En marzo de 2026, los ensayos confirmaron la eficacia del diseño original para afrontar las exigencias actuales, aunque sigue siendo crucial estudiar su comportamiento a largo plazo. La gran incógnita ya no es solo si esta muralla podrá seguir deteniendo el mar, sino con qué frecuencia tendrá que hacerlo sin comprometer el ecosistema que ha estado protegiendo durante cuatro décadas.