En un lapso menor a dos meses, América Latina ha sido golpeada por tres potentes sismos de magnitud superior a siete, generando interrogantes sobre la actividad telúrica en la región. Estos eventos han provocado víctimas y cuantiosos daños materiales, suscitando debates sobre si se trata de una serie de incidentes aislados o si existe una conexión subyacente entre ellos. La secuencia de estos movimientos sísmicos ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las poblaciones y la importancia de la preparación ante futuros desastres naturales.
En un periodo inferior a dos meses, tres potentes sismos con magnitudes superiores a 7 han afectado diversas áreas de América Latina, dejando un saldo de víctimas, daños materiales y una nueva interrogante acerca de la actividad sísmica en la zona: ¿es una mera casualidad o existe alguna relación entre estos fenómenos?
La serie de eventos comenzó el 24 de junio en Venezuela, donde se registró un doble movimiento sísmico de magnitudes 7.2 y 7.5, con una diferencia de apenas 39 segundos. Estos temblores causaron destrozos y fueron percibidos en distintas partes del país y el Caribe.
Semanas después, el 10 de agosto, Colombia sufrió uno de los impactos sísmicos más severos de su historia reciente. Un terremoto de magnitud 7.4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, afectó amplias zonas del occidente del país, incluyendo Cali, Pereira y Manizales. El informe oficial divulgado diez días después reportó 314 fallecidos, 4,437 heridos y 262 desaparecidos, además de decenas de miles de viviendas destruidas o dañadas.
Y este 20 de agosto, un nuevo terremoto de gran magnitud ocurrió en Perú. El Instituto Geofísico del Perú informó inicialmente un movimiento de 7.2, con epicentro a 35 kilómetros al norte de Coracora, en la región de Ayacucho, y una profundidad de 108 kilómetros. El USGS lo ubicó posteriormente en 6.7, con una profundidad de unos 66 kilómetros. Hasta el momento no se han reportado víctimas ni daños graves, aunque se han informado desprendimientos de rocas y afectaciones menores que continúan bajo evaluación.
La sucesión de estos acontecimientos ha captado una atención especial debido a la proximidad temporal entre algunos de ellos y por tratarse de terremotos con magnitud igual o superior a 7. Sin embargo, la coincidencia de varios sismos importantes en un corto lapso no implica automáticamente que todos estén interconectados. De hecho, los terremotos ocurridos en Venezuela, Colombia y Perú se producen en un contexto geológico caracterizado por la interacción de distintas placas tectónicas y una elevada actividad sísmica, particularmente en el borde occidental de Sudamérica.
¿Estamos presenciando una racha de grandes movimientos telúricos? Esta pregunta ya había sido planteada por N Digital días después del terremoto de Colombia, cuando consultó al geólogo Osiris de León sobre la secuencia de grandes temblores registrados en diversas partes del mundo. El experto explicó que las placas tectónicas se encuentran en movimiento constante y acumulan energía que, cuando las condiciones geológicas lo permiten, se libera de forma abrupta mediante terremotos.
De León hizo una aclaración importante: que varios terremotos de gran magnitud se produzcan en un periodo relativamente corto no significa necesariamente que el planeta esté experimentando una cantidad extraordinaria de sismos. En su análisis, lo que sucede es que coinciden temporalmente varios eventos de gran magnitud.
En el caso de Venezuela y Colombia, el geólogo indicó que podría existir una relación geológica indirecta debido a la compleja dinámica tectónica de la región norandina, pero descartó que se pudiera establecer un vínculo causal directo entre esos terremotos y eventos ocurridos en otras regiones del planeta.
La explicación cobra relevancia nuevamente con el terremoto registrado este jueves en Perú. El nuevo movimiento vuelve a situar a Sudamérica en el centro del debate sobre la actividad sísmica, aunque no permite por sí solo concluir que exista una cadena de terremotos provocada por un mismo fenómeno. Para De León, más que intentar encontrar una conexión entre cada terremoto, estos acontecimientos deberían servir como una advertencia sobre la necesidad de mejorar la preparación de las sociedades frente a grandes movimientos telúricos.
La magnitud de un sismo tampoco determina por sí sola el nivel de destrucción. La profundidad, la distancia respecto de las zonas pobladas, las características del suelo, la calidad de las edificaciones y el cumplimiento de las normas de construcción son factores que pueden marcar la diferencia entre un fuerte movimiento y una tragedia de grandes proporciones.
En ese sentido, la sucesión de terremotos registrados en Venezuela, Colombia y ahora Perú deja una conclusión menos espectacular, pero mucho más importante: los grandes terremotos no pueden predecirse con exactitud, pero sus consecuencias sí pueden reducirse mediante mejores construcciones, planificación, educación sísmica y preparación de las comunidades. El movimiento de las placas continuará. Lo que sí está al alcance de los países es reducir la vulnerabilidad de sus ciudades ante el próximo gran terremoto.